El turno del aullante, de Max Rojas

Digo Max Rojas y se suelta el bramido, lo mortecino, lo “exactamente amargo como el llanto”. Llegar a este poeta no es casualidad; el destino, dios, la vida, o cualquier cosa vestida de azar nos pone frente a sus libros porque ha llegado la hora. Para muestra, el comienzo de, quizá, su libro más celebrado, El turno del aullante: color ceniza todo. El fuego cesó, queda el olvido para intentar recomponerse.

Lo que vemos en todo esto es uno de los mayores libros sobre el desamor (a la par de su otro magnánimo libro: Ser en la sombra); ese momento en la vida de los hombres que está plagado de puertas cerradas, de incertidumbