Viajes con Henry James (Trasatlantic Sketches). Henry James: El joven escritor viajero

En 1870 Henry James se está labrando un nombre como escritor en publicaciones periódicas. Ha escrito 14 cuentos, una obra de teatro y 54 críticas de literatura y arte, pero a pesar de haber atravesado el Atlántico cuatro veces (la primera, con seis meses de vida) nunca ha hecho una crónica de viajes. Su amistad con Charles Elliot Norton, director de la revista The Nation, le abre la posibilidad de publicar unos cuantos artículos de viajes por Estados Unidos sobre lugares astutamente elegidos por el joven James: balnearios como Saratoga o ciudades de vacaciones como Newport y Niágara, en los que destaca su visión “neutra” o cosmopolita. Este es el comienzo de una serie de artículos recogidos en Viajes con Henry James (Ediciones B) cuyos destinatarios eran originariamente los lectores de la citada revista. Pero esto solo fue el principio de una fructuosa carrera como escritor viajero.

Dos años después, y con la idea de embarcar hacia Europa con su hermana Alice y su tía Kate, se vuelve a ofrecer a The Nation para enviarles nuevos textos sobre Inglaterra Francia, Alemania y Suiza, y aprovecha además para postularse como corresponsal de la publicación en Italia, cuyo puesto había quedado vacante. Pide dinero prestado a su padre, con la promesa de devolvérselo con los 50 dólares que le ofrecen por cada crónica, y en mayo de 1872 llega a Liverpool en el robusto Algeria. Tiene las cosas claras: transforma un viaje de placer en una (moderada) fuente de ingresos y emprende su recorrido por lugares pintorescos de Inglaterra. Sabe lo que el público norteamericano quiere leer y él se lo dará como un norteamericano más.

Su segundo artículo titulado Un verano europeo: Lichfield y Warwick comienza con toda una declaración de intenciones:

Escribir en Oxford sobre algo que no sea Oxford requiere, por parte del turista sentimental, una notable capacidad de abstracción mental. Sin embargo, tengo el ánimo de pagar a tres o cuatro lugares que he visitado recientemente la deuda de un placer apenas menos profundo que mi entusiasmo por este paraíso académico.

Naturalmente, a pesar de visitar Oxford, no escribe sobre Oxford, puesto que es un lugar trillado por legiones de anteriores cronistas. Lichfield, Warwick, North Devon o Wells son pueblos prácticamente desconocidos en Estados Unidos y él busca ser un escritor original, diferente. Tampoco su tratamiento de estos lugares es convencional: sabe que en los estantes de muchos de sus lectores hay una guía Baedeker que explica mejor que él los monumentos de cada rincón de Europa. Así que se autodenomina un “viajero sentimental” y decide ofrecer una visión de Inglaterra entre bucólica, elegante y exagerada.

Sea por razón de su edad o por motivos comerciales, encontramos en estas crónicas un Henry James hiperbólico que no volverá a aparecer en sus textos posteriores. Ante una abadía de Lichfield, y tras una descripción detallada desde todos los ángulos posibles, declara: “Pocos placeres son más profundos que un paseo tan contemplativo” o frente a la catedral de Salisbury no tiene empacho en asegurar: “Tal vez sea la catedral más conocida del mundo, gracias a su bien proporcionada aguja.”

No obstante, aparte de algunos trucos de reclamo, Henry James demuestra en estas crónicas que hay un verdadero escritor detrás de cada observación. Hay mucha literatura y una genuina curiosidad por extraer lo más delicioso de cada lugar. Aprovecha la belleza de los parajes naturales de Inglaterra y la suntuosidad de las señoriales casas de campo para darle un fuerte sabor local a sus escritos en jugosas reflexiones que invitan al norteamericano rico a visitar esas zonas precisamente por lo que de diferente tienen respecto a la más indócil naturaleza de su país.

Recuérdese que estos artículos están escritos en una época en la que Estados Unidos está aún lejos de ser la pujante nación en la que más tarde se convertiría. Aunque no hay ninguna referencia explícita a ello, James contrasta el ambiente refinado de los británicos, su secular aristocracia y su presunto buen gusto, con el provincianismo que acaba de dejar al otro lado del Atlántico, hace soñar a sus lectores con un mundo hasta entonces para ellos desconocido.

Es más: ejerce de viajero veterano, culto sin llegar al engreimiento, que entiende de lo que ve y no está dispuesto a dar gato por liebre con efusivas imágenes gratuitas:

Cuando uno ha saboreado bastante el placer de la caza de catedrales, la aproximación a cada templo hace que le pique la curiosidad de un modo particularmente agradable. Estás reuniendo una colección de grandes impresiones, y pienso que este proceso en ningún caso es tan delicioso como en el de las catedrales. Pasar de un buen cuadro al siguiente sin duda está la mar de bien, pero los cuadros buenos del mundo son terriblemente numerosos, y tienen una fastidiosa manera de aglomerarse y empujarse mutuamente en la memoria. El número de catedrales es reducido, y la masa y presencia de cada una es grande, de modo que, mientras en la mente se yerguen con individual majestad, eclipsan todas las impresiones comunes.

Es también interesante recordar los años de publicación de estos escritos –de 1872 a 1874- porque cuando cruza al continente acaba de terminar la guerra franco-prusiana y no parece que los escenarios sean los más adecuados para pararse a contemplar los monumentos cuando cientos de soldados se arrastran por las calles con las heridas aún abiertas.

Así que de su paso por París se queda exclusivamente en la Comedia Francesa, admirando las obras inmortales de Moliere y el refinamiento interpretativo de las grandes actrices del momento, y cuando llega a Alemania va a parar al mítico balneario de Homburg -ciudad que después utilizará en algunos de sus cuentos- para lamentarse de la prohibición de los juegos de azar por parte del nuevo gobierno prusiano en su famoso Kursaal y testimoniar la decadencia de algunos rincones alemanes, como Darmstadt, antigua capital del Gran Ducado, ahora en manos de Bismarck que, según se deduce de estas crónicas, ejerce como señor feudal de la región. Como se ve, las simpatías y antipatías de James por los contrincantes resultan evidentes aun no refiriéndose en momento alguno a la reciente guerra.

Los artículos que iba publicando en The Nation estaban teniendo una buena acogida pero adolecían de un defecto, suponemos que grave para James: aparecían sin su firma; así no había forma de crearse un nombre. Por mediación de su gran amigo Howells, la revista Atlantic Monthly –donde publicaría la mayoría de sus cuentos- lo invita a que les envíe crónicas desde Italia, a donde de todas formas pensaba viajar para The Nation, con la ventaja de que vería su firma en la publicación.

A pesar de sus cuatro viajes anteriores a Europa, James nunca había estado en Italia. Para sus padres, ese país era poco menos que bárbaro y no es que estuvieran excesivamente entusiasmados con su conocida belleza: lo que habían buscado en sus recorridos europeos era una buena educación para sus hijos, e Italia estaba bien lejos de ser un lugar instructivo para jovencitos. Así que la llegada a Roma del ya independizado Henry James es una especie de caída del caballo, un deslumbramiento que se traduce en sus textos en un ansia de libertad, de explosión de sensuales sentimientos.

Bien es cierto que en sus primeros pasos por la península itálica mantiene cierta displicencia ante ciudades con menos acumulación de arte como Turín y Milán. De la catedral milanesa dice que “ante todo es pintoresca; no es interesante, no es lógica, no es siquiera, para algunos, imperiosamente bonita” y tras desdeñar sus impresionantes tejados, se detiene delante de las reliquias de San Carlos Borromeo, a las que califica de “baratija” católica.

La gran revelación le llega dentro del cenáculo de la Santa Cena de Leonardo. Y así continuará cuando baje hasta Roma o se acerque a Florencia. Pero James siempre será James, y como si se tratara de un viajero acostumbrado a la historia y la monumentalidad del Imperio Romano y el Renacimiento, hace más hincapié en los agradables paseos a caballo por los sinuosos campos que rodean de la campiña romana, la serena grandeza de la ciudad cuando en temporada baja es abandonada por los turistas americanos o por los colores del otoño florentino y los paisajes de la Toscana. Es un ávido recolector de impresiones, de esas que no salen en las guías turísticas, un observador del fatigado corazón que late bajo las ciudades italianas visto por el observador meditabundo que prefiere una larga caminata por las calles a permanecer durante horas en el interior de duomos y palacios.

La prueba de que estas deliciosas crónicas fueron apreciadas por los lectores americanos es que en 1875 reunió una buena cantidad de ellas para formar el libro Trasatlantic Sketches -que se podría traducir como Escenas trasatlánticas– publicado en Boston con una tirada de 1.500 ejemplares, en la que sería su segunda obra dada a la imprenta. Henry James conseguiría su propósito de ser referente como escritor cosmopolita que conocía bien las diferencias entre norteamericanos e ingleses y que ya estaba dando frutos en sus ficciones sobre lo que se llamaría el tema internacional. La edición inglesa de Trasatlantic Sketches apareció años después, en 1883, después de su rotundo éxito con Daisy Miller, que precisamente aprovechaba muchos de los escenarios que había descrito y degustado en sus crónicas viajeras. Henry James no solo se estaba haciendo un nombre: desde sus comienzos también estaba construyendo una coherente carrera profesional y literaria.

Viajes con Henry James. Henry James. Ediciones B.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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