El lugar. Mario Levrero: Las fronteras de la literatura

El caso de Mario Levrero representa el ejemplo más paradigmático de escritor “raro” dentro de la ya de por sí rara literatura uruguaya. Autor excéntrico, ecléctico, inesperado, unía a su afán por transitar libremente por las fronteras de la literatura el hecho de ser un narrador casi secreto. El tópico del escritor que escribe para sí mismo –que la inmensa mayoría de las veces es una pose de quien no es capaz de llegar al gran público- en su caso se cumplía con una disciplina monacal. Cuando a principios de este siglo comenzó a publicarse en España y a ser reconocido como una especie de genio, después de veinte obras inclasificables y treinta años de escritura febril, posiblemente se sintió incómodo y se murió: Levrero terminó siendo un personaje de Levrero.

Su obra comenzó de forma tan abrupta y sorprendente como después resultaría ser su carrera: con 26 años, después de leer El castillo de Kafka, decidió escribir su propia historia kafkiana y le salió de un tirón La ciudad, novela en la que si bien el punto de partida parodia al escritor checo, después se desarrolla con una tenacidad onírica que lo aleja de cualquier modelo conocido. Luego le seguiría El lugar, ahondando en las huellas de su obra anterior, y esta etapa “metafísica” finalizaría con París, obra que a pesar de su título más concreto, nos lleva a una ciudad delirante donde los taxistas son cadáveres con telarañas. Como él mismo confesó “toneladas de novelas policiales” lo llevaron más tarde a transitar por una literatura negra muy sui generis, influida también por su reconocido interés por la parapsicología.

Si hemos escogido El lugar (1982), la segunda de las novelas citadas, para adentrarnos en el particular mundo de Mario Levrero es porque entendemos que en esta obra se concentra su singular estilo, más cercano a las imágenes que a las palabras, y porque también aborda, como tal vez no volviera a hacerlo, la realidad de una forma en que la percepción de los sentidos y los niveles de conciencia se entremezclan de modo que los hechos alcanzan una estricta dimensión espiritual.

Mario Levrero

Resulta cuando menos insolente hacer alusión a la trama de la novela teniendo en cuenta las propias palabras de Mario Levrero, cuando aludía a “una especie de tácita ley española” impedir que los lectores descubrieran por sí mismos qué es lo que se siente ante determinados pasajes o ver por sí mismos cómo evoluciona la historia. No en vano, un escritor con tantos recursos como Antonio Muñoz Molina, en su prólogo de 1999 a La ciudad, se veía incapaz de presentarla más que por aproximaciones:

Como en las fábulas de Kafka, en La ciudad apenas hay asideros espaciales o temporales que delimiten la historia, y su narrador, su dudoso protagonista, que no tiene nombre, se mueve por una geografía despojada de ellos, de modo que es una sorpresa, u casi una revelación, que muy cerca del final se aluda a un punto de destino localizable en los mapas: Montevideo.

Si en La ciudad apenas había puntos de referencia, en El lugar la vida es un desplazamiento interior, ajeno, una otredad, si me permiten el palabro, puesto que no encuentro otra manera de definir la experiencia inconsciente del protagonista. Podemos decir, eso sí, que la obra comienza en el momento en que un hombre se despierta en una habitación vacía, sin saber cómo ha llegado allí. Solo una puerta parece permitir alcanzar el mundo exterior, pero para su perplejidad –y la novela comienza con una perplejidad que poco a poco se irá desvaneciendo- esa puerta da a otra habitación exactamente igual con otra puerta al fondo. Pasando de habitación en habitación, se va desplegando ante el lector un mundo que no podríamos calificar ni de irreal ni de fantástico, porque desborda la limitación de los géneros. Encontrará familias que viven o trabajan en habitaciones, que se expresan en una lengua desconocida, que se extrañan del paso del protagonista por su miserable estancia o lo acogen con cariño. Cada puerta que abra el protagonista dará a una nueva sorprendente situación, tanto para él como para el lector.

Hay una subversión de la realidad urdida con un carácter tenebroso que recuerda a los cuadros de Giorgio de Chirico: nada de lo que se cuenta es ajeno a la vida (los personajes comen, duermen, ven la televisión), ni siquiera podríamos hablar de un mundo onírico (todo mantiene una lógica estricta): es la propia situación del personaje la que carece de sentido. Y en ese “vacío” en el que se halla es donde aparecen dos elementos inesperados: el humor grotesco y la incómoda percepción de que en lo anómalo también hay reglas; por ejemplo, cuando se cierra una puerta, ya no puede volverse a abrir. Otro ejemplo: para que aparezca comida sobre la mesa, hay que estar dormido. La existencia –esa extraña existencia que nos impone la novela- obedece, por tanto, a unas normas inalterables, pero estas normas tienen su lógica propia, que puede carecer de sentido para el protagonista y para el lector, pero que –entendemos- lo es más por ignorancia de éstos que por anormalidad.

Si me he permitido la libertad de “desvelar” un tanto el principio de la historia, en contra de la voluntad del propio autor, ha sido para defenderlo precisamente de sus críticos y hacerle justicia: quien piense que las novelas de Levrero reflejan de alguna manera el mundo de Kafka, estarán equivocados. Afortunadamente, Kafka solo se parece a sí mismo como Levrero es único y singular. Andar con aproximaciones o comparaciones es el peor favor que se le puede hacer a un escritor que encontró un lenguaje propio, un mundo personal y un estilo rico y, si se quiere, extravagante, cuya repercusión pública, por desgracia, no estuvo a la altura de los méritos del escritor. No es que Mario Levrero muriera pronto; es que nació tarde.

El lugar. Mario Levrero. Debolsillo.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos.

Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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