La pata de mono y otros cuentos macabros. W. W. Jacobs

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Es curioso comprobar cómo el tiempo también gasta bromas a los escritores, reservándoles una posteridad que no buscaron. Tal es el caso de William Wymark Jacobs (1863-1943), escritor humorístico de éxito en su tiempo que, sin embargo, es recordado por haber escrito, posiblemente, el mejor cuento de terror del siglo XX: La pata de mono, incluido por primera vez en el libro La dama de la barca (1902). Desde entonces, todas las antologías de cuentos de terror incluyen este excepcional relato, que Borges dio a conocer en el mundo hispano a través de la Antología de la literatura fantástica.

No obstante, y a pesar del clamoroso y justo éxito de La pata de mono, no podemos olvidar la relevancia de W. W. Jacobs en el terreno de la narrativa corta, y en particular, del género macabro. Leer los cuentos de Jacobs es adentrarse en un territorio resbaladizo y sorprendente en el que lo sobrenatural convive sin reparos con la realidad cotidiana.

Es fácil adivinar la huella de Poe en la concepción literaria de Jacobs, pero tampoco podemos olvidar la notable influencia de Ambrose Bierce en cuanto a la inclusión de lo humorístico dentro de lo macabro: por lo general, los protagonistas de los cuentos de Jacobs son personas descreídas que no aceptan la presencia del más allá en sus vidas, y que por circunstancias a menudo extravagantes, se ven abocados a vivir episodios inexplicables.

En este sentido, W. W. Jacobs es un escritor de su tiempo, que sin desdeñar muchos de los materiales propios de la narrativa gótica, los inserta sin dificultad en un plano realista, resultando de ello unos relatos llenos de encanto y fascinación que, ineludiblemente, finalizan con una sorpresa inesperada. Por ello hay que resaltar la importancia de este autor como excelente creador de cuentos, al margen del género que se le pueda atribuir. La estructura de sus relatos es perfecta, tanto en la presentación de los hechos como en el desarrollo de los mismos, adecuándose como un guante a la extensión propia del cuento corto. Quizás, pensar en W. W. Jacobs como simple escritor del género de terror sea cometer una injusticia con él: sus cuentos se pueden leer sin prejuicios, dejándose llevar por la trama que, en ocasiones, sí se ciñe al género de terror, pero que en muchas otras, se desarrollan con notable libertad argumental, sobreponiéndose a las limitaciones propias de cualquier género.

Lo que sí está presente en su literatura es el poder del Mal y sus extrañas formas de cebarse con el ser humano: seres que en apariencia son inocuos terminan cometiendo asesinatos horribles; modestos padres de familia viven atormentados por mentiras de las que no pueden escapar; marineros tranquilos se enfrentan a poderes de la Naturaleza que sobrepasan sus débiles fuerzas. El Mal se encuentra en cualquier lado: en un solitario pozo, en lo más profundo de un jardín abandonado, en una casa deshabitada, en la maldición que pronuncia una mujer en su lecho de muerte, en la apuesta que deviene en una tortura para sus protagonistas.

En los cuentos de W. W. Jacobs hay fantasmas, pero éstos proceden de la mente o de la angustia interior; hay casas abandonadas cuya atmósfera es menos extraña que el humor de quien se adentra en sus estancias; hay barcos a la deriva y náufragos que aparecen después de años para escarnio de los vivos; hay asesinos que terminan siendo castigados por personas más perturbadas que ellos mismos. Si Henry James nos enseñó que se podía dar una nueva vuelta tuerca a una historia terrorífica, W. W. Jacobs va aún más lejos y hace sencillo lo difícil, manteniendo el interés del relato más allá de los elementos macabros utilizados, como si nos quisiera decir que en la realidad hay mucha más monstruosidad que en los sueños, de manera que sus personajes preferirían vivir en lo sobrenatural antes que en este pacífico y sobrecogedor mundo.

La pata de mono y otros cuentos macabros. W.W. Jacobs. Valdemar.

 

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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