Soldados de plomo, de Eduardo Mendoza: El relato inexistente

Soldados de plomo, de Eduardo Mendoza. Reseña de Cicutadry

Soldados de plomo es un relato de Eduardo Mendoza que sirvió de base argumental para la película homónima dirigida y protagonizada por José Sacristán en 1983. En el tráiler del largometraje la colaboración del escritor barcelonés aparece como “Un relato de Eduardo Mendoza”, aprovechando el tirón comercial que había obtenido con sus tres primeras novelas. Sin embargo, desconocemos hasta qué punto este relato llegó a escribirse como tal obra narrativa, ya que nunca ha sido publicado.

Mendoza y el cine

Las primeras novelas de Mendoza contenían una veta cinematográfica innegable. Compuestas por secuencias claramente delimitadas, el puzle de La verdad sobre el caso Savolta permitía una fácil adaptación al cine. En 1979, Antonio Drove dirigiría la película con Charles Denner, José Luis López Vázquez, Ovidi Montllor y Stefania Sandrelli como protagonistas.

Como suele ser habitual, la película fue, en su calidad, muy inferior al libro. A pesar de los esfuerzos por guionizar una trama tan sumamente fragmentaria, la anécdota no pasaba de ser una mera excusa en la novela de Mendoza, que trascendía a la categoría de obra maestra gracias a los hábiles recursos estilísticos y narrativos del autor.

En principio, la adaptación cinematográfica de El misterio de la cripta embrujada parecía más sencilla. Se trataba de un thriller policiaco a la española, trufado de escenas cómicas y una trama disparatada, a la que ayudaba el carácter lineal del texto de Mendoza. Cayetano del Real la llevó a la pantalla en 1981, con José Sacristán en el papel del detective orate.

Un guion por encargo

Fue el propio director Cayetano del Real quien animó a Mendoza a que escribiera un guión cinematográfico. Aunque todo el asunto no trascendió de la manera más clara para seguir la trayectoria del escritor catalán, parece ser que no existió tal guión, sino un relato que Mendoza escribió para posteriormente ser adaptado en un guión que firmó José Sacristán, a la sazón director de Soldados de plomo.

En cualquier caso, Eduardo Mendoza queda acreditado como autor del relato sobre el que se sustenta la historia aunque, como ahora se verá, entendemos que lo que quedó de la colaboración de Mendoza fue la historia, el argumento, sin que podamos reconocer en los diálogos apenas algunos giros propios del escritor.

Sí que llama la atención el punto de partida de la película: un hombre que regresa de Nueva York a España una vez han muerto sus padres. En esos momentos, Eduardo Mendoza se encontraba en la misma situación y no es de extrañar que incorporara este detalle personal a su relato, cosa que suele hacer aunque, por lo general, de forma mucho más solapada. El resto de la historia, no obstante, es absolutamente inventada.

El relato inexistente

Podemos extraer la historia que relató Mendoza acudiendo al puro argumento de la película. El protagonista, Andrés Morán, vuelve desde Nueva York a su ciudad natal de provincias para recibir en herencia el caserón en el que su padre convivió con su madre en medio del escándalo general. Él era un militar que había abandonado su carrera y su familia para vivir con su amante, una canzonetista. El misterio rodea a la muerte del padre y la explicación oficial es el suicidio, en el que Andrés no cree.

Ya en la ciudad descubre que hay una inmobiliaria interesada en comprar la mansión para completar un plan urbanístico. Se da el caso que los interesados son el hermanastro de Andrés, Ramón, y la mujer legítima de su padre, doña Mercedes. Todo se complica con la extraña aparición de la mujer de Ramón, que nadie sabe por qué posee las joyas de la madre de Andrés, y una serie de pistas que hacen pensar que el pretendido suicidio de su padre encubre un crimen.

