Recordando a Dardé. Manuel Vázquez Montalbán

Estamos en la Cataluña pirenaica, en la Cataluña profunda de 1964. Allí aparece un tal J. W. Dardé, un tipo extraño, morador de una casa retirada del pueblo donde ocurren extraños sucesos, o al menos eso piensan los habitantes de este pueblo cercano a Olot, lugareños que se mezclan con veraneantes, murmuradores, aburridos. Manuel Vázquez Montalbán (Barcelona, 1939) imaginó este contraste de personajes en su primera novela, Recordando a Dardé (1965), una novela rara en su tiempo, en cualquier tiempo. “Sólo pretendo testificar en la crónica sentimental de una época y un sucedido que tuvo enorme trascendencia en la historia de estos lugares. El mío es un realismo comarcal”, explicó sobre esta novela Vázquez Montalbán para no reconocer que sus comienzos se centraron en un costumbrismo impregnados de resonancias de la ciencia-ficción.

No en vano, el primero que se interesa por el curioso recién llegado es el cura del pueblo, Mosén Cardús, vagamente inquieto porque Dardé compró en Can Tusquets tres bacalaos secos, medio kilo de jamón y una cantidad poco común de naranjas. Ciertamente es para inquietarse: el desconocido, mientras arregla un empalme eléctrico, le dirá al cura que tiene un montón de discos, música de iglesia, con Haendel a la cabeza, algo tan alejado de la popular e inmarcesible sardana, aunque reconozca que su madre era catalana, lo que tranquiliza a Mosén Cardús.

Poco a poco, iremos descubriendo más cosas de Dardé a través del guardia civil del pueblo, el sargento Rufino Vázquez, lucense emigrado a Cataluña, personaje que parece extraído de una novela de Baroja: Dardé, a pesar de su ascendencia catalana, es un físico eminente, según los archivos de la Dirección General de Seguridad. Posiblemente eso explica las extrañas luces que se ven en el piso superior de su casa y que los habitantes del pueblo espían sin recato.

No parece que haya ido a recaer en el lugar más propicio para realizar sus experimentos. Vázquez Montalbán irá desgranado la historia de algunos personajes prototipos de la pequeña burguesía rural catalana que servirán de fondo a esta curiosa historia. De la mano de Tancio, un chico de quince años, soñador, poeta, narrador secreto del a novela, también conoceremos a doña Luz, una mujer casada, herida de hipersensibilidad, que sólo habla recitando poemas de una decadencia enfermiza, una especie de madrina intelectual de Tancio, por el que sentirá algo más que un apego maternal. Los dos personajes serán como un contrapunto a esa otra conversación del físico, que habla “el idioma de los sabios”, concentrado en su trabajo inexplicable, enfrascado en un lenguaje que enuncia sin pudor las bases de la física cuántica aunque vaya a comprar comida a Can Tusquets: “La relación espacial de yuxtaposición implica una exterioridad mutua completa de los elementos estáticos…”

Indudablemente, es un elemento peligroso, tanto como un conductor temerario, que aborda la nueva carretera que lleva a Olot a una velocidad que hace temer por la vida de los obreros emigrados, otro elementos del pueblo que va construyendo lentamente el progreso de Cataluña, los “jaeneros”, como se les llama entre los lugareños. Ni ellos ni los veraneantes tendrán una sola palabra que decir cuando la actitud del sabio empiece a ser preocupante: hay que pararle los pies, saber exactamente lo que hace, aunque no moleste a nadie, aunque dedique la mayoría de su tiempo a deambular por el primer piso de su casa, entre ruidos preocupantes. Finalmente, será Tacio, el adolescente poeta, el que será elegido para hablar con Dardé, elegido por su superioridad lingüística, por su cultura a todas luces muy superior al común del pueblo.

En ese momento, aparecerá el elemento de ciencia ficción que Vázquez Montalbán eligió para perturbar la tranquil ay añeja rutina de la Cataluña de los sesenta. Nos enteraremos entonces, en 1964, pero sobre todo lo haremos en la tercera parte de la novela, fechada el 28 de julio de 1999, donde descubriremos el estrafalario destino de aquellos personajes que creían habitar una época inmutable, pero sobre todo conoceremos ese otro futuro destino indescifrable que nos espera a todos, el del avance tecnológico impulsado en secreto entre la vida monótona de la gente, ignorante de lo que le espera en el futuro. Para entonces, en 1999, el lenguaje científico será una aplicación populista, el pueblo creerá que las palabras de divulgación científicas serán poesías, y los mejores científicos darán a sus alocuciones y a su prosa una musicalidad envidiada por los viejos maestros de la literatura. Será la poesía de lo desconocido, el nuevo gran misterio, que devolverá a las viejas palabras a una prehistoria de papel, de retórica sin sentido, menopáusica, frustrada en su fracaso, desleída por el lenguaje del éxito, de la utilidad, del consumo, Stephen Hawkins frente a Antonio Machado, Bill Gates frente a Walt Whitman.

Han pasado diez años desde ese futuro imaginado por Manuel Vázquez Montalbán, y al final resultó no ser muy distinto de cómo lo pensó. “Hoy día nada significa lo que significa”, exclama Tacio a un político en 1999. Sin embargo, ni siquiera J. W. Dardé, con sus inventos extraordinarios que cambiaron el mundo a partir de 1964 han podido cambiar la vieja historia de siempre: las palabras siempre querrán decir lo que a los demás les gusta escuchar. Leyendo esta primera novela de Manuel Vázquez Montalbán, recordamos a Dardé como aquel hombre que quiso cambiar la historia de la humanidad, otro más que lo intentó sin éxito.

Canon Manuel Vázquez Montalbán (I)
Recordando a Dardé. Manuel Vázquez Montalbán. Seix Barral, 1969

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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