Robertson Davies: Puro encanto

Robertson Davies. Biografía. Reseña de Cicutadry

He leído toda la narrativa de Robertson Davies, y he leído mucho de lo que se ha escrito sobre su obra, y con el escritor canadiense se da una extraña unanimidad en el mundo de las letras: el elogio continuo de quienes se han acercado a sus libros. Hasta hace pocos años era un perfecto desconocido en lengua castellana pero no así en el resto del mundo, donde su prestigio y la permanente traducción de sus novelas se vienen produciendo desde la década de los 70. Podríamos por tanto deducir que se trata de un gran escritor, pero Robertson Davies es mucho más que eso: es un escritor distinto.

Un escritor en escena

Robertson Davies nació en Thamesville, Ontario, en 1913. En su juventud se trasladó a Kingston, otra pequeña ciudad canadiense, y tras pasar por la universidad de Toronto, viajará a Europa para doctorarse en Oxford con una tesis sobre Shakespeare.

Esta pequeña introducción biográfica nos sirve también para introducirnos en su mundo literario: Thamesville será el Deptford de su segunda trilogía, mientras que Kingston fue rebautizada como Salterton en sus tres primeras obras. Su paso por Oxford fue fundamental para adquirir ese aire tan británico que rezuma su literatura y la persistente aparición del mundo universitario; su profundo conocimiento de Shakespeare está presente continuamente en su obra: muchas de sus novelas tratan de puestas en escena, bien en el teatro, bien en la ópera.

De hecho, en Oxford se dedica primero a la actuación, para continuar como profesor y adaptador de obras para la Old Vic Company. Durante su vida, escribió numerosas comedias. Esto también tendrá una importancia fundamental en su obra: sus novelas están concebidas como grandes obras de teatro, aunque este aspecto apenas se note en su lectura. Y en esta característica reside una de sus grandes virtudes: la amenidad.

La amenidad de Robertson Davies

El autor de teatro sabe que uno de los grandes pecados de la dramaturgia es la inacción. En un drama, o una comedia, que se representa sobre las tablas, es fundamental interesar al público desde el primer minuto, y mantener ese interés hasta que baja el telón.

Por desgracia, los novelistas olvidan a menudo este aspecto. Sin embargo, éste es uno de los puntos fuertes de Robertson Davies: sus novelas comienzan con un gran ritmo; el planteamiento se produce en las primeras páginas, y el interés ya no decrece –más bien al contrario, va en aumento- hasta la última página. A esto se le llama amenidad.

Leer a Robertson Davies es no poder dejar de tener sus novelas entre las manos. Una cosa lleva a otra, una historia se bifurca en otra historia que a su vez también se bifurca, un personaje se relaciona con otros, de manera que el autor canadiense va fabricando una tela de araña que atrapa la atención del lector. Cuando éste se quiere dar cuenta, se encuentra ante un buen número de personajes que hacen y dicen muchas cosas; lo que ocurre es que está ante otra de las características de Robertson Davies, la novela coral.

La novela coral de Robertson Davies

Fruto de su conocimiento de la dramaturgia, Robertson Davies sabe que uno de los mejores recursos para lograr la amenidad en una obra es desplegar un buen elenco de personajes. Y como en cualquier obra de teatro, en sus novelas, esos personajes entran y salen de escena…novelísticamente hablando. Sus historias escogen a algunos actores principales –es raro el caso de alguna novela con un solo protagonista principal- y muchos personajes secundarios. Pero estos secundarios no solo tienen rasgos propios, verosímiles y distintivos, sino que además son fundamentales para el desarrollo de la trama.

No hay más que recordar las obras de Shakespeare para reconocer la importancia de los secundarios en el desarrollo de su obra. Esta circunstancia no pasó desapercibida para Robertson Davies, que insiste una y otra vez en que en sus novelas aparezcan continuamente los personajes secundarios, pero no de una manera fortuita, sino provocando o sufriendo acciones dramáticas que hacen avanzar la obra, y sin cuya participación, nada tendría sentido.

Como todo escritor sabe, escribir una novela coral es muy complejo. Digamos que hay que tener muy clara toda la historia en la cabeza para que la relación entre los personajes –cada uno con su particular aportación- funcione y, además, no sean simples marionetas en manos del autor. Y para eso es necesario otro recurso que Robertson Davies trabajó, acaso, como nadie en el siglo XX: la (aparentemente) tradicional estructura de sus novelas.

El estilo narrativo de Robertson Davies

Cuando han querido rebajar ese tono unánime de elogio del que hablábamos al principio acerca de la obra de Robertson Davies, en realidad lo que han hecho ha sido sumar un elogio más. El crítico John Moss escribió de él que era “el novelista victoriano vivo más viejo del mundo”. John Irving –esta vez de modo encomiástico- dijo que era el Dickens de Canadá, insistiendo en la misma idea.

Hablábamos más arriba de amenidad y de novela coral: efectivamente, todo esto nos lleva a Dickens, o a la novela victoriana, o aún en un sentidomás amplio, al siglo XIX, el siglo de las grandes novelas. Esa manera de entender la novela estaba ahí, y Robertson Davies lo que hizo fue servirse de esa forma de narrar en provecho propio y, sobre todo, para poder incluir la mayoría de sus recursos narrativos.

