Biografía insólita de Jorge Luis Borges. Capítulo 8: La herencia cosmopolita

Biografia de Jorge Luis Borges. Reseña de Cicutadry

Aunque la habitación está caldeada, nota la refrialdad del ambiente exterior. Para sus ojos el blanco está vedado, pero aun así busca inútilmente en la claridad de la ventana algún rastro de nieve. A su lado, Bernés se lo confirma: está nevando. Borges imagina que esa nieve que ahora cae sobre Ginebra es la misma que 72 años antes vio caer por primera vez en su vida: las cosas se repiten, los acontecimientos presentan una simetría que nosotros queremos atribuir al azar. Él nunca pensó que moriría en Ginebra aunque no le disgusta la idea; la muerte lo unifica todo, e igual que una de sus patrias es Buenos Aires y otra Austin, o Montevideo, Ginebra ha guardado desde su juventud dentro de él una nostalgia propensa a la felicidad.

El azar lo llevó a conocer y a vivir en Suiza. Recuerda el día que sus padres reunieron a su hermana Norah y a él en el despacho de su casa de Palermo para decirles que habían decidido viajar a Europa con toda la familia. La razón era que en Ginebra había un famoso oftalmólogo que mejoraría la vista de su padre. Cerca de cumplir los cuarenta años, Jorge Guillermo Borges se había convertido en un hombre apesadumbrado. Había tenido que renunciar casi por completo a su pasión, la lectura, y reconocía que ya era incapaz de leer los documentos que tenía que firmar como abogado.

Su abuelo Edward Young Haslam había sufrido una operación en la vista según daba cuenta el diario, The Lancet, cuyo recorte aún guardaban en la casa. Su madre, Frances, también padecía del mismo mal y lo que más temía Jorge Guillermo es que su hijo Georgie hubiera heredado la ceguera de su rama familiar.

Pero su destino no era Ginebra, o cree que no era Ginebra, porque su padre nunca les confesó las razones últimas del viaje. Por un prurito de cariñosa discreción, para evitar hablar de su padre, una persona que hubiera querido ser invisible, ese hombre público que era el Borges del que todos querían saber había dicho que su padre planeó el viaje a Europa exactamente en 10 días, aunque él bien sabía que era una piadosa falsedad para evitar respuestas incómodas. En realidad, su padre había pedido licencia sin goce de sueldo en el Instituto de Lenguas Vivas donde impartía clases sobre la psicología de William James, presentó un retiro anticipado en el juzgado y puso en alquiler la casa familiar de Palermo para un largo plazo.

De alguna forma, su padre Jorge Guillermo estaba emparentando el destino de su hijo Jorge Luis al destino de William y Henry James, cuya educación europea había sido promovida por su padre en varios viajes al Viejo Continente. El Nueva York de mediados del siglo XIX no era muy diferente al Buenos Aires de principios del siglo XX: ambas eran ciudades en evidente auge de crecimiento pero también eran aún ciudades provincianas, sumidas en un pasado que les costaría dejar atrás, y unos hijos cosmopolitas, con una clara visión de lo que era y ofrecía el mundo, con una educación en idiomas y un sentido estético e ideológico avanzado podrían adelantarse a los conciudadanos de su tiempo. Además Europa, para quienes tuvieran dólares o un peso fuerte, era un destino barato.

“Qué extraño”, le dice a Bernés mientras sigue observando la claridad del exterior: Henry James fue el más gris de los hombres, como él, Borges, dos hombres cuyas vidas parecen no tener interés alguno para los lectores, y sin embargo, sus vidas estaban reflejadas casi paso a paso en sus obras. Henry James se enriquecía de las anécdotas de los demás; él, de los libros; pero ambos aprendieron que hay que ser corteses con los lectores, que no hay que abrumarlos con las propias experiencias porque eso es vulgar, chabacano, propio del chismorreo de las masas.