Ayudado por un abogado fracasado que vive rememorando sus fastos republicanos y su tímida hija, el retorno de Andrés desembocará en un misterio policiaco-familiar en busca, sobre todo, de su identidad. Habrá matones a sueldo, amores furtivos, sexo más bien reprimido y una negativa clara de Andrés por vender la casa de sus padres, base de todo el desarrollo argumental posterior.

Como decíamos, el relato original de Mendoza no existe como tal publicado y por tanto ignoramos qué queda de él en el guión escrito por José Sacristán. Sí que es cierto que hay elementos muy reconocibles de la primera narrativa de Mendoza, aunque se nota más lo que falta, lo que no era –ni después ha sido- propio de su mundo literario.

Mendoza se pone serio

Lo primero que llama la atención de Soldados de plomo es su absoluta falta de humor. La película es muy típica de la cinematografía española de la época. Aunque subyace una historia policiaca, en realidad está teñida de melancolía desde el primer fotograma. Digamos que forma parte de esa corriente del momento en el que casi era obligatorio un desarrollo intimista, con muchas secuencias sin diálogo, una fotografía –aunque excelente- dominada por los azules y los grises, y una música –del inefable Josep Mas “Kitflus”- tendente a la nostalgia y las notas tristes.

Por otra parte, y tal vez para incrementar esa vena sentimental que tiñe toda la cinta, Soldados de plomo se desarrolla en una ciudad castellana, posiblemente Valladolid. Nada impide desde el punto de vista argumental que la ciudad escogida hubiera sido Barcelona. Este hecho hubiera conferido mayor peso a la presencia de Mendoza en la historia, aunque fuera de manera tangencial, aunque es cierto que el color local nada importa en la película.

¿Y dónde está Mendoza en todo esto? Aparte de la coincidencia personal a la que antes aludíamos, hay dos puntos que anclan al relato con lo que conocemos de la literatura de Mendoza: la trama policiaca y las ruinosas circunstancias de los personajes. El relato acerca del posible crimen del padre del protagonista no alcanza en ningún momento las estelares cotas con las que Mendoza suele proveer a sus historias. Esta parte de la trama queda asfixiada por la búsqueda de la identidad perdida en la que se afana el retornado Andrés.

En cuanto a las circunstancias de los personajes, no cabe duda que, aun situándose en la España de la época, el relato tiende al pasado, a un pasado nada glorioso de ocasiones perdidas y de desconocimiento general de los hechos. La actualidad se centra en los pocos escrúpulos inmobiliarios de la familia de Andrés, cuestión por lo demás que en España es constante y eterna, sea cual sea el momento histórico de que se trate.

El romanticismo es el refugio de los pobres

Hay una frase que sí pertenece al universo de Mendoza, la escribiera o no para la ocasión. En un diálogo entre Andrés Morán y su canalla hermanastro, en el cual éste le amenaza claramente si no le vende la casa –por lo demás, a un precio muy elevado en esa época- Andrés, para justificar su resistencia, le espeta: “El romanticismo es el refugio de los pobres”. Esta frase podría coronar un título sobre la narrativa de Mendoza.

Esa evidente inclinación por los débiles es una constante en la obra de Mendoza. Sus personajes luchan contra viento y marea frente a las circunstancias adversas. Lo tome con humor o más seriamente, sus personajes siempre nadan contracorriente. Ni siquiera las artimañas sexuales de la mujer de su hermanastro, encarnada en una espléndida Assumpta Serna, desviará al romántico Andrés de su camino por defender lo que es suyo.

Mendoza estaba, en esos momentos, inmerso en la redacción de La ciudad de los prodigios, y algo de lo que podemos ver en esta película hay en la novela: los débiles tienen el único privilegio de ser ellos mismos. Pero en esta ocasión, el escritor catalán daría una vuelta de tuerca a ese romanticismo: aunque los pobres sean ellos mismos, también pueden ser unos canallas, más canallas que los que han nacido ricos. Se estaba forjando el personaje de Onofre Bouvila.

Soldados de plomo. Eduardo Mendoza.

Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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