El difunto Matías Pascal. Luigi Pirandello

016.b.El difunto Matías Pascal

Para algunos escritores, la literatura es una parte de la filosofía. Así le sucedió a Luigi Pirandello (1867-1936) cuya obra es una reflexión sobre el ser y la apariencia del ser, sobre la libertad y sus peligros. Para Pirandello, el hombre está sujeto a su propia identidad, de la que no puede escapar, y si lo intenta, sucumbirá ante su propia máscara.

Parte de ese pensamiento que podríamos entender como pesimista lo vertió en una novela memorable, El difunto Matías Pascal (1904), y aunque hayamos hablado de pesimismo, hay que advertir desde el principio que Pirandello nunca abandonó la idea de representar las tragedias personales a través de un fino humor, que otorga un rasgo propio a su concepción literaria.

No es por ello extraño que la novela se presente con un primer capítulo llamado Premisa, y que el siguiente capítulo se denomine Premisa Segunda (filosófica) a manera de excusa. Pirandello parece querer dejar claro que la historia de ficción que se narrará a continuación, si bien puede resultar un tanto inverosímil, corresponde a la vida de un hombre que, teniendo la oportunidad, hace lo que cualquier persona corriente puede decidir en un momento dado de su vida: intentar traspasar los límites de su libertad.

La premisa de la que se parte es atractiva y extraordinaria: un hombre llamado Mattia Pascal deja un manuscrito a un bibliotecario para que sea abierto cuando pasen cincuenta años de su “tercera, última y definitiva muerte”. Ese manuscrito será la historia que el lector tiene en sus manos.

Aunque pueda resultar poco creíble, Mattia Pascal va a demostrar que él murió dos veces, y que se equivocó en una de esas muertes. Las noticias que den sobre él -reconoce- no le honrarán mucho, pero él se encuentra en unas circunstancias tan excepcionales que se considera fuera de la vida, y por tanto, sin obligaciones ni escrúpulos de ninguna clase.

Así se presenta este personaje que hará de la máscara una forma de vida, o de muerte, según se vea, y como nada le importa ya, lo que cuente va a contener la suficiente ironía como para demostrar lo ridículo que puede resultar un hombre que se toma demasiado a pecho la vida.

Detenerse en el argumento de esta sorprendente novela sería un sacrilegio. No obstante, sepa el lector que Mattia Pascal no es más que un pobre hombre con una modesta vida que se ve envuelto en una serie de peripecias sentimentales que terminan con el matrimonio con una mujer que no le gusta demasiado, con la que tendrá un hijo, y sometido a una suegra que podríamos denominar la suegra de todas las suegras.

No se le ofrece un hermoso panorama para su vida, pero un hecho casual hará Mattia Pascal muera por primera vez ante los ojos del mundo. De forma inaudita, se encuentra con una libertad absoluta, con la posibilidad de crearse una nueva vida de la nada, la vida que él quiera, hasta el punto de que inventará su propio nombre, Adriano Meis. ¿Se guiará por el mundo como tal, o seguirá siendo inevitablemente Mattia Pascal?

A continuación lo vemos en el casino de Montecarlo, haciendo una fortuna con la ruleta. Un nuevo nombre y mucha cantidad de dinero: parece la perfecta combinación para emprender libremente de nuevo la existencia. ¿Pero es que Adriano Meis existe realmente?

Para que el debate entre la apariencia y la realidad sea más reñido, Adriano Meis termina viviendo como alquilado en una casa cuyo dueño es un cochambroso espiritista, acompañado por su hija, una muchacha enigmática que expresa sus sentimientos a través de detalles ínfimos, un yerno que dice ser quien no es, el hermano de éste, que es un pobre loco que permanece tirado en cualquier rincón de la casa, y otra huésped, una señorita fea, desgraciada y melancólica, que habita en otra realidad mucho más edulcorada de la que le ha tocado vivir.

Tanto la primera parte de la novela, protagonizada por Mattia Pascal, como la segunda que narra Adriano Meis, es todo un ejercicio de lucidez irónica, de lógica mordaz, que no dejará títere con cabeza. Las reflexiones que hace el narrador protagonista respecto a los hechos que le están acaeciendo son de un jugo humorístico apabullante, y a la vez, de una certera profundidad. Estudiada detenidamente la trama, lo cierto es que no da para mucho, pero es la mirada del narrador, su socarrona forma de entender las cosas, lo que imprime un carácter asombroso a cada episodio de su vida. Adriano Meis es tan libre, que no puede hacer prácticamente nada sino observar las caprichosas formas que tiene la humanidad de amargarse la vida, incluyéndose él mismo.

Encadenado a una irrealidad que le ahoga, indignado por el poco interés de las tonterías humanas, Adriano Meis, finalmente atacado por el odio a sus semejantes, y en particular, a los que mataron a Mattia Pascal con su indiferencia, decide volver a morir en un sobresalto de alegría, en un ímpetu de locura que lo arrastra a sus orígenes, al lugar donde se encuentra enterrado, al escenario donde hasta entonces era el difunto Mattia Pascal.

La propia identidad, los intereses personales, la necesidad de la apariencia, las estrictas reglas de la sociedad y el inconfesado autoengaño son la base donde se sustenta esta extraordinaria novela, que hace con la crisis del ego un espléndido juego de manos.

El difunto Matías Pascal. Luigi Pirandello. Cátedra

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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