Washington Square. Henry James: La dignidad de la renuncia

washinton square“Una historia más bien pobre en tres entregas –un cuento puramente americano”. Así consideraba Henry James su novela Washington Square, mientras la escribía en el invierno de 1879 a 1880. La había comenzado por una de esas obligaciones a las que a menudo se ven sometidos los escritores que quieren hacer carrera: tras la publicación de El Americano, la idea de Henry James fue la de escribir una novela larga que empezaba a perfilarse en su cabeza, El Retrato de una Dama, de cuyo éxito estaba seguro, pero su editor se negó a publicar dos textos seguidos de mucha extensión que pudieran agotar el mercado. Además, Henry James necesitaba urgentemente dinero para subsistir mientras escribiera su pretendida obra maestra. Resultado de estas circunstancias fueron dos años de fertilidad creadora cuyos frutos se resumen fundamentalmente en cuatro títulos: Daisy Miller, Los Europeos, Confianza y Washington Square.

Este carácter perentorio y coyuntural influyó sin duda en su juicio crítico, ya exigente de por sí, hasta el punto de afirmar de ella en una de sus innumerables cartas -mientras Washington Square aún estaba apareciendo por entregas: “Una historia endeble, de un interés un poco demasiado limitado. Yo, sinceramente, no le doy mucha importancia”.

De hecho, el argumento de la novela estaba basado en una anécdota que le comentó su amiga (y cotilla oficial) Fanny Kemble, acerca de su hermano, un cazadotes que se había arrimado a una chica sosa, fea y vulgar con la vista puesta en una herencia que, el padre de ella, le negaría a su hija en el caso de casarse con el joven sin escrúpulos. Henry James pensaba transformar esta anécdota en un cuento (uno de esos largos cuentos a los que nos tiene acostumbrados) pero la historia se fue alargando hasta alcanzar la extensión propia de una novela. Este origen anecdótico pesó en su consideración respecto a la obra de una forma bastante onerosa.

Sin embargo, no podemos estar de acuerdo con la sesgada opinión del autor: Washington Square es una novela de hondo calado psicológico, un agudo análisis de la relación entre un padre dominante y una hija orgullosa aprisionada por las costumbres sociales de su época y su clase social, un ejemplo de cómo aprovechar un argumento emotivo sin caer en sentimentalismos ni soluciones melodramáticas. Es cierto que su estilo no es el habitual en Henry James: relato contado de forma directa por un narrador omnisciente, claridad expositiva, capítulos largamente dialogados, primacía de escenas con un fuerte componente teatral, cierta falta de elegancia suplida por una indudable eficacia narrativa… pero la maestría en la composición de la novela y el preciso perfil de los personajes ya delatan al Henry James maduro, dueño de todos sus recursos.

Basada en solo cuatro personajes, el escaso recorrido que brindaba la anécdota exigió una profundidad en el estudio de las relaciones que no hubiera fructificado sin la férrea estructura sobre la que descansa la obra. En este punto es donde James destaca como pocos escritores: presenta al lector aquello que le interesa en cada momento, sin engaños pero con la pericia digna de un prestidigitador. En primer lugar nos muestra los hechos de una forma que parece incontestable: el doctor Sloper, médico prestigioso y hombre sagaz e inteligente, que ha sufrido la muerte de su esposa, mujer brillante y bella, pocos días después de dar a luz una niña de la cual, con el tiempo, no tendrá nada de lo que orgullecerse.

El retrato que hace James del doctor es, desde el principio, insuperable:

Era un hombre de unos cincuenta años, y su popularidad había llegado a su apogeo. Era muy ingenioso, y en la mejor sociedad de Nueva York se le consideraba como un hombre de mundo, cosa que realmente era. Me apresuro a añadir, para evitar cualquier malentendido, que no era un embaucador. Era un hombre completamente honrado ‑honrado hasta un grado que no había tenido ocasión de demostrar‑ y, dejando a un lado la buena voluntad del grupo donde ejercía, que se jactaba de poseer el “mejor médico” del país, diariamente justificaba los talentos que le atribuía la voz popular. Era un observador, incluso un filósofo, y el ser brillante le resultaba tan fácil y natural, que nunca pretendía hacer efecto, ni usaba ninguna de las argucias de los que tienen una fama menos merecida. Hay que confesar que la fortuna le había favorecido y que su camino había sido llano. A la edad de veinticinco años se había casado, por amor, con miss Catherine Harrington, una encantadora muchacha de Nueva York que, además de sus encantos, le había traído una considerable dote. Mrs. Sloper era amable, llena de gracia, hábil y elegante, y en el año 1820 era una de las muchachas bonitas de la pequeña, pero prometedora capital.

