Una semana de vacaciones. Christine Angot

Una semana de vacaciones. Christine Angot. Reseña de Cicutadry

Christine Angot es una escritora muy del siglo XXI, es decir, ambigua y provocadora. Los escritores actuales tienen que ser así si quieren vender libros. En 1999 publicó una novela titulada Incesto, en la que relataba (o no) la relación sexual que mantuvo con su padre cuando ella tenía 14 años. En 2012 insistió (presuntamente) en el mismo tema con Una semana de vacaciones.

Recalcamos entre paréntesis nuestras dudas porque Christine Angot ha sabido navegar entre dos aguas para mantener la incertidumbre acerca de esa dura relación con su padre, que por lo visto fue real. Cuando ella nació, su padre ya había dejado a su madre (y no lo conoció) hasta que después de 14 años apareció de la nada, ya casado con una mujer alemana y con hijos, para vivir una intensa temporada con su hija y «descubrirle» todos los secretos del sexo, que en su caso fueron pocos, convencionales y miserables.

Otra cosa es que lo relatado por Christine Angot en estas dos novelas se corresponda exactamente con aquella experiencia, pues la escritora tiene la prudencia de soslayar nombres y circunstancias reconocibles como para afirmar que las novelas sean autobiográficas. A este respecto ha dicho la escritora:

«El espacio real y el espacio ficcional están separados completamente, pero el segundo nos permite ver y oír el primero. Puedes escribir una novela 100 % autobiográfica que sin embargo esté muerta y sea falsa».

Es decir, no aclara nada, ni falta que hace si queremos abordar sus novelas desde un punto de vista literario y no desde una perspectiva morbosa, que para nuestro caso no nos interesa nada.

Lo que sí nos interesa es la obra como novela erótica, y a pesar de que la autora francesa insista que eso tan frío que describe es lo más alejado posible del erotismo, creemos que es una boutade más de ella para llamar la atención. Una semana de vacaciones es una tremenda novela erótica, muy interesante, porque su trasfondo se nos antoja abisal por los motivos que más adelante explicaremos.

Obviando el tema del incesto -que ya decimos que no nos interesa- la novela trata de dos días (y no una semana como indica el título) en los que un hombre mayor, un típico intelectual francés seco y engreído, cohabita con una chica joven en una casa rural francesa. ¿Qué hace en esos dos días? Correrse. Casi todo el tiempo lo emplea exclusivamente en eyacular en la boca y en el ano de la chica, con una ansiedad (y una potencia) sexual inagotables, y con una indiferencia pasmosa por la satisfacción sexual de la chica.

Si lo que quería Christine Angot era vengarse de su padre, lo ha conseguido. La actitud de este hombre maduro es repugnante, no porque folle mañana, tarde y noche, naturalmente, sino por cómo lo hace. La novela -breve- comienza desde la primera frase con una felación descrita hasta sus más estrictos detalles y termina con una sodomización realizada sin pena ni gloria, también descrita con minuciosidad. En medio el hombre insiste una y otra vez en introducirle a la chica los dedos en la vagina para demostrarle que se pone húmeda, meterle el miembro en la boca en cuanto puede, vanagloriarse de ser tan piadoso con ella que no quiere desvirgarla ya que debe ser otro hombre más adecuado que él quien lo haga, ponerla en todas las posturas posibles, pedirle que le diga «Te quiero, papá» por lo mucho y bien que practica el sexo con ella, tocarle las tetas sin parar y tratar de sodomizarla, cosa a la que ella se niega por el dolor, hasta que por fin él lo consigue (de un modo bastante triste, pero lo consigue).

Hay una falsa creencia por la cual se piensa que el erotismo tiene que ser «bonito», o cuando menos, «excitante». Esto no es así. El erotismo también puede ser feo, desagradable, y no desde el punto de vista sexual (por ejemplo, escenas sádicas, parafilias, etcétera) sino como algo estrictamente humano, que al fin y al cabo es la esfera en la que se mueve. El erotismo no es más que la forma de relacionarse las personas como seres sexuados, y hay que reconocer que muchas veces no es nada atractivo para el público en general fuera de las edulcoradas e irreales situaciones románticas de las novelas rosas picantes.

