Mis amigos. Emmanuel Bove: La tragedia de un hombre ridículo

Hay obras literarias que se sostienen como catedrales y hay otras que producen el efecto de coquetos hotelitos donde preservar la intimidad de los personajes. En 1924, el francés Emmanuel Bove revienta las sólidas estructuras narrativas con una pequeña joya, Mis amigos (Mes amis), una de esas novelas que, dentro de su discreción, estaba llamada a perdurar como el antecedente más claro de la literatura existencialista.

A pesar de ser apenas conocido fuera de Francia, Emmanuel Bove tuvo una influencia decisiva en la narrativa posterior de su país. Sus textos parecían no tener demasiadas pretensiones; su estilo era seco, áspero; sus frases, cortantes. Un marcado tono confesional parecía transmitir cierto descuido, como si aquellas breves páginas que daba a la imprenta hubieran sido escritas en sus ratos libres, a salto de mata.

Sus temas tampoco parecían indicar excesiva trascendencia: un hombre habla de su amor idealizado por una mujer frívola e histérica que lo lleva hacia el abismo; otro hombre hace un somero repaso de sus amigos. Los títulos también son insultantemente sencillos: El amor de Pedro Neuhart o Mis amigos. Nada parece indicar que detrás de esos títulos haya todo un compendio del drama de la existencia humana.

Emmanuel Bove realiza un estudio de los dos aspectos capitales de la tragedia a la que puede llevarnos el exceso de sentimentalismo. Sus personajes se exponen a las sorpresas más dolorosas, víctimas de sus propios excesos. La exuberancia sentimental es un lastre que nos dificulta el camino del éxito. Los escrúpulos de la conciencia ceden muchas veces ante los argumentos de la razón, pero los errores de la sensibilidad son irreparables: amar desesperadamente sin ver lo que se ama es inclinarse sobre la hondura del egoísmo.

Victor Bâton, el protagonista absoluto de Mis amigos, es un herido de la Gran Guerra que vive solo en una mísera habitación. No tiene a nadie, no conoce a nadie. Piensa solo en su deseo de amar y ser amado. Sobrevive con una escasa pensión que apenas le da para comer en un mísero restaurante y comprarse unos cigarrillos, pero no busca ocupación, ni se le pasa por la cabeza trabajar. No es un vago, sino un vagabundo de la vida, un paseante de los barrios bajos que va a los barrios ricos a oler el perfume de las damas elegantes y a buscar amigos desesperadamente.

Su único capital humano es su desmesurado deseo de amistad. Está vacío como solo pueden estarlo los seres que están muy solos. Esa sensación de vacío es lo primero que se transmite en esos apuntes personales que forman la novela: pronto comprendemos que el título, Mis amigos, no es tan sencillo como parece, sino más bien un epígrafe rimbombante y exagerado. Cada capítulo del texto se refiere a un amigo o una amiga, sin ninguna conexión entre ellos, una especie de catálogo de nombre desdibujados por la niebla de su ternurismo.

Apenas les duran nada porque los medios que utiliza para ganarse su confianza son tan ridículos como su propia existencia: unos cuantos francos, unos cigarrillos, su obstinada presencia que trata de convencer a los demás de su inconsistente amor. Un día, por ejemplo, conoce a un marinero que está a punto de suicidarse sobre el pretil de un puente de París. Qué mejor forma de mostrarle su amistad que librarlo de la muerte. Con sinceras palabras lo convence, y también con una cena en un restaurante, con el humo del tabaco compartido, con la visita a un prostíbulo donde el pobre Victor Bâton invita a su reciente amigo a meterse en el lecho de una sórdida prostituta, completamente borracho. Así es la vida, se dirá Victor: cualquier distracción es buena para no pensar en morir. Nunca volverá a ver al marinero suicida y su amistad será solo una cuestión de horas, pero se siente satisfecho de haber hecho un amigo, siquiera sea durante un rato.

Lo trágico de su destino no resulta de la desproporción entre sus sueños y la realidad, como sucede vulgarmente, sino de su total impotencia para adaptar su sensibilidad excesiva y demasiado exigente a los egoísmos normales de la sociedad. En su sinceridad sin restricciones hay una clarividencia elemental del ser humano: cuando se comprueba que los demás no son más que individuos vanidosos que van a lo suyo, se sufre profundamente. Cada amigo que conoce es un paso más hacia la decepción, ¿pero de quién es la culpa?

Victor Bâton es una víctima de sí mismo, del desconocimiento del combate de la vida, de esa obstinación por priorizar los sentimientos sobre la razón. Ya en 1924, Emmanuel Bove descubre para la literatura un personaje que desde entonces se hará omnipresente en la novela: el tipo que vive inmerso en el desequilibrio individual por no entender el desorden social. Este personaje piensa que es un incomprendido cuando es él el que no comprende cómo ha de moverse entre el cotejo de egoísmos y la pugna cortés de vanidades que es la sociedad. Victor Bâton, como los demás personajes de Bove, es el animal que se lame sus propias heridas, el victimista que rechaza el mundo porque el mundo lo rechaza, el que cree hacer el bien y no encuentra más que desagradecimiento. Emmanuel Bove estaba presentándonos al hombre moderno, al hombre de las ciudades, al individuo desestructurado que en simples frases cortas y desnudas podía resumir toda su vida.

Mis amigos. Emmanuel Bove. Pre-Textos

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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