La hija de Robert Poste. Stella Gibbons: Humor negro en la campiña inglesa

16.hijaAcaso una de las peculiaridades que encontramos en la literatura inglesa respecto a la de otros países sea su capacidad de autocrítica, esa facilidad pasmosa para reírse de sí misma sin caer en lo grotesco o lo hiriente, ligada sin duda al singular carácter humorístico de los británicos. Dentro de ese marco podemos encuadrar la obra de la escritora Stella Gibbons (1902-1989), que sigue la línea de precedentes tan insignes como Dickens o Evelyn Waugh, de la que fue coetánea.

Su producción narrativa fue extensa, pero por encima de todas sus obras destacó, quizá demasiado para su desgracia, su primera novela, La hija de Robert Poste (1932), traducción algo discutible de la original Cold Comfort Farm, extraño juego de palabras incluso para los propios británicos, puesto que vendría a significar algo así como “La granja del flaco consuelo”, nombre absurdo donde lo haya. Y es que precisamente de eso trata la novela: de ridiculizar con el absurdo las bucólicas y empalagosas tramas de las novelas inglesas de ambiente rural que tanto éxito tuvieron en su tiempo.

De hecho, la novela comienza con un prólogo hilarante firmado por la propia escritora dirigida a un supuesto autor de este tipo de obras, el caballero Anthony Poookworthy, A.B.S.,L.L.R., nombre que no tiene ninguna pretensión de ocultar al verdadero destinatario, Hugh S. Walpole, máximo exponente de la tradición narrativa rural de manidos y edulcorados argumentos y extensas (y aburridísimas) descripciones de los parajes, los pensamientos, las acciones y las facciones de cuanto bicho viviente aparecía en sus páginas. En este prólogo, cargado de socarronería, Stella Gibbons declara su admiración por tales hitos pero reconoce carecer de su talento, por lo que, para que el lector no se despiste cuando lea su pobre novela, colocará unos asteriscos delante de los párrafos que ella considera más acordes con esa venerable tradición descriptiva. Y tanto que lo hace, clasificando ella misma según su categoría con *, ** y *** los lucidos pasajes que -por suerte- escasean en esta obra.

El planteamiento de la novela también merece un comentario aparte. La protagonista, Flora Poste, joven mujer de su tiempo, liberada, divertida y aburrida mortalmente, como buena británica, queda huérfana de sus dos padres y con una renta bastante escasa, lo que le hace pensar que lo mejor que puede hacer es no hacer nada. Al fin y al cabo, sus actitudes académicas en la escuela han sido mediocres, y las deportivas, indescriptibles. Carece de futuro, de presente y de pasado, pero como es una mujer dinámica comprende que tiene que vivir con algún pariente que la mantenga a cambio de su exigua herencia.

Tras varios intentos fallidos comprende que donde únicamente podría vivir es en el corazón de Inglaterra, en medio de la nada, en un lugar llamado Cold Comfort Farm, donde habitan unos parientes más que lejanos llamados los Starkadder cuyas maneras, según vemos en sus cartas, no son de lo más esperanzadoras, pero que no dicen que no quieren verla alegando una extraña y vieja deuda con su padre, que nunca se desvelará.

Para los buenos lectores británicos Cold Comfort Farm es un lugar mítico (como lo puede ser la venta donde duerme don Quijote para los españoles), porque el estruendoso éxito de la novela, unido a las primitivas conductas de sus habitantes, lo convierten en un referente ineludible de lo cutre y lo disparatado. No obstante, no me resisto a transcribir la descripción con la que Stella Gibbons se despacha para situarnos en el lugar donde transcurrirá la trama:

La casa era un edificio alargado y bajo, y, en algunas partes, de dos alturas. Otras partes eran de tres alturas. Eduardo VI fue originalmente su propietario y la utilizó como cobertizo para albergar a sus porqueros, pero al final se cansó de él y ordenó reedificarlo con adobes de Sussex. Después lo derribó. La reina Isabel lo reconstruyó, y añadió una buena cantidad de chimeneas por todas partes. Los Carlos lo mantuvieron como estaba; pero el rey Guillermo y la reina María lo volvieron a derribar, y Jorge I lo reconstruyó. Jorge II, en todo caso, lo quemó y lo destruyó. Jorge III añadió un ala suplementaria. Jorge IV lo volvió a tirar otra vez.

