Tus pasos en la escalera. Antonio Muñoz Molina: El amor en los tiempos del miedo

Poco se ha hablado de los principios de las novelas de Antonio Muñoz Molina. Recuerdo el de Plenilunio: “De día y de noche iba por la ciudad buscando una mirada”, o este otro quizás más memorable: “Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca”, que nos sitúa inmediatamente en el epicentro de la historia de Beltenebros. Con esa habilidad extraordinaria que tiene el escritor jiennense para crear la situación primera, escribe en la primera frase de Tus pasos en la escalera: “Me he instalado en esta ciudad para esperar en ella el fin del mundo”.

La ciudad es Lisboa, lugar fetiche en la narrativa de Muñoz Molina incluso cuando aún no la había visitado y que después de muchos años y estancias en ella ha sido utilizada por el autor por esa atmósfera decadente y noble que tan bien sabe extraer con su proverbial prosa: para un escritor tan bien dotado para captar los más mínimos detalles, Lisboa es la ciudad perfecta.

Como viene siendo habitual en los últimos libros de Muñoz Molina, en esta novela hay una fuerte carga biográfica –que no autobiográfica- en la que detectamos algunas de las obsesiones que persiguen al escritor desde que comenzó este siglo. La obra está escrita en primera persona por un hombre, Bruno, que se instala en Lisboa a la espera de que llegue su esposa, reputada científica, después de una larga estancia de la pareja en Nueva York, ciudad en la que asistieron al atentado del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas.

Ese recuerdo, aunque brevemente desarrollado en el texto, tiene una presencia absoluta en el ánimo y los actos del protagonista. La imagen de los dos aviones estrellándose contra los rascacielos, su posterior desplome, la atmósfera de cenizas y olor a quemado de la zona cero, su influencia en el curso de la ciudad y diríamos que en el curso de la historia, definen lo que Bruno considera “el fin del mundo”, un punto de inflexión en su vida que viene a ser el nudo de la historia que nos va a contar.

En contraposición, Lisboa aparece como una ciudad anclada en el pasado, intocada, invulnerable al paso del tiempo y de los acontecimientos actuales, aunque el protagonista, sensibilizado por ese vuelco que se ha producido en su mundo interior, percibe los tímidos cambios que se han ido produciendo en la capital portuguesa desde la Expo de 1998, sobre todo en el mercado inmobiliario.

El propio protagonista fue ejecutivo de una empresa a la manera americana, voluntariamente agresivo, despiadado en el momento de los despidos de los trabajadores, víctima él mismo de ese sistema capitalista depredador que solo busca los beneficios de directivos y accionistas. En Lisboa se dispone a disfrutar de una jubilación anticipada que nunca deseó.

Mientras tanto, Cecilia, su pareja, mantiene un alto nivel de actividad como investigadora de los circuitos neuronales del cerebro: congresos, ponencias, días enteros encerrada en el laboratorio, maestra didáctica de su pareja al que le enseña ratas encerradas en laberintos de cartón que se vuelven locas porque su cerebro ha sido seccionado en alguna parte que modifica su conducta hasta niveles de pesadilla, pequeños cerebros que son casi idénticos a los humanos, cuyas reacciones dependen de finísimos conductos, relaciones casi caprichosas, aún inexplicables en la actualidad, que en nuestra mente es la frágil frontera entre la locura y la cordura.

De ahí que esta novela sea inmovilista, desarrollada casi en su totalidad en la mente del protagonista. Desde hace mucho tiempo, en las novelas de Muñoz Molina no se mueven apenas los personajes, como si les costara trabajo realizar una acción tan simple como cruzar una puerta. En Tus pasos en la escalera no hay un solo diálogo y la digresión es el tono habitual de un narrador cuyos procesos mentales, en principio razonables y coherentes, devienen en determinados pensamientos contradictorios que sorprenden al lector, y que realmente son el motor de la tenue trama de la novela.