Con esta descripción, el lector se rinde desde el primer momento a los encantos del médico. Hay que añadir que James hace realidad esa expectativa poniendo en boca del personaje los que quizás sean algunos de los mejores diálogos de toda su producción narrativa.

Junto a él convive bajo el mismo techo su hermana Lavinia, viuda de un clérigo pobre, acogida por el médico dada su escasa habilidad para mantenerse viva por sus propios medios. James la retrata en términos irónicos y poco halagadores:

Era una mujer alta, delgada, rubia y bastante descolorida; de disposición amable, poseedora de un alto grado de nobleza, amante de la alta literatura y de carácter tortuoso y oblicuo. Era romántica y sentimental; tenía una pasión por los pequeños misterios y secretos; una pasión bien inocente, pues hasta entonces sus secretos habían sido tan poco prácticos como los huevos hueros. No era del todo veraz; pero aquel defecto no tenía gran trascendencia, pues nunca tuvo nada que ocultar. Le hubiera gustado tener un amante y mantener correspondencia con él, usando un nombre supuesto y dejando las cartas en un lugar determinado. Debo decir que su imaginación no la llevó nunca más allá. Mrs. Penniman no había tenido ningún amante, pero su hermano, que era muy sagaz, entendía su disposición mental.

Con esta mujer soñadora y superficial se cría Catherine, la hija cuya existencia ha sido más bien un lastre para su padre, privada de la belleza y el encanto de su madre, vulgar, opaca, tímida y de poco espíritu. Naturalmente, el doctor se ha ocupado de la educación de Catherine y quiere lo mejor para ella. Le tiene reservada una herencia de su madre por valor de diez mil dólares al año pero, lamentablemente, el carácter reservado de ella ha hecho imposible que ningún joven se haya acercado con propósitos sentimentales. Por si teníamos dudas de la nulidad que representa Catherine, así nos la describe el autor:

Por aquella época parecía imposible que Catherine diera una sorpresa; más aún, parecía imposible que la recibiese, tan callada e impasible era. La gente que se expresaba libremente, decían que era torpe de entendimiento. Pero la impasibilidad de Catherine se debía a su extraordinaria timidez, de una timidez incómoda y dolorosa. Aquéllo no era siempre comprendido, y a veces producía una impresión de insensibilidad. En realidad, Catherine era el ser más blando del mundo.

…Y aparece el pretendiente, Morris Townsed, un galán en el más estricto sentido de la palabra, una aparición que parece colmar las ilusiones de cualquier jovencita, sobre todo si no ha tenido la oportunidad de conocer de cerca a otro caballero:

Tenía unos rasgos como los jóvenes de los cuadros; Catherine no había visto nunca aquellos rasgos tan delicados, tan perfectos entre los jóvenes que veía en las calles de Nueva York, que encontraba en los bailes. Era alto y esbelto, pero tenía un aspecto extraordinariamente fuerte. A Catherine le hacía el efecto de una estatua. Pero una estatua no habría hablado así, y, sobre todo, no habría tenido los ojos de un color tan precioso. El joven no había estado antes en casa de Mrs. Almond; se sentía como un extraño; Catherine había sido muy amable, compadeciéndose de él. Era primo de Arthur Townsend primo tercero o cuarto y Arthur le había traído para presentarle a su familia. En realidad, se sentía como un extraño en Nueva York, a pesar de que había nacido allí, pero había vivido muy poco tiempo en la ciudad. Había recorrido el mundo y residido en rincones raros; había llegado hacía un mes o dos. Nueva York era muy agradable, pero él se sentía solo.

Una vez que ha presentado a los personajes y los ha hecho hablar para que corroboren, cada uno, sus respectivas actitudes, Henry James comienza a hilvanar la fina madeja en la que va a consistir la historia cuando Morris Townsed parece estar más que interesado en la poco agraciada Catherine. Como es bien conocido, su padre se opone a ese acercamiento alegando que Morris es un simple cazadotes que va detrás de su herencia, ganada a pulso después de brillantes años de oficio.

La explicación es plausible (y cierta) si no fuera porque Washington Square es una novela perversa, escrita con una solapada maldad cuyo verdadero corazón envenenado no se descubrirá hasta muy avanzada la trama.

Por lo pronto, si bien el doctor acierta en los propósitos del galán embaucador, también oculta una verdad mucho más ácida: realmente piensa que su hija no tiene el más mínimo atractivo para seducir a un joven de esas cualidades. Es la ausencia total de confianza en Catherine lo que lleva a su padre a dudar de la relación. Tal vez un joven con menor encanto, un muchacho deslucido, podría haber puesto sus ojos en Catherine sin que llegara a creer que iba a por su dinero, pero un hombre como Townsed, ¿qué iba a querer de una tonta como su hija?

Los razonamientos del doctor Sloper son teóricamente intachables; su inteligencia está probada; su intuición es más que brillante. Hay un conflicto de poder entre Townsed y él, cuyo centro es su hija, y no va a permitir ninguna intromisión en su autoridad paterna. No es un déspota, ni un arrogante y lo único que demuestra es que se preocupa de su hija… ¿se preocupa de su hija? ¿Cómo?

En cierto sentido, Morris Townsed también es un pretendiente intachable. Su conversación con Catherine la aviva; nunca se ha sentido ella tan feliz como cuando está en su presencia. No es sólo que sea agraciado físicamente, sino que demuestra un interés genuino por ella, una atención que nunca antes nadie le ha brindado, ni siquiera su padre. Townsed no hace más que llenar el vacío sentimental que padece Catherine desde siempre. ¿Acaso es culpa suya que nunca haya sido querida?

Bueno, esa objeción James la resuelve con el amor que siente por ella su tía Lavinia. Es cierto que no es un modelo de racionalidad, que es romántica y poco apegada a la realidad, que no ha tenido suerte en la vida y que su condición de viuda en aquella época le ha podido cerrar muchas puertas para un futuro mejor, pero ella sí conoce a los hombres, y está segura de que Morris Townsed es un auténtico caballero. ¿Cómo lo sabe? Es el hombre que ella hubiera querido tener como enamorado.

Catherine se encuentra atrapada entre tres personas que quieren lo mejor para ella: un padre inteligente pero nada sentimental; un joven interesante pero interesado; una tía que la apoya pero de una manera soñadora y poco efectiva. Cada uno de ellos despliega ante Catherine lo mejor de su repertorio: su padre, frases lapidarias cargadas de cinismo y razón; Lavinia, palabras de aliento en las que no para de ensalzar la figura de su novio; y Townsed, argumentos suficientes como para derretir a una joven heredera con una profunda falta de confianza en sí misma.

Portada interior de la primera edición de Washington Square, con ilustraciones de George Du Maurier

Portada interior de la primera edición de Washington Square, con ilustraciones de George Du Maurier

James pone a Catherine en una situación endiablada, y creemos por un momento que la maltrata, que hace de ella un guiñapo con el que juegan el resto de los personajes. Afortunadamente, nos reserva una sorpresa: Catherine es una mujer tan perversa como sus allegados. Perversa a la fuerza, orgullosa por necesidad, rebelde con causa, ingrata por desposeimiento, sumisa por educación. No hay nadie compasivo en esta novela; nadie ama a nadie. Sus conductas son despiadadas, no se paran ante nada: son supervivientes de su propia terquedad. Solo se salva la dignidad de Catherine, la más fuerte de todos, la que es capaz de renunciar con la cabeza bien alta a sus sentimientos. Como bien describe la última -y demoladora- frase de la novela:

Mientras tanto, Catherine, en el salón, había tomado su labor y se había sentado nuevamente con ella; para toda la vida, por así decirlo.

En este sentido, la novela se va construyendo de forma prodigiosa de manera que se descubre progresivamente los siniestros defectos de los personajes mientras que el de Catherine va brillando desde esa primera visión opaca de su carácter. Esta aquilatada tensión dramática no pasó desapercibida para los lectores de su época, que convirtieron en éxito una obra que, como hemos visto, no gozaba de la menor consideración por parte de su autor.

Tal fue la ceguera con que James no vio las bondades de su novela que, cuando le surgió la oportunidad de publicar en 1905 sus obras completas en la llamada Edición de Nueva York, desechó su reedición con este sólido argumento, extraído de una de sus cartas: “¡He intentado releer Washington Square y no puedo, y me temo que habrá que eliminarla!”.

Lo cierto es que menos de un año después de haber sido publicada por entregas, fue editada en forma de libro simultáneamente en Gran Bretaña y Estados Unidos -como decimos, con gran éxito- y poco más tarde fue traducida al ruso. Curiosamente, en un escritor como Henry James que quiso triunfar en el teatro –y para ello incluso adaptó novelas suyas como El Americano o cuentos como Daisy Miller, sin el menor reconocimiento-, no vio las evidentes virtudes dramáticas de un texto tan escénico como Washington Square. Muchos años después, en 1947, Ruth y Augustus Goetz, la adaptaron para las tablas bajo el título -mucho más descriptivo- de La Heredera, obteniendo un éxito unánime en Broadway que dio lugar a la abrumadora película homónima de William Wyler dos años después, y que a la postre supuso el revival de Henry James ante el mundo después de 30 años de olvido sobre su obra, redescubrimiento que ya no ha cesado hasta nuestros días.

Washington Square. Henry James. Alianza Editorial.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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