Vox. Nicholson Baker: Tomar partido por el sexo

Vox. Nicholson Baker. Reseña de CicutadryTal vez una de las situaciones más incitantes que existen para tener sexo sea la soledad. Tendemos a pensar en el erotismo como cosa de dos (o más) personas, pero en el silencio de una habitación puede haber una irresistible carga erótica que nos lleve a fantasear con más excitación que lo que pueda darnos cualquier realidad carnal. Vox es la gran novela erótica de la soledad, de hasta dónde somos capaces de llegar para satisfacernos sin más instrumentos que la imaginación y una mano. Su autor, el norteamericano Nicholson Baker, la publicó en 1992, justo antes de la era de Internet, que prefigura y profetiza.

Vox tiene una estructura muy sencilla: es la conversación telefónica de una mujer y un hombre que viven a miles de kilómetros, cada uno a un lado de las costas de Estados Unidos. Debemos sobreentender sus vidas, lo que los lleva a marcar un número de teléfono en la soledad de su salón para ponerse a hablar con una persona desconocida sobre cualquier tema. Nada les garantiza el éxito; no se trata de un teléfono erótico, sino que cada uno ha visto en una revista distinta un anuncio publicado por el otro en el que hay una vaga promesa de felicidad momentánea, el escape para una tarde aburrida o la esperanza de una conversación sorprendente o picante.

Junto a la soledad hay un aliado para la excitación sexual: la voz, y junto a la voz, las palabras. La conversación se mantiene durante horas y ninguno de los dos se describe, ni hace falta. No sabemos cómo son Abby ni Jim, ni siquiera ellos saben si esos son sus nombres reales. Sí que van desgranando algunos rasgos físicos, el color del pelo o de los ojos, o cómo van vestidos en ese momento, pero estos detalles carecen de importancia para ellos porque lo único que les interesa es la situación en sí misma, el motivo que les ha llevado a marcar ese número y no otro, las pequeñas coincidencias que van apareciendo en la conversación, ciertos gustos comunes por la lencería, por los cuerpos que aparecen en el papel couché luciendo esa lencería, cuerpos que jamás tendrán ni él ni ella entre sus brazos pero que les sirven para fantasear, para excitarse, para masturbarse.

Porque en eso converge toda la conversación que se narra en Vox: en la masturbación, en el placer solitario, el único al que tienen acceso sus dos protagonistas como forma de desarrollar su sexualidad como a ellos les gusta.

Hay un detalle en la novela que no se me ha pasado por alto: tanto ella como él se cuentan algunas aventuras sexuales pasadas, escarceos de una noche o una pequeña temporada acostándose con otra persona. Pues bien, cuando relatan con todo detalle esos encuentros, observamos que en ningún momento hay penetración, ni siquiera tocamientos, con su partenaire. Las situaciones son bien morbosas, incluso diría que hay alguna que otra estrafalaria, pero terminan siempre en masturbación por uno u otro motivo.

Es como si la imaginación de estos dos seres solitarios les fuera suficiente para llevar una vida sexual digna; porque algo que queda muy claro es que ellos dos son muy activos sexualmente, pero siempre en soledad, generalmente delante del televisor viendo una película porno, en el caso de él, o en la ducha, fantaseando con alguna situación leída con anterioridad, en el caso de ella. Es más; los imaginamos incapaces de mantener relaciones sexuales convencionales porque necesitan una gran carga erótica mental para llegar al orgasmo; de hecho, toda la novela, todo ese diálogo al que asistimos durante páginas y páginas, no es más que la preparación para el momento final, en el que los dos se masturban simultáneamente mientras montan una historia conjunta por teléfono, naturalmente, nada convencional.

A pesar de que estemos hablando del placer solitario y de la peculiar situación de los personajes, no hay un solo instante triste en la novela, sino más bien un crescendo muy bien estructurado por parte de Nicholson Baker, que va calentando la conversación conforme pasan las horas.

Es inevitable que un escritor que es hombre dé un enfoque masculino a una historia erótica; sin embargo, es meritorio que las dos voces que leemos sean perfectamente distinguibles, por un lado la voz y las fantasías de Jim, bastante rocambolescas, muy dominadas por la imagen, y por otra parte la voz de Abby, mucho más cálida, más humana y práctica, cuidando los detalles, concretando el deseo en rasgos carnales, imaginando sus fantasías sexuales, en definitiva, más apegadas a la realidad.

La conversación, que como digo comienza con un discreto «calentamiento de motores» para devenir en situaciones de fuerte contenido sexual, se va volviendo también cada vez más inteligente, como si solo el mecanismo fisiológico del sexo no fuera suficiente para dos mentes que se abren de par en par protegidas por el anonimato del teléfono. De alguna manera, Abby y Jim terminan confesando sus más íntimos pensamientos acerca del sexo, no como fuente de placer inmediato, físico, sino como algo que trasciende a lo intelectual, como podemos apreciar en estas palabras de Jim:

Es por eso por lo que hablar contigo me parece una cosa tan milagrosa, de las que suceden una vez en la vida y nunca más, porque tú eres lista y divertida y cachonda y deliciosa… O sea, que no eres representativa. ¡Estamos hablando de verdad! Si llegas a masturbarte conmigo, aquí, por este teléfono, en lo que a mí respecta será como la noticia de la semana en el Washington Week in Review, será lo más, ¿te enteras?, porque tú reaccionas ante las cosas de un modo complicado y, cómo te diría yo, un orgasmo es mucho más interesante en una mente complicada que en una mente simplona, aunque vaya usted a saber, a lo mejor las mentes simplonas se hacen más sutiles y delicadas con el orgasmo, puesto que es ese el único ejercicio mental en que de vez en cuando incurren… Pero, vamos, el orgasmo de una mujer inteligente es una montaña en cuya cima hay un volcán y a cuyas faldas hay una población: está claro el costo opcional del orgasmo, capta uno la fuerza de todas las restantes cosas perceptivas que la mujer podría estar pensando en ese momento, pero no piensa porque está corriéndose, y enriquecen el orgasmo.

Conforme avanza la conversación comprendemos que el placer masculino es visual, voyeurista, mientras que el placer femenino es más exhibicionista, en el sentido de sentirse objeto de deseo (ojo, no objeto pasivo), de ser provocador, de sentirse atractivo para el otro. Una de las grandes virtudes de Vox es la diversidad de las voces, de las eróticas expuestas desde los dos sexos a lo largo de sus vidas, de modo que vemos no solo la peculiaridad de cada forma de entender la sexualidad sino también su progreso en el tiempo conforme pasa la vida de sus protagonistas.

Nicholson Baker se planteó con Vox un reto: hacer hablar a sus personajes como personas reales sin caer en prototipos ni clichés, ni tampoco pecar de chabacanería a pesar de que es una novela absolutamente oral y, como decimos, orientada a crear el clima excitante necesario para que sus protagonistas (y posiblemente el lector) se masturben finalmente. Esta naturalidad de los personajes la consigue Nicholson Baker con una pizca muy inteligente de ingenuidad en los diálogos y una acertada dosis de buen humor: tal vez hay pocas actitudes más afrodisíacas que reírse de uno mismo en el sexo.

Quizás por eso Vox fue el libro que Monica Lewinsky regaló a Bill Clinton mientras mantenían su bien conocida aventura sexual en la Casa Blanca.

Vox. Nicholson Baker. Alfaguara.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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