Testimonio de las fotografías

cartierbresson

Cuando posamos ante el objetivo de una cámara fotográfica creemos que estamos mirando hacia una posteridad personal y segura, pero más tarde descubrimos la falacia de nuestras intenciones: en verdad miramos hacia el pasado, hacia el interior de nuestros recuerdos, porque en las fotografías duerme el tiempo su sueño de deshoras. “Desde cada fotografía, nos miran siempre los ojos de un fantasma”, dice Julio Llamazares, y sólo hace falta echar una ojeada a un álbum o al interior de esas encantadoras latas de dulce de membrillo donde los antiguos guardaban sus recuerdos para comprobar que de la niña o el joven que fuimos sólo quedan algunos rasgos circunstanciales, una mueca en la sonrisa, unos ojos pícaros, casi nada.
 
Las fotografías siempre ocurren en el pasado. Hay una historia particular en cada una de ellas que sólo la memoria intransferible puede descifrar, un extrañamiento en las formas que nos sorprende a cada paso: pocos recuerdan ya los personajes que el objetivo del fotógrafo madrileño Alfonso nos dejó como testimonio de una España que jamás volveremos a ver: la vendedora de pavos, el músico callejero consumido por la ceguera y la miseria, el verdugo que posa siniestro junto a un árbol desnudo. Apenas reconocemos los paisajes y las calles por donde a menudo paseamos, como si detrás de las esquinas de las fotografías nos esperara irremediablemente la nostalgia o el olvido, pero otras veces son esas mismas fotografías el testigo insobornable que nos ayuda a reconstruir parte de nuestro pasado, como un viento dulce que aliviara a nuestra memoria.
 
No soy de los que piensan que una imagen vale más que mil palabras, porque cualquier página de Proust o de Joseph Conrad puede demostrar lo contrario. Pero sí es cierto que muchas fotografías contienen un grito de irremediable fatalidad que nos estremece, más allá de todas las historias que hayamos leído sobre sus protagonistas. Colgada delante de su mesa de trabajo, el poeta Jesús Saavedra tiene una fotografía de Federico García Lorca vestido con una bata de paño, sentado pudorosamente en el filo de un sofá, con un aire de desamparo y melancolía en su mirada, como si intuyera secretamente el futuro que le esperaba sólo tres meses después en un barranco de Víznar. Dice Muñoz Molina que en esa fotografía, García Lorca mira a la cámara con la callada cobardía y con la tristeza de un futuro muerto. Veo en ese retrato la fragilidad de su presencia, su destino marcado por las huellas de lo inevitable y prefiero volver la vista de ese rostro antes de sentir la impotencia de no poder atravesar la amarga inexorabilidad del tiempo para siquiera advertirle que huya de esa ciudad donde encontrará la infamia y la muerte.
 
En un siglo donde el poder de la imagen ha sido decisivo, la fotografía se ha revelado con una precisión de taxidermista a la hora de contar esa otra historia que nunca aparece en los libros que sólo escriben los vencedores. Recuerdo ahora esa fotografía sobrecogedora que Robert Capa hizo en un paisaje perdido del frente de Teruel, en nuestra Guerra Civil. En ella se ve a un miliciano en el momento en que es alcanzado por una bala mortal. El soldado cae hacia atrás golpeado en su pecho por el puño adverso de la muerte, y en el silencio que rodea a la fotografía, en esa escena muda que no entiende ni de la vida ni de la muerte hay más desolación y más verdad que en todas las crónicas que hayan escrito los historiadores. Ese mismo silencio que rodea a las imágenes de la Puerta del Sol el día en que se proclamó la Segunda República en España, los rostros iluminados por el fulgor de la emoción, la alegría pasajera que se instaló en aquellos españoles que miran a la cámara con la seguridad ingenua de quienes creen que nada tienen ya que perder. Pero nosotros, desde nuestro presente, sabemos que a muchas de aquellas personas les esperaba, en el mejor de los casos, la ingrata experiencia de la dictadura o el exilio, cuando no el corrosivo infierno de una guerra cainita y absurda.
 
Es en esa guerra continua que asoló el siglo XX donde la fotografía ha mostrado toda su capacidad de denuncia. Cuando los estadounidenses aún vivían en su mayoría ajenos a ese disparate espantoso que fue la guerra de Vietnam, apareció en los medios de comunicación la fotografía de una niña vietnamita desnuda, abrasada por el napalm, corriendo por un camino devastado de las afueras de Saigon. Ante esa imagen angustiosa no cabían ya juicios morales ni políticos. Era la realidad más pura, una forma de reconsiderar el orden natural de las cosas, ante la que no se podía volver la cara. Aquella fotografía dio la vuelta al mundo y dicen los expertos que ayudó más que ninguna protesta o ninguna declaración para poner fin a aquella guerra sucia.
 
Lo ha dicho Sebastiao Salgado, uno de los mejores fotógrafos del mundo: ya no hay excusas para ignorar los horrores que tienen lugar en el otro lado del mundo o en el propio patio trasero. Ajena a las palabras, la evidencia nos espera muchas veces en la portada de los periódicos de cada mañana.
 

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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