En Una semana de vacaciones asistimos a un tipo de erotismo más extendido de lo que se cree y que podríamos definir como violación involuntaria, si se me permite el oxímoron. Como ocurre en esta novela, no son pocas las ocasiones en las que los hombres se «aprovechan» de cierto estatus (sea cultural, económico, social o circunstancial) para atraer y cazar a sus víctimas con el único fin de satisfacerse sexualmente de forma unilateral mientras venden al prójimo que esa relación es una forma de «enseñanza» de los arcanos sexuales, como si existiera alguno.

Es evidente que la chica protagonista de Una semana de vacaciones no disfruta absolutamente nada. Sí que se encuentra deslumbrada con la presunta inteligencia del hombre maduro, con sus conocimientos acerca de arqueología, con sus supuestos gustos gastronómicos (bien apoyados con una Guía Michelín de la que no se separa y una cartera llena de billetes), con sus lecturas de autores incomprensibles y sus citas de Nietzsche, pero detrás de toda esa cultura hay un hombre despreciable. Como bien sabemos, cultura e inteligencia no son sinónimos.

El sexo (o el erotismo bien comprendido) es un terreno idóneo para conocer cómo son las personas. Este intelectual maduro es un ser egoísta en la cama, fanfarrón, prepotente, dominador de una chica recién salida del cascarón, lo cual es muy sencillo de conseguir, que alardea delante de la chica que pretende seducir de sus amantes y de su propia esposa, de cómo tienen los pechos de firmes o caídos o de cómo follan, sin importarle en ningún momento si sus palabras y sus continuas comparaciones están hiriendo a la muchacha. Su falta de empatía es total y su egolatría, monumental.

Con estos datos sacados de su actitud en la cama no nos hace falta ya seguirle la pista fuera de las sábanas: en su vida diaria debe de ser una persona insoportable. ¿Y cómo es ella? Aquí Christine Angot anda muy inteligente y apenas nos da datos acerca de su actitud, que no sabemos si es sumisa, si está impresionada, si está asustada o si le gusta lo que está viviendo. Toda la carga emocional la deposita en el hombre. A esto sin duda colabora el estilo de la escritora, objetivo, frío, telegráfico, aún muy influido por la noveau roman (¿cuándo van a dejar los escritores franceses de escribir así?). De esta manera lo ha explicado la escritora a los medios: «La autobiografía tiene una pretensión de objetividad, mientras que la autoficción tiene una pretensión de subjetividad. A mí no me interesa ni una cosa ni la otra«. De nuevo la ambigüedad en la que se mueve esta autora. Que en la edición francesa de la novela sea el rostro de la propia Christine Angot el que ilustre la portada tal vez nos quiera decir que esta obra es tanto una autobiografía como una autoficción y que el peso del juicio de los lectores lo ha trasladado descaradamente hacia el hombre maduro por motivos evidentes.

Eso sí, este estilo narrativo tan peculiar, tan interesado en el detalle, tan moroso en las situaciones, es perfecto para los erotómanos, que con esta novela se pueden dar un festín. Ya decimos que desde la primera frase hasta casi la última la obra consiste en la descripción de actos sexuales, narrados casi sin solución de continuidad (solo descansa lo justo para que el hombre se reponga de sus orgasmos) ya que la novela apenas tiene puntos y aparte, manteniendo un discurso casi hipnótico y machacante en el que el sexo lo ocupa absolutamente todo.

La habilidad de Christine Angot ha sido sin duda que los lectores más avezados puedan leer entre líneas qué se esconde detrás de tanto folleteo. Por si fuera poco, la autora nos reserva un final de la relación -los tres últimos párrafos- que es la puntilla a esta fría venganza contra un padre que seguramente la traumatizó, porque esta novela no es un texto, sino un vómito.

Una semana de vacaciones. Christine Angot. Anagrama.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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