Y termina diciendo que en los alrededores llaman al edificio “El Capricho del Rey”…

De esta misma forma iremos conociendo a los personajes, a cual más estrambótico: el viejo Adam, un tarugo que parece ajeno al mundo, siempre pendiente de sus vacas, a las que no saca ningún rendimiento, y sus manías de viejo granjero…pero de granjero del siglo XVII; la prima Judith, digamos la pariente de Flora, que se pasa la vida lamentándose de cómo le va la vida, sin salir nunca de un círculo de pensamientos nefastos, tal vez con razón, dada la peculiar condición de su familia, que por lo demás, ella no ayuda nada a mejorar; su hijo Seth, un mozo altivo y guapo, campestre a más no poder, que se dedica como si nada a preñar a todas las jóvenes de los alrededores cuando nace la parravirgen, extraña flor inventada por la escritora cuyos efectos afrodisíacos nadie discute en la región; su otro hijo Reuben, dedicado en cuerpo y alma a sacarle algún provecho a la granja, arando sin parar de sol a sol, haciendo todas las tareas posibles y algunas imposibles porque se considera por derecho propio propietario de la finca, aunque nunca se sabrá de dónde saca tal convencimiento; su padre, el temible e iracundo Amos, que aparte de no dar palo al agua se dedica a bajar al pueblo y reunir a sus vecinos para decirles que ya están condenados todos al infierno por el solo hecho de respirar y se dedica a dar unos sermones apocalípticos que son de lo mejor que alberga la novela.

Y por encima de todos, invisible, sola en su habitación de la planta alta, como una reinona mandando sobre todos los habitantes de la granja sin mover un solo músculo y sin pronunciar palabra, la vieja Ada Doom, la matriarca que una vez, de pequeña, “vio algo sucio en la leñera” y parece que es lo único que volvió a ver en su vida, porque lo repite una y otra vez como rara excusa para su despotismo, marcada desde entonces por la desgracia que ha inoculado a su familia.

La única que parece salvarse de tan penoso panorama es Elfine, una linda e inocente joven que andurrea graciosamente dentro de su mundo poético por los agrestes parajes vestida un tanto a la manera de Caperucita Roja y que será la que sirva a la escritora para hilar la trama que llevará a su protagonista, Flora Poste, a “poner orden” en una casa donde nadie la quiere ver (o no la ven porque están en sus cosas…) pero donde ella se hará irremediablemente visible.

Y es que si bien la primera parte de la novela es una descarada y divertida descripción paródica del mundo rural inglés, la segunda parte se convierte, como por arte de magia, en los tejemanejes que Flora, a duras penas, va hilvanando sobre unos y otros para hacer lo que le da la gana y, a su vez, hacer que cada cuál ocupe el lugar que le corresponde en el mundo, según su moderno y arbitrario criterio.

No puedo afirmar que esta segunda parte, repleta de partes divertidas dentro del tono desenfadado propio de la escritora, pierda un tanto de interés respecto al absurdo y la capacidad de autocrítica de la primera, pero sí es cierto que se produce un giro en la trama cuando Flora entra como un huracán a ser la protagonista absoluta de la historia (hasta entonces era mera espectadora) y de tan brillante aparición resulta…una novela de Jane Austen.

Al lector británico, este giro lleno de encanto le sorprenderá tanto como le resultará reconfortante, y ciertamente desarrolla un registro inesperado de absoluto acierto muy british, pero ello rompe un tanto el estrafalario entramado en el que nos veníamos regocijando entre carcajadas. Desde luego, ese giro se hace de forma elegante, sin perder la compostura y hay que admitir el mérito de la escritora, que nos hace pasar de las desopilantes tretas de un Evelyn Waugh a las exquisitas componendas de la gran Jane Austen sin que se note apenas hasta que el lector se da cuenta cuando está acabando la obra y se encuentra de boca con un idílico desenlace.

Porque, es cierto, la hija de Robert Poste es una mujer de su tiempo, ordenada, femenina, con sentido común, distinguida, original y atractiva, como las heroínas de Jane Austen, como Emma, como Elinor Dashwood, y sólo una mujer así puede poner orden en el maremágnum que anteriormente la malvada y extraordinaria Stella Gibbons pone delante de las narices a su protagonista y a los sorprendidos lectores, que cierran el libro, seguramente, con esa sonrisa que deja en los labios un happy end tan perfectamente trabajado.

La hija de Robert Poste. Stella Gibbons. Impedimenta

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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