Henry James escribió sobre la alta aristocracia inglesa, pero él nunca perteneció a esa clase social, y aunque la conoció, era imposible que asimilara su insustancial conducta. Como él, como Borges, Henry James escribió una especie de literatura fantástica, escogió la parte metafísica, la esencia de una clase social, y la convirtió en literatura. Curiosamente, a pesar de sus inolvidables protagonistas femeninas, el personaje que más aparece en los cuentos de Henry James es el propio Henry James, como el único personaje reconocible que aparece en los cuentos de Borges es el propio Borges. Aparecen siempre en segundo plano, casi fuera de la trama, y sin embargo son los hacedores de la historia, como si esa visión cosmopolita que adquirieron desde su adolescencia los hubiera hecho conscientes de su insignificancia, simples ciudadanos del mundo pero sabios receptores de múltiples experiencias, a diferencia del provinciano que cree ser, él y su terruño, el centro del universo.

Tal vez, su padre Jorge Guillermo Borges, que conocía a la perfección la vida de su admirado William James, pensó que en Europa sus hijos se cultivarían en un medio proclive a fomentar sus inquietudes culturales. Él había observado a Georgie en el despacho las noches que su amigo Evaristo Carriego se acercaba a visitar a la familia y leía largos poemas sobre el arrabal y los cuchilleros. El entusiasmo en su rostro era evidente y Borges ahora, ante su editor Bernés, reconoce que se quedaba como hipnotizado por la suave cadencia de esa voz porteña que iba desgranando versos con una musicalidad cálida y cercana.

Biografia de Jorge Luis Borges. Reseña de Cicutadry

Jorge Luis Borges en 1911

No recuerda si en alguna vez de aquellas ocasiones dijo en voz alta que él también quería ser poeta como Carriego, pero no le extraña que su padre lo intuyera y que le asombrara. En aquella biblioteca había muchos libros de poesía en inglés, su querido Swinburne, y también Emerson, Wordsworth, Browning, Dante Gabriel Rossetti, y aunque Georgie era aún muy joven y sentía predilección por los novelistas, por Stevenson o Mark Twain, su padre sabía que un escritor suele comenzar escribiendo poemas y los de su amigo Carriego, voluntariosos y mediocres, no eran la mejor elección para su hijo.

Ahora Borges le confiesa a Bernés que Carriego fue para él un acicate y un error, pero también una lógica en sus aspiraciones: los poemas del amigo de su padre eran accesibles y eran imitables. Su padre nunca le aconsejó un libro para leer y con ello le enseñó que la lectura es un placer y no una obligación. Naturalmente, por curiosidad se había acercado a los poetas que admiraba su padre pero no los había entendido. Además, los versos de Swinburne tenían una cualidad sensual que él rechazó desde sus primeras lecturas juveniles, repulsa que le duró toda su vida, al menos públicamente: con el tiempo descubrió que aquella poesía versaba sobre lesbianismo, sobre sadomasoquismo, sobre una visión pagana de la religión contraria a los hermosos relatos de la Biblia que escuchaba de su abuela Frances Haslam.

No entendía por qué su padre sentía devoción por esos temas, aunque con el tiempo comprendería que un librepensador, un hombre con una visión ancha y hermosa de la realidad, se sintiera atraído por lo irreverente. Pero él no, le confiesa a Bernés; Borges, el escritor Borges sentiría vergüenza de dar una conferencia pública y recitar versos como éstos:

Tendida y dormida entre las caricias nocturnas
vi a mi amor inclinarse sobre mi desconsolada cama,
pálida como la hoja y el fruto del lirio más oscuro,
rasa, despojada y sombría, con la garganta desnuda preparada para ser mordida,
demasiado pálida para ruborizarse y demasiado ardiente para estar inmaculada.

¿Comprende? No se pueden comentar ante el público versos que son explícitas escenas sexuales, al menos no podía hacerlo él, Borges, y la razón habría que buscarla quizás en esos primeros años que vivió en Ginebra y que se educó en un colegio calvinista. Tal vez –piensa- de nuevo traicionó a su padre, a la mirada natural que él tenía del mundo, quedándose en las frías experiencias que exclusivamente recibió de la literatura y la filosofía, pero los libros no tienen sexo ni suscitan más pasiones que las meramente intelectuales. Esa era al menos la imagen pública del otro Borges.

Sin embargo ahora reconoce que el legado vital que quiso darle su padre en aquel febrero de 1914, cuando se embarcaron hacia Europa, acaso con la intención de no volver jamás a la Argentina, no fue aprovechada por él, su hijo, que si aceptó a cambio una herencia más pesada, la ceguera.

⇐ Capítulo 3: El mito personal                                                           

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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