Lo que ocurre es que quedarnos en esta mera apropiación de una determinada técnica narrativa supondría simplificar demasiado. No cabe duda que Robertson Davies está en las antípodas del postmodernismo, pero eso no significa que su modo de entender la novela sea victoriano. Es cierto que no hay ridiculización del realismo, pero su estilo no puede ser calificado de realista; no hay trazos gruesos, pero recordemos que Dickens abusaba de ellos; no hay un uso deliberado del collage pero, si se mira bien, sus novelas son grandes collages tan bien integrados entre sí que pasan desapercibidos para el lector medio. Porque he aquí otra nueva virtud de Robertson Davies: sus novelas son grandes collages de temas de lo más variado. E interesante.

La discreta erudición de Robertson Davies

Cuando se ha leído toda la narrativa de Robertson Davies parecería que no hay tema que no haya tocado. Y, además, temas poco usuales en la literatura. Por ejemplo, la magia en su Trilogía de Deptford, o el Tarot en Ángeles Rebeldes; la ópera en La lira de Órfeo o la pintura medieval en Lo que arraiga en el hueso.

Pero junto a la magia añade el azar, y junto a la pintura antigua, sitúa la falsificación. El Tarot lo une con Rabelais, o la Cábala, o la Biblia, y en una ópera cabe el mito artúrico. En Robertson Davies cualquier tema se ramifica y se bifurca.Sin embargo, a pesar de la vasta erudición del autor, ésta apenas se nota.

Robertson Davies es un humanista crítico y compasivo, un estudioso del ser humano, detallista de las conductas y las emociones en relación con las circunstancias en las que se desarrollan. Como decimos, sus novelas se plantean alrededor de un tema principal y algunos secundarios, y en ese entorno coloca a sus personajes y los estudia al detalle. Su mirada humanista estriba en acentuar la belleza de las manifestaciones artísticas del hombre.

Sitúa a sus personajes en circunstancias domésticas y los hace evolucionar ante la vista del lector. La erudición queda a cargo de Robertson Davies, como un mar de fondo que da una pátina de inusitado interés a sus historias. Pero para que no se les vaya de las manos y sus obras puedan sufrir la pesada carga de parecer intelectuales, o pedantes, escoge otro extraordinario recurso que siempre da excelentes resultados: el humor.

El refinado humor de Robertson Davies

No hay nada más efectivo que plantear cuestiones existenciales y rebajar el tono con un humor sutil y refinado. Esto es lo que consigue Robertson Davies en sus novelas: divertir al lector, pero no con la carcajada, sino con una leve sonrisa continua en los labios.

En sus obras hay dos temas casi permanentes: la religión y el mundo universitario. En un país como Canadá, multicultural y reciente, estos dos ámbitos –de lo más variado- dan pie a una mirada comparativa, y ya sabemos que la comparación suele ser una agradable fuente de sano humor. Las pequeñas –y a menudo ridículas- rencillas entre profesores o los sutiles desprecios entre miembros de distintas comunidades religiosas terminan siendo en manos de Robertson Davies fuente de jugosos y divertidos diálogos que rebajan adecuadamente el peso de temas de gran calado.

El resultado de la utilización de estos recursos de los que venimos hablando es que Robertson Davies tenía la virtud de escribir novelas inteligentes. Pero es que además, a esa virtud sumaba otra mucho más difícil de poseer: convertía a sus lectores en lectores inteligentes. Cuando uno sale de la lectura de una novela de Robertson Davies, se siente satisfecho, como un poco más sabio.

El encanto de Robertson Davies

Se dice que una persona es encantadora cuando es muy agradable y causa una grata impresión. Quizá sea el término que mejor defina la literatura de Robertson Davies: es una literatura encantadora, agradable, sumamente atractiva, de una aparente ligereza y una elegancia innegable.

Como buen encantador, Robertson Davies despliega sus recursos con la debida capacidad de seducción como para que los lectores no se planteen qué hay detrás de sus historias, porque en ellas no hay aristas ni puntos muertos ni grandes clímax, sino una continuidad narrativa asombrosa que aparece ante los ojos del lector como si la novela hubiera sido escrita del tirón.

Todos sus recursos literarios los pone al servicio de la acción y es imposible encontrar en sus textos digresiones, rupturas discursivas, opiniones del autor o largas descripciones, sino que sus novelas discurren con un ritmo sosegado, en muchas ocasiones chispeante, trufado de diálogos brillantes y, ante todo, con una coherencia interna que es la marca fundamental de las grandes obras escritas por grandes escritores, como lo fue Robertson Davies.

Obra narrativa completa. Reseñas:

Trilogía de Salterton

A merced de la tempestad (1951)

Levadura de malicia (1954)

Una mezcla de flaquezas (1958)

Trilogía de Deptford

El quinto en discordia (1970)

Mantícora (1972)

El mundo de los prodigios (1975)

Trilogía de Cornish

Ángeles rebeldes (1981)

Lo que arraiga en el hueso (1985)

La lira de Orfeo (1988)

Trilogía de Toronto (inacabada)

Asesinato y ánimas en pena (1991)

Un hombre astuto (1994)

Relatos

Espíritu festivo (1982)

Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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