Como viene siendo habitual en las novelas de Muñoz Molina, los detalles son fundamentales para encontrar el interés de la historia. Son muchos los temas tratados en la obra: la relación entre la pareja, el atentado de las Torres Gemelas, la adaptación de este hombre torpe e inepto a una ciudad nueva y su singular relación con un “manitas” que se lo resuelve todo, las continuas alusiones a los procesos mentales explicada con un tono claramente científico, el devenir de la historia y la economía mundiales, la claustrofóbica expedición del explorador Richard Byrd a la Antártida en 1928, la propias ciudades de Nueva York y Lisboa, tan diferentes, tan precisas en sus detalles fundamentales a través de esa prosa exacta e imaginativa de Muñoz Molina, la espera casi eterna del protagonista que se vuelve angustiosa conforme transcurre el tiempo…

A pesar de esta diversidad de temas, muchos de ellos relatados sin solución de continuidad, la novela va mostrando de forma precisa la deriva de una mente desocupada cuyos recuerdos y olvidos se van haciendo selectivos por una mera cuestión de supervivencia.

A Muñoz Molina hay que saber leerlo. Aunque es un escritor con numerosos seguidores, el lector que se acerca a sus obras debe tener una especial predisposición para extraer todo el mensaje, a veces casi cifrado, que nos quiere comunicar. Ya digo que hay muchas referencias biográficas: Muñoz Molina vivió junto a su pareja en Nueva York, disfrutan de largas estancias en Lisboa gracias a lazos familiares con la ciudad, el autor escribe artículos sobre ciencia en una revista de divulgación científica -y su interés y preocupación por este tema es manifiesta en la novela-, él mismo es reconocible en esa ineptitud del personaje para realizar sencillos actos de la vida diaria, su pasión por los largos paseos y su proverbial talento por aprehender de cuanto ve, que se manifiesta en sus artículos semanales en El País… Todo ello hace que esta novela tenga un estilo personal muy definido, más allá del interés de la propia historia.

En términos narrativos esto se traduce en una novela sensible, delicada, de lectura profunda, que afecta al lector actual por cuanto, este mundo en principio de ficción, puede reconocerlo e incluso vivirlo diariamente.

Y debajo de todo, como sustrato fundamental de la novela, está el miedo. El miedo da sentido a esta obra, el miedo del hombre moderno a ser atropellado por un camión conducido por un terrorista mientras pasea tranquilamente con su familia, el miedo a ser despedido de su empresa, el miedo a una ruptura sentimental, el miedo a la soledad, el miedo a no saber qué pasará mañana, esa incertidumbre que se ha instalado en nuestra cultura y que nos hace profundamente débiles, inseguros, infantiles en muchos casos, como bien puede apreciarse en las pueriles aptitudes que vemos continuamente en las redes sociales, y que son el reflejo de una sociedad que se ha quedado sin referentes.

Gigantescos rascacielos se desploman en minutos; ciudades apacibles son saqueadas por tiburones inmobiliarios; grandes bancos quiebran de un día para otro; familias que se creían instaladas en la seguridad de un trabajo y unas modestas propiedades se ven de repente en la indigencia; actos tan simples como que se apague de repente nuestro ordenador o se nos caiga el móvil o simplemente nos quedemos sin batería en un lugar aislado, nos angustia, y parte de nuestra biografía queda clausurada en una nube cibernética a la que no tenemos acceso a pesar de contener todos nuestros datos.

Fragilidad y miedo. Muñoz Molina nos cuenta en Tus pasos en la escalera la condición inestable del ser humano actual, limitado por dos sentimientos que son bloqueantes, que impiden a nuestros circuitos neuronales actuar de forma precisa, que instalan en alguna parte de nuestro cerebro una especie de virus emocional que nos lleva a realizar o a pedir soluciones incorrectas, irracionales.

De una forma muy inteligente y sutil, Antonio Muñoz Molina nos ha retratado, a través de su protagonista, el hombre de la era Trump.

Tus pasos en la escalera. Antonio Muñoz Molina. Seix Barral.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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