La familia al completo. Henry James: Una novela escrita a doce manos

Una de las pocas frases de Henry James que circula por Internet parece hecha a su medida: “Hay tres cosas importantes en la vida: la primera, ser amable; la segunda, ser amable; y la tercera, ser amable”. Estas palabras, escritas en una carta a su sobrino Billy en 1902, las aplicaba a su propia vida con perfecta escrupulosidad; tal vez esto explique por qué, cuando en 1908 la editora Elizabeth Jordan le pidió que contribuyera con un capítulo a una novela escrita en colaboración por doce escritores, La familia al completo (The Whole Family) no solo accediera gustosamente sino que mantuviera su interés por la obra con un cuidado exquisito. Tampoco pareció importarle que los capítulos se publicaran en una revista femenina, Harper’s Bazar, que pagaba mejor que las revistas literarias, en concreto, 400 dólares.

La propuesta procedía de uno de los grandes novelistas de la editorial Harper, William Dean Howells, amigo íntimo de James al que sin embargo intentó vetar para la novela, al considerar que su estilo no se ajustaba a lo que él tenía diseñado.

Si lo vemos en perspectiva, Howell tal vez tenía razón. Él era un hombre conservador que ejercía de escritor conservador para una editorial –y una revista- conservadora. Con esto quiero decir que Harper’s Bazar tenía una gran influencia sobre la opinión pública, especialmente la femenina, y determinaba los modos y costumbres de sus muchas lectoras (y lectores). Howell había pensado reunir las principales firmas del momento para definir de un modo literario su ideal de familia.

A pesar de ser conservador, Howell no era prehistórico, y estaba de acuerdo en determinados movimientos de la época, como la educación mixta o el “matrimonio compartido” (es decir, igualdad de los sexos en la relación) más con la idea de mantener la familia tradicional unida que porque le parecieran una vía para la liberación de la mujer. Hay que pensar que en aquel momento, el divorcio parecía amenazar la descomposición de la sociedad, y estas ideas progresistas eran asumidas con cierta indulgencia por grupos conservadores precisamente para preservar la institución familiar.

Para ello, Howell había imaginado una novela en la que, partiendo de un hecho concreto, éste se viera desde todas las perspectivas dentro de una familia (de alguna manera, esta idea era más bien jamesiana). El hecho central sería la boda de la tercera hija de la familia Talbert con un joven que había conocido en un internado mixto. Howell se reservó el primer capítulo, narrado desde el punto de vista del padre –aunque en verdad lo hace un vecino que conoce al padre, en otra vuelta de tuerca jamesiana- y los otros once capítulos serían escritos desde la perspectiva de una tía solterona, la abuela, la nuera, la hermana colegiala, el yerno, el hijo casado, la hija casada, la madre, el hijo colegial, la propia Peggy y un amigo de la familia. Es decir, un disparate si tenemos en cuenta que cada capítulo, como digo, sería narrado por un escritor diferente.

La idea entusiasmó a Elizabeth Jordan, la editora de Harper, que organizó la elaboración de la novela de la peor manera posible para ella: cuando un escritor terminara su capítulo, éste se pasaría a los demás escritores, y el que viniera a continuación debía seguir la saga familiar de acuerdo con la historia trazada anteriormente. Aquello fue una equivocación, porque ningún escritor quería depender de los anteriores, y las cartas, consejos y quejas cruzadas se sucedieron durante todo el proyecto. Además, la editora quiso reunir lo más famoso de su época, que no lo más valioso, y así nos encontramos con diez escritores (la mayoría, mujeres) que a principios del siglo XX vendían mucho pero que en la actualidad han sido perfectamente olvidados. La escasa calidad de sus creaciones se plasmó en sus respectivos capítulos, y aunque hay momentos realmente espléndidos en la novela, su irregularidad y la reiteración del tema escogido hacen su lectura un tanto pesada.

No obstante, recomiendo la novela a los lectores en castellano por la excelente edición que la editorial Defausta ha tenido a bien procurarnos. Solo por el prólogo en el que se detalla con un humor exquisito todo el proceso de producción de la novela, los cambios constantes de perspectiva por parte de cada uno de los escritores, las dificultades para reconducir la idea originaria y las rencillas que terminaban por recaer sobre la editora Elizabeth Jordan, merece la pena invertir un buen rato de nuestro tiempo.

¿Y qué hacía Henry James en semejante maremágnum? Pues ser amable, una vez más, y de camino ganar una buena suma de dinero. Ni el escritor norteamericano era conservador, ni por su estilo parecía congeniar con sus colegas del oficio, ni pareció nunca muy interesado en los problemas familiares durante su carrera literaria. Elizabeth Jordan lo eligió para dar una pátina de prestigio al proyecto y James le devolvió la deferencia con un interés digno de mejores empresas.

La editora le reservó el séptimo capítulo, narrado desde la perspectiva del hijo casado, es decir, un personaje un tanto secundario plantado en mitad de la novela, y James respondió al reto siendo él mismo, como si de una obra propia se tratara. Lo malo es que anteriormente la historia había sido dinamitada desde el segundo capítulo por la escritora y más tarde feminista radical Mary Eleanor Wilkins Freeman, ocupada de la tía solterona, un papel que seguramente Howell tenía pensado para ser ejercido por una mujer de edad, sosa, quizás romántica y soñadora, como se entendía que eran las solteronas por aquel tiempo, y que Wilkins Freeman convirtió en una mujer sensual, relativamente joven, decidida a vivir sola por propia elección pero sin negarse la posibilidad de flirtear con algunos de los personajes que más adelante tendrían un capítulo, incluido el futuro prometido de su sobrina Peggy.

La novela desde ese momento se tambaleó porque se salía completamente de la idea propuesta en el primer capítulo, e hizo falta mucho trabajo y varios capítulos para que la trama retomara como buenamente pudo su pulso inicial. Pero llegó Henry James y empantanó toda la historia.

Queremos suponer que ante la diversidad de puntos de vista –que él hubiera soñado para una novela propia- no siempre congruentes entre sí, no tuvo más remedio que subirse un peldaño por encima del texto y escribir un capítulo abstracto y farragoso como solo él era capaz de hacer. Tomado como pieza suelta es una de las mejores demostraciones de digresión literaria que se puedan leer. Si los lectores hasta ese momento han creído leer un disparate, con Henry James la trama se les complica hasta niveles surrealistas.

El hijo casado (así se llama su capítulo) al que tenía que dar voz ya había sido imaginado en capítulos anteriores como un perfecto inútil, lejos de la visión práctica del padre –un rico empresario- y de su cuñado. Esta inutilidad, acaso, la identificó con su propia forma de ser, o su manera de pertenecer a su propia familia, de modo que la familia Talbert pasó a ser la Familia, con mayúscula, su padre el Padre, su madre la Madre y su hermana mayor la Hermana. Así está narrado este capítulo, al principio sin apenas nombres pero con curiosas referencias a vivenciales familiares propias que conocemos gracias a sus biógrafos.

Escrita en forma de diario, se desquita del ingenio del Padre y la actividad frenética de la Hermana para centrarse en la figura aparentemente inútil de la Madre (aquí inútil es sinónimo de dócil y apacible) para ensalzar su importancia dentro de la Familia:

Madre no sería capaz de vivir ni una hora con los demás […] sin aceptar todas sus premisas, sin hacer todas las concesiones y sin poner toda la imaginación de su parte. En cambio yo no le pido nada de eso –ya hago con su ayuda lo mismo que ella se ve obligada a hacer con los demás-, […] y madre no deja de ser consciente de ello y lo agradece a su callada manera. Que estas notas sirvan, en cualquier caso, como prueba de que no me pasa desapercibida su actitud y, para ratificarme en lo que digo, queden aquí escritas en letras tan grandes y negras como las de mustio alfabeto de mi infancia.

Esta defensa de la Madre frente a los demás miembros de la Familia es perfectamente absurda dentro de un diario si, como es el caso, se hace para salvarse uno mismo de la condición de idiota que ostenta para los demás. El discurso a favor de la Madre continúa durante páginas y páginas –el capítulo tiene el doble de extensión que los demás- hasta que James parece ser consciente de ello, y de pronto cambia completamente el texto para ceñirse a su realidad circundante, es decir, la que venía impuesta por la novela que estaba escribiendo.

Es el momento en que James comienza a dar mandobles a diestro y siniestro, no dejando títere con cabeza, abriendo nuevas vías de la trama, ramificaciones que se bifurcan en otras ramificaciones que no llevan a nada especialmente interesante. En esa época, el estilo oral de James es característico de su obra, y aquí lo es más que nunca. Como si estuviera dictando ante una mecanógrafa –que era realmente lo que estaba haciendo en su casa de Rye- habla y habla, amontona una opinión sobre otra, se desvía, vuelve cuando menos se le espera y, en definitiva, termina convirtiendo el capítulo en una especie de arena movediza donde naufragarán las siguientes escritoras que continúan la novela.

Diremos que ésta, al final, retoma a duras penas la idea para la que fue concebida gracias al buen oficio de un par de escritores que pusieron las cosas más o menos en su sitio. Si lo que se buscaba era crear una cierta opinión –femenina- respecto al ideal de familia, desde luego con esta novela no se consiguió. No obstante tiene su encanto esta rareza narrativa en la que se puede comprobar mejor que nunca, como bien sabemos ahora con la perspectiva que da el tiempo, que Henry James fue un elefante en la cacharrería literaria que le tocó vivir.

La familia al completo, una novela a doce manos. Editorial Defausta.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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