Un peregrino apasionado y otros cuentos. Henry James: Los exquisitos provincianos

Primera edición de Un peregrino apasionado y otros cuentos, de Henry James Jr. Boston.1875

Primera edición de Un peregrino apasionado y otros cuentos, de Henry James Jr. Boston.1875

Tenía 31 años y llevaba 11 publicando artículos y narraciones en periódicos y revistas. En 1875, la James B. Osgood and Company de Boston le ofrece a Henry James Jr. la posibilidad de editar su primer libro, un volumen de cuentos. En aquel momento, James ya llevaba en su haber 26 relatos y una novela corta, Guarda y Tutela. La edición tuvo una tirada de 1.500 ejemplares de los que se vendieron 400. A pesar de tan magro bagaje, James se esforzó en reunir los mejores relatos escritos hasta la fecha y, como más tarde afirmaría, el primer cuento que él consideraba logrado había sido Un peregrino apasionado, aparecido en 1871, descartando de un plumazo 15 relatos anteriores, que consideraba primerizos, aunque como veremos después, esta apreciación contenía algún matiz. En cualquier caso, para quien quiera familiarizarse con la obra de James hay que advertirle que ésta fue continuamente revisada por él mismo, a veces de manera feroz, lo que en ocasiones supone que, para una misma narración, haya varias versiones que fue depurando conforme volvía a tener la posibilidad de publicarlas en forma de libro.

Precisamente éste es el caso de Un peregrino apasionado, relato que da nombre al volumen y lo inicia. Escrito entre marzo y abril de 1971, fue corregido varias veces hasta 1907, que apareció por última vez en vida del escritor en la llamada Edición de Nueva York. Sin duda se trata del primer cuento en el que Henry James plantea de forma solvente y reflexiva el encuentro entre la cultura europea y americana, uno de sus temas recurrentes. En él conocemos a Clement Searle, un norteamericano que espera en Londres hacerse con parte de la herencia familiar que permanece en Inglaterra. Un innominado narrador, que como siempre podría ser el propio James, lo conoce fortuitamente y nos introduce en el acuciante problema económico de Searle y en sus cuitas como americano que se ha identificado con la cultura británica sin poder disfrutarla, como si fuera un desterrado en un territorio que no es el suyo pero que podría haber sido el suyo.

Esta identificación llega al paroxismo cuando visitan una vieja casa de campo de la campiña inglesa propiedad de Richard Searle, su pariente inglés más cercano, que vive allí junto a su hermana. El logro de este relato reside en las bellas descripciones del paisaje y de la propia vivienda, a través de las cuales James crea un ambiente casi mágico y propicio para que el Searle norteamericano padezca la engañosa añoranza de un pasado que, para mayor tribulación, se refleja en su asombroso parecido con el rostro de un importante antepasado, también llamado Clement, cuyo retrato luce en la mansión.

Los dos americanos son acogidos con hospitalidad por Miss Searle, mujer típicamente sumisa de la época cuya rápida atracción por Clement es correspondida por éste. Sin embargo, su hermano Richard Searle convierte su muy inglesa cortesía inicial en un ataque directo a su pariente, ya que está al tanto de la petición de herencia de éste, lo que considera un robo. En una cruel actitud de desprecio relata la posible y vergonzosa causa por la que Clement nació en Estados Unidos en lugar de hacerlo en Inglaterra. Su parecido con el hombre del retrato resulta no ser casual. A ese americano peregrino apasionado por sus antecedentes ingleses le es revelado el amargo misterio de su desposesión y de su amor por una tierra que pudo ser la suya. Este interesante relato prefigura uno de los más conocidos y logrados de Henry James, El rincón feliz, que escribiría más de 30 años después.

La vetusta cultura europea vuelve a estar presente de una forma apabullante en El último de los Valerios (1874), un cuento fantástico de la primera época de James, muy alejado del estilo ambiguo  que más tarde perfeccionaría en este género. Se trata de una historia que contiene los clásicos elementos del relato gótico aunque con ese peculiar tratamiento malicioso propio de James. En este caso un conde italiano desposa a la ahijada de un artista norteamericano en Roma. Al poco tiempo de casarse, Martha descubre que los italianos, como los latinos en general, respetan poco a sus mujeres, dedicándoles poca atención. Sin embargo, Villa Valerio ofrece una fascinante posibilidad de distracción: sus amplios jardines, muy descuidados, seguro que contienen ocultos tesoros de la familia o de la propia historia de Roma.

Aunque el conde acoge con acritud –y no poca superstición- el propósito de su mujer, finalmente cede ante su insistencia y ésta encomienda a un experto arqueólogo las excavaciones en su Villa. No tardan en encontrar una estatua de la diosa Juno en un estado impecable salvo por una de sus manos, que se encuentra separada de la escultura. Cuando el conde es informado del hallazgo, después de su siesta habitual, se sorprende que justamente esa tarde ha soñado con que la mano de la diosa Juno se había posado sobre su hombro. El arqueólogo lo tranquiliza asegurándole que en ese momento, él tenía consigo esa mano, pero el germen del mal presagio ya se ha instalado en el interior del conde.

No obstante, en un sorprendente giro de la trama, el mal presagio termina cayendo sobre la insospechada Martha desde el momento en que ve que su marido se halla extasiado ante la presencia de la estatua. Más que admiración por su belleza es un culto pagano, un sentimiento de atracción enfermiza que enrarece el clima familiar y perturba claramente la mente del conde. En realidad, Martha advierte que sobra en esa Villa, que el peso de la historia, en el caso de su marido, ha vencido a la realidad del presente. Es entonces cuando se decide volver a enterrarla en el lugar en el que se halló, como si el pasado pudiera ser borrado, en una ingenua suposición propia de una mujer que procede de un nuevo  continente.

Sin embargo, el hecho de que Estados Unidos sea un país reciente no oculta sus principios, regidos por la severa moral derivada de una estricta observancia de la religión. Eugene Pickering (1874) es un relato que conecta la América puritana que retrató Hawthorne con la Europa mundana dispersa en balnearios y ciudades costeras, ejemplo de la superficialidad de una cultura decadente y relajada. En uno de los pocos cuentos de James que se desarrollan en Alemania, se centra la atención en un americano que pasa unos días en Homburg y que es descubierto en el casino por un compatriota suyo, narrador-observador que podría ser Henry James. Hace unos quince años, en Norteamérica, ambos fueron condiscípulos, aunque su ambiente familiar divergía notablemente.

Eugene fue el ejemplo perfecto de la austera educación de un padre agrio y exigente que alejó a su hijo de la perniciosa cultura floreciente en su país; en otras palabras: Eugene fue un niño enfermizo y raro, controlado por su padre hasta su fallecimiento, que ha ocurrido poco antes de que comience nuestra historia. Por tanto, Eugene Pickering está viviendo sus primeros momentos de libertad. Su ingenuidad, en esta ocasión, no procede del carácter reciente de su país, sino de su herencia más rancia.

Un pardillo de estas características cae bajo el encantador influjo de Madam Blumenthal, una seductora casi profesional que encuentra en la candidez de Eugene un objetivo perfecto para hacer con él cuanto le plazca, a lo que el norteamericano cede con una mansedumbre casi vergonzante.

La complicación, la extrañeza propia de James, aparece cuando Eugene confiesa a su amigo que su padre concertó su matrimonio con la hija de un amigo que vive en Esmirna y a la cual no conoce de nada. Por tanto, su libertad sigue estando vigilada por su padre aun muerto; su suerte es que todavía quedan algunos meses para que se celebre la boda.

De esta forma, el lector se compadece inmediatamente de Eugene, puesto que no sólo ha tenido y tendrá hipotecada su vida por culpa de su estúpido padre sino que, en el poco tiempo que tiene para gozar de absoluta libertad, cae en las redes inexorablemente caprichosas de Madam Blumenthal. El acierto de James es incidir en una actitud que eleva a Eugene por encima de sus circunstancias y que resume en esta frase: “La vida es aprender a conocerse a uno mismo”, es decir, no importa que intuyas que vas a fracasar si eso te sirve de experiencia para hacerte mejor como persona.

Esta actitud, unida a la complejidad de la trama –que depara multitud de sorpresas-, anticipa una de las mejores novelas de James, Los Embajadores, escrita muchos años después y con un mayor dominio de las situaciones, en la que su protagonista Strether aconseja al pequeño Bilham: “Vive todo lo que puedas”. Las consecuencias de este hecho son, para James, siempre sorprendentes.

Sin salir de Nueva Inglaterra y su austero sentido de la existencia nos encontramos con el único cuento que el escritor rescató de sus primeros pasos por la literatura, La leyenda de ciertas ropas antiguas (1868), séptimo relato que publicó James y el primero perteneciente al género fantástico. En este caso, el débito del autor con su admirado  Nathaniel Hawthorne es evidente, pero lo que en éste lo importante es la creación de una atmósfera propicia para que ocurra un hecho sobrecogedor y extraordinario, en James se torna en una manera de afrontar lo sobrenatural desde lo rutinario, dejando aparecer el horror al final de la historia.

La anécdota de partida puede parecer trivial, pero en manos Henry James termina siendo eficaz y contundente: dos hermanas huérfanas de padre, Rosalind y Perdita, esperan la llegada de su hermano Bernard Wingrave, que ha pasado una temporada estudiando en Europa. Sus rutinarias y apagadas vidas se ven encendidas con las aparición de un amigo de estudios de su hermano, Arthur Lloyd, que es muy bien acogido por la familia.

A pesar de sus diferentes formas de ser, las hermanas se encuentran muy apegadas, y si bien Rosalind es una muchacha morena, delgada, etérea y nada predispuesta a la aventura, Perdita tiene mejillas de gitana y los ojos de un ávido chiquillo, ojos de mirada intrigante y seductora.

La aparición de Arthur Lloyd es cierto que revoluciona sus vidas y aunque el destino de ambas está escrito y saben que las dos se enamorarán de él y que una de ellas terminará siendo elegida por el apuesto joven, se conjuran para no traicionarse jamás.

La agraciada por la atención del caballero será Perdita, y su hermana Rosalind será la primera que la ayude a confeccionar el ajuar de la boda y se mantendrá a su lado sin envidia alguna. Arthur mantiene su conciencia tranquila pues nunca se ha insinuado a Rosalind y su vida junto a Perdita transcurre plácidamente. Sólo un hecho enturbia la relación: cuando ésta va a salir hacia su luna de miel, recuerda haber dejado algo en su habitación, y cuando llega a su puerta descubre a su hermana engalanada con su velo nupcial y su guirnalda, y su cuello adornado con el collar de perlas que la joven había recibido de su marido como regalo de bodas.

La suerte del feliz y próspero matrimonio desaparece cuando Perdita va a dar a luz una niña, y viéndose en trance de morir le pide a su marido una extraña promesa: que sus anillos, sus encajes y sus sedas, su magnífico vestuario quede guardado en un gran baúl con refuerzos de hierro como herencia para su hija. De alguna forma, nadie debe usurpar su lugar en el mundo, su vida al lado de su marido, su propio ser dichoso durante todo ese tiempo.

También este cuento contiene el germen de una sombría novela que James escribió 30 años después, La otra casa: la promesa solicitada a su marido por una moribunda, que interfiere con los deseos de la mujer que intenta sustituirla.

Si el tema de las exigentes promesas abunda en la obra de Henry James, hay otro tema mucho más complejo que el autor llegó a perfeccionar hasta el punto de darle unas características propias: me refiero al renunciamiento, a la diabólica disyuntiva de una persona cuya elección, sea la que sea, siempre supone una dolorosa pérdida. Madame de Mauves (1874) es el mejor relato de este libro porque ya vemos en él la seguridad de un escritor que dota de su particular mirada cualquier historia, por inocua que parezca. El propio planteamiento de la trama ya contiene ese lado perverso que por falta de atención no ha sido suficientemente valorado en la narrativa de Henry James: Euphemia, una virtuosa joven americana, está casada con un francés crápula”. Por casualidad, el joven Longmore, un norteamericano que viaja por Europa, se encuentra en París con una conocida que promete enviarle una carta de presentación para conocer a Euphemia. Después de advertirle que su triste historia es la de una  muchacha norteamericana que no ha nacido para ser ni una esclava ni un juguete, que se casa con un francés disoluto que considera que una mujer ha de ser una cosa o la otra, el comentario que añade a esta carta ya contiene la espoleta que dinamitará la trama: “Espero que sepa valorar el cumplido que le hago al encomendarle que vaya a consolar a una esposa desdichada (…) Demuéstrele a Madame de Mauves que la mezcla de admiración y respeto puede darse en un amigo norteamericano mejor que en un esposo francés. Ella elude la vida social, no viendo a nadie más que a una horrible cuñada francesa. Escríbame diciendo que ha borrado de su sonrisa desesperada parte de la tristeza que encierra. Hágala sonreír con la conciencia tranquila.”

En este implacable comentario puede resumirse lo que ocurrirá a continuación, si bien Henry James detiene la trama para volver al principio de la historia de Euphemia y mostrarnos la perversa confabulación familiar que seduce, envuelve y termina aislando a la joven, cuyo único interés para ellos es su dinero.

Así planteado tenemos por una parte a la esposa norteamericana virtuosa por naturaleza y el norteamericano honesto enfrentados a la mundana y vieja tradición disipada del marido y su familia. La atmósfera que se crea en las abundantes visitas y conversaciones de Longmore con Madame de Mauves empieza a enrarecerse cuando comprende que el marido anima al joven amigo a que corteje a su esposa sin el menor escrúpulo y que la cuñada, al principio atraída por el Longmore pero rápidamente rechazada, se convierte en intermediaria de una relación que si bien comienza como una amistad, deviene por parte del joven en amor.

El hecho de que un día Longmore vea al marido en un restaurante de París acompañado de una joven en actitud amorosa lo subleva y revuelve sus principios morales, sin saber que se encontrará con el aparente muro intachable de Madame de Mauves, que parece conocer muy bien los devaneos de su esposo. Entonces es cuando se plantea el dilema interior, el renunciamiento, la elección entre ser uno mismo o ser el resultado de unas circunstancias.

De nuevo aparece en la obra de James ese enfrentamiento entre el patético puritanismo norteamericano y la patética decadencia europea. No es, como se suele creer, que los americanos sean uno ingenuos que son engañados por los encallecidos europeos, sino que es la intrusión de una cultura en otra, sin pararse a medir las consecuencias. Sin embargo, el inesperado final de este magnífico relato deja la puerta abierta a Henry James para el asalto de sus personajes a Europa, para americanizar de alguna forma a los europeos a través de personas cuyo encanto reside, precisamente, en una nueva actitud que descolocará y seducirá a su paso: aunque en las fechas que James escribió Madame de Mauves ya estaba proyectando lo que poco después sería su primera novela Roderick Hudson, en realidad ya estaba diseñando la imponente figura de Isabel Archer, la protagonista de Retrato de una Dama.

[Nota: En la edición original de “Un Peregrino Apasionado y otros cuentos”, también aparece el relato “La Madona del futuro”. Sin embargo, hemos optado por escribir su reseña cuando abordemos otro libro publicado 4 años más tarde, cuyo título precisamente es el de dicho relato.]

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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