Sab. Gertrudis Gómez de Avellaneda: Tiempos de esclavitud

Durante el siglo XIX, en América se produjo un fenómeno literario del que apenas queda memoria en el continente europeo: la novela abolicionista. Acaso, el ejemplo más reconocible de este tipo de obras lo constituya La cabaña del tío Tom, de la escritora Harriet Beecher Stowe; sin embargo, este libro se publicó en 1852, once años después de que en Madrid saliera a la luz Sab, de la cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda.

No ha de extrañarnos que dos mujeres defendieran la abolición de la esclavitud a través de sus obras: por aquel entonces, este tema poseía un halo de romanticismo muy diferente a lo que podemos entender hoy. Si en la novela de la norteamericana se defendía la tesis de que la esclavitud representaba la inmoralidad cristiana, en el libro de la Avellaneda se aboga por la igualdad de las personas como criaturas todas ellas creadas de Dios, aunque sea injusto simplificar hasta este punto las virtudes de la escritora cubana.

Gertrudis Gómez de Avellaneda fue una mujer muy independiente para su tiempo. Tuvo una educación ilustrada, conoció Europa –vivió durante varios años en Sevilla- y destacó pronto por su rebelde personalidad que encubría un corazón apasionado. Su epistolario muestra una vida repleta de azarosas circunstancias personales, movida siempre por fervientes sentimientos. Este carácter lo volcó en sus obras, más románticas por el temperamento de la escritora que por el hecho de pertenecer al movimiento literario en boga en aquella época.

Sab fue su primera novela y tal vez la única memorable. Que el protagonista fuera un esclavo dice mucho de las inquietudes de la autora; de hecho, la obra fue censurada en Cuba, en España solo fue conocida en círculos muy reducidos y la propia Gertrudis la eliminó de sus obras completas editadas pocos años antes de morir –no por falta de calidad sino por miedo a ver prohibida la publicación de toda su producción literaria.

Gertrudis Gómez de Avellaneda. Retrato de Federico Madrazo, 1857

Las virtudes de la novela no acaban con su defensa de la libertad de los esclavos; si cabe, la obra ahonda más aún en la miserable situación en la que se encontraban las mujeres de su tiempo. No nos atrevemos a calificar el texto de feminista, simplismo que no le haría justicia. Podríamos hablar, más bien, de una denuncia de la posición de las mujeres en la sociedad.

No obstante, tampoco se espere el lector una obra reivindicativa en este aspecto. Sab es una novela de amor en toda la regla, dentro de un marco de desigualdad social y cultural. Hay que leerla dentro de ese contexto social para comprender realmente su alcance y su valentía. Para ello, Avellaneda se sirvió de personajes de fuerte carácter aunque sin apenas matices, que caen en ocasiones en el estereotipo.

El protagonista, Sab, es un esclavo mulato enamorado de la compañera de juegos de su niñez, la bella Carlota, hija de su propietario. Este sentimiento debe sobrentenderse como un amor imposible desde el primer momento, pues este tipo de relaciones entre ama y esclavo era inconcebible. Además, Carlota se halla enamorada de Enrique Otway, un codicioso joven de origen inglés que busca en ella la fortuna que más tarde se descubrirá que no tiene. El cuarteto de personajes principales lo completa la que tal vez sea el más atractivo narrativamente hablando: Teresa. Ella, al igual que Sab, es una huérfana acogida por el padre de Carlota, pero es de raza blanca y su permanencia en la casa tiene el objeto de entretener a la muchacha, es decir, lo que siempre hemos entendido como una pariente pobre, pero esta vez sin mediar razón de parentesco.

Decimos que es el personaje más atractivo porque como mujer rompe los cánones de la época. No es que sea independiente (lejos está de ello) sino que es una mente consciente de la realidad que la rodea, aunque desafortunadamente la Avellaneda la reviste de una sequedad de carácter y un tono amargado propio de quien entiende que se ha quedado en la vida para vestir santos y no tiene otra cosa que hacer que pensar.

Naturalmente, la autora, poco sutil, contrasta las personalidades de las dos mujeres para que el drama avance. Carlota exclusivamente sueña con su príncipe azul, y en ese estado de inconsciencia, no comprende que atrae a los hombres por su dinero. Teresa se encuentra en el polo opuesto, ve la vida como un espectáculo que se desenvuelve ante sus ojos porque no puede participar en él, y descubre el pastel que se oculta en la relación entre su amiga y el interesado pretendiente. Lo que complica la cosa es que Teresa también se ha enamorado de Enrique Otway, entendemos que por su apostura aunque tampoco queda muy claro, siendo, como es ella, una mujer inteligente.

Como se puede comprobar, se trata de un argumento propio de las telenovelas, aunque muy anterior a éstas, lo que le confiere su cierto mérito. Tampoco podemos olvidar la época en que fue escrita la novela y que la trama, en realidad, es la excusa para exponer las ideas de la escritora acerca de las mujeres y la esclavitud; e incluso diría más: la Avellaneda también vertió su experiencia sobre el amor, que en su caso fue especialmente desdichada y no se alejaba mucho de los engaños y frustraciones sufridos por su protagonista Carlota.

Leída en este aspecto, como novela de tesis, y dada la época de su elaboración, la novela tiene desde luego méritos sobrados para ser recordada. La tosca construcción narrativa ve pronto superada su pobreza por el interés que despiertan las peripecias del esforzado esclavo para lograr el amor imposible de su ama sin que ésta se entere de sus pretensiones. En este sentido, numerosos estudios que he tenido la oportunidad de leer defienden que la autora  “blanquea” a propósito el alma del mulato para que su relato resulte veraz. Afortunadamente la escritora no llegó a leer tal teoría, que desmontaría su defensa del abolicionismo basada en que la diferencia entre los seres humanos no se basa en el color de su piel.

Ya en el colmo del atrevimiento, la autora lleva la historia a una situación tal que se insinúa (pero sólo se insinúa) que nace un sentimiento amoroso entre Teresa y el esclavo Sab, quizás porque se encuentran hermanados por su particular postergación y, al fin y al cabo, son dos almas libres en un mundo esclavizado por los prejuicios sociales. Esta relación, como decíamos, era inadmisible en aquel tiempo, lo que dice poco de la idea sobre la humanidad que se vivía por aquel entonces y que solo leyendo obras como ésta podemos imaginar.

El romanticismo de la novela se ve enmarcado en escenarios naturales del campo cubano –la mayor parte de la historia se desarrolla en un ingenio azucarero-, si bien la autora no cae en excesos descriptivos. Esta circunstancia, junto a otras que hemos comentado más arriba, le da un carácter autóctono a la novela, casi imposible de encontrar en la narrativa europea (existe un precedente, La historia de Mary Prince, novela autobiográfica de una antigua esclava india del mismo nombre pero de escaso interés literario).

Las dificultades que encuentran los personajes de Sab estriban precisamente en la condición de esclavo del protagonista y la condición de mujer en un país eminentemente comercial con un absoluto poder masculino. Si bien en Europa la situación de las mujeres no era muy distinta en el fondo, su papel pasivo en Cuba residía particularmente en ser moneda de cambio entre terratenientes y comerciantes, que casaban a sus hijas por estrictos intereses económicos, como si fueran un elemento más del activo de sus negocios. Este indigno papel tan semejante a la esclavitud, y la obligada ignorancia en la que sumían a las muchachas para aceptarlo, es lo que denuncia esta valiente e imprescindible novela.

Sab. Gertrudis Gómez de Avellaneda. Ediciones Cátedra.

Reseñas sobre literatura hispanoamericana en Cicutadry:

 

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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