El pozo. Juan Carlos Onetti: La fulminante división de la existencia

En 1939, en la literatura uruguaya seguía prevaleciendo la narración de la ya anacrónica vida del gaucho y en general un costumbrismo rural, que si bien tenía unas características propias, no se alejaba mucho de esa corriente narrativa hispanoamericana llamada indigenismo. Ese año, un joven periodista llamado Juan Carlos Onetti escribe una novela absolutamente diferente a lo que se había publicado hasta entonces. El pozo no es su obra más conocida, eclipsada por su brillante carrera posterior, pero reviste una importancia fundamental dentro de la literatura hispanoamericana, y acaso, de las letras en lengua castellana.

Un año antes se había publicado La náusea de Jean Paul Sartre y aún faltaban tres para que Camus diera a la luz El extranjero. En aquel momento no se podía hablar aún de una literatura existencialista, y menos aún de una escritura del yo. Onetti, desde su modesto rincón montevideano, decide imponer una voz personal, una visión del mundo absolutamente moderna, y romper con la tradición costumbrista de la lengua castellana, incidiendo en la narración de la vida humana en lo que tiene de existencia. El suyo es un estilo subjetivo, angustioso, encerrado en sí mismo, plagado de demonios y tortuosos planos de realidad.

Onetti fue, ante todo, un escritor honrado, un narrador que decidió vivir al margen de las modas, un individualista rabioso. A finales de los años treinta, en la redacción del semanario Marcha, era una especie de anarquista rebelde que ironizaba sobre ese mundo exterior que le parecía completamente ajeno a él, y en artículos que pronto llevaba el olvido dirigía su particular poética contra todo lo establecido:

Que cada uno busque dentro de sí mismo, que es el único lugar donde puede encontrarse la verdad y todo ese montón de cosas cuya persecución, fracasada siempre, produce la obra de arte. Fuera de nosotros no hay nada, nadie. La literatura es un oficio; es necesario aprenderlo, pero más aún es necesario crearlo.

El pozo se publicó en diciembre de 1939, en una tirada de 500 ejemplares que tardó veinte años en agotarse. En esta breve novela había vertido su verdad personal de un modo salvaje. Como decíamos, no hay ninguna obra anterior en la literatura castellana que pueda compararse a ésta y, a pesar de su carácter fundacional, mantiene su vigencia hasta nuestros días: podría haberse publicado ayer.

Juan Carlos Onetti, en la época que publicó El pozo

La propia estructura de la obra tiene algo de abrupto, de sobrevenido: la novela comienza en un lugar innominado, donde un hombre, Eladio Linacero, pasea por su cuarto y se le ocurre de golpe que lo ve por primera vez; es una percepción súbita, instantánea, inaugural: introduce el mínimo elemento escénico que, sin embargo, será una constante en toda la novela.

El otro elemento fundamental es el propio personaje, pero no como referencia dentro del mundo exterior (como había ocurrido hasta entonces en las novelas, por ejemplo, de John Dos Passos o Alfred Döblin) sino como una conciencia subjetiva que se mira hacia adentro. Precisamente, la deficiencia de los objetos opera dentro de la novela con una relevancia significativa. Eladio Linacero es un hombre sin atributos externos, sin nada que lo localice; está desarraigado. Sin embargo, no aparece al principio como una conciencia o una mente autopensante, sino que Onetti lo exhibe de la manera más cruda posible: en conexión con su propio cuerpo

Me paseaba con medio cuerpo desnudo, aburrido de estar tirado desde mediodía, soplando el maldito calor que junta el techo y que ahora, siempre, en las tardes, derrama dentro de la pieza. Caminaba con las manos atrás, oyendo golpear las zapatillas en las baldosas, oliéndome alternativamente cada una de las axilas. Movía la cabeza de un lado a otro, aspirando, y esto me hacía crecer, yo lo sentí, una mueca de asco en la cara. La barbilla, sin afeitar, me rozaba los hombros.

Onetti sabe que trasmitir la experiencia de un hombre como carne, desde el primer párrafo, dotará a la novela de un carácter denso y obsesivo, espeso y opaco. Después el texto vira hacia una visión evocadora pero no por ello menos áspera. En narrativa, los recuerdos tienen generalmente un rasgo sentimental, sea dulcificado o maléfico, pero en este caso, los episodios que rememora Eladio Linacero en su encierro son tan crudos como el olor de su cuerpo.

En este caso, la subjetividad no se ampara en la interpretación de los recuerdos, sino en la mera existencia de ellos, es decir, que aquello que cuenta describe al personaje más que si hablara de sí mismo, de sus pensamientos o sus opiniones. Aquí hay otra novedad que introduce Onetti y que lo emparenta con su admirado William Faulkner. Cuando termine la novela apenas sabremos de Eladio, pero es tal la acumulación de episodios escabrosos, que entendemos su huida del mundo, incluso su huida de sí mismo.

En lo fragmentario de la obra también hay una forma de relatar que utiliza sabiamente Onetti. Los 18 fragmentos con que se presenta la novela, sin numeración y tan solo separados por espacios en blanco, vienen a incluir el caos, la superposición de elementos e imágenes proyectadas sin un hilo conductor aparente. Los tiempos se encabalgan unos sobre otros, la linealidad del relato roza lo incongruente. También lo parece la posición del personaje narrador ante los hechos narrados: pasa de la indiferencia a la indignación, de la neutralidad en la descripción de los detalles a la desagradable exposición de los actos, sin un ápice de autocompasión, sin caer en lo patético, casi levantando acta de un mundo que no es bello y que él no está dispuesto a embellecer con sus palabras.

Quizás este hecho pasó desapercibido en su momento: El pozo es una novela directa, escrita con un estilo aparentemente desabrido, sin evidente estructura narrativa. Onetti estaba inventando una forma de expresar la desorientación del hombre moderno que después ha sido utilizada hasta la saciedad, pero en lugar de acumular palabras, en lugar de justificar al personaje continuamente con una retórica vacía y aburrida, opta por un estilo que muestre ese desarraigo, por poco literario que parezca.

Sabemos que Onetti fue un maestro de las estructuras narrativas, que muchas de sus mejores novelas son obras maestras no por lo que cuentan, sino por cómo lo cuenta el escritor. En este sentido, Onetti forma parte de ese exclusivo grupo de autores hispanoamericanos para los que la forma fue –o es- tan importante como el fondo. En ese sentido, El pozo es una novela fiel a sí misma, a la imagen que quiere dar, al mensaje que desea transmitir. La voluntad literaria de Onetti estaba por encima de sus propias historias, y en este caso, su forma de exponerla estuvo a la altura del miserable material con el que trabajaba.

El pozo. Juan Carlos Onetti. Punto de lectura.

 

Reseñas sobre literatura hispanoamericana en Cicutadry:

 

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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