La metamorfosis

Cuando, una mañana, Antonio Muñoz Molina se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama convertido en otro escritor. Miró a su alrededor y no encontró nada, hasta que por fin comenzó a escuchar los ruidos inmisericordes de aquella ciudad donde las sirenas no parecían descansar, no como aquella otra fatigada bajo el frío de las majestuosas montañas que la presiden, donde alguna vez fue un discreto oficinista que imaginaba otra ciudad sin porvenir que ya existía, con la estatua de un general acribillado a balazos y los campos de olivares que se perdían en la lejanía hasta la sierra, en la que había vivido un oscuro escritor de la generación del 27 que relataba su propia búsqueda a través de un joven de nombre extravagante, Minaya, que más tarde se convertiría en Manuel, un hombre que ama de manera vehemente en la habitación de un hotel a su amante Nadia mientras busca sus huellas en esa ciudad donde ahora ha regresado en sus sueños, de nuevo transformado en Antonio, el adolescente de trece años que deseaba escribir como Julio Verne mientras miraba en la pantalla en blanco y negro los pasos de un astronauta que coloca una bandera de metal imitando las dobladuras del viento sobre la tela, pero en la Luna no hay viento, como no lo hay en los sueños ni en la vida, donde las huellas permanecen intactas hasta que la muerte se las lleva.Quién puede saber lo que durará su vida, quién puede olvidar los pasos en sus huellas, aquellos pasos que lo llevaban como un robinsón por los callejones de su ciudad fría en pos de su amigo Apolodoro, el cabalístico escritor de la inagotable Enciclopedia de la Desolación, sintiéndose inquieto y extraño en las profundidades provincianas como el capitán Nemo a bordo de su Nautilus, escapando de la estrechura intelectual de unos cuantos igual que Santiago Biralbo escapa en el vagón de un tren que lo aleja de Lisboa del mundo negro y espeso del jazz y el alcohol para encontrarse sin remisión en otra historia truculenta, esas historias que al principio le gustaban, cuando un posible traidor podía ir a Madrid a matar a un hombre a quien no había visto nunca. Cuántas vidas puede haber en una vida, cuántos hombres en un hombre, el que escribe sobre la ciudad de su infancia inventándolo casi todo, como hacía Onetti con Santa María, en un mundo de falsas apariencias y dobles espejos como el de Borges, la vida de Jacinto Solana y su adorada Mariana tan paralela a la de Minaya e Inés, o ese otro hombre que no puede dejar de escribir sobre su antigua ciudad pero que también escribe sobre otra nueva, la que será su ciudad en el futuro, como esas profecías que se dan en algunos sueños, junto a Nadia Galaz, la amante que se convertirá en compañera pocos años después en la realidad, recreando la historia de sus antepasados, que es la de su propia familia y la de nadie a la vez, según esa poética que entonces mantenía, la de escribir historias en las que la verdad pareciera mentira y la mentira pareciera verdad.

Pero a veces los sueños no se cumplen, hay algo que se cruza en el camino de la realidad, acaso un libro de Tobias Wolf que le enseña que su misma vida puede ser tan fantástica como la de Otto Liddenbrock, el profesor que se adentra en el centro de la Tierra en un viaje iniciático tan estrictamente relatado como esa otra aventura inverosímil que es la mili, tan disparatado como son los primeros meses de un joven estudiante de provincias en un Madrid que se organiza para matar a un viejo dictador o ese largo viaje de los que nunca llegan a su destino, desde la diáspora de milenios a las alambradas de un campo de concentración cuyas fronteras asfixian más allá de sus límites.

Se ha despertado en la habitación de su casa en Madrid y ha escrito en su diario: “No parece que haya más historia que la mía ni más personaje que yo mismo”, y acaso añora inventar una novela como aquella otra en que la Luna estaba presente también en el título y una persona buscaba de nuevo, no en una casa abandonada de la estación de Atocha sino en la mirada de otra, las huellas de un crimen espantoso en esa ciudad natal de la que aún no ha regresado del todo bajo los efectos del sueño, mientras se mira en el espejo de su cuarto y bajo los cabellos cada vez más grises busca de nuevo una novela que es como esa primera novela que escribió un modesto funcionario de cara redonda y pueblerina, en la que se recorren las mismas personas y los mismos recuerdos, pero en la que ya aparecen los nombres de verdad, Francisco y Antonia, Manuel y Leonor, sus padres, sus abuelos, sus vecinos, como aquel ciego, Domingo González, que ha transitado con su presencia fantasmagórica junto a él las tres novelas que son una pero son a la vez tan distintas, un sueño convertido en una realidad casi onírica, un hombre convertido en otro hombre que no quiere olvidar esas mismas calles que yo he recorrido también a lo largo de los años cuando era otro y apenas sin recuerdos tenía la vida por delante.

El viento de la Luna. Antonio Muñoz Molina. Seix Barral, 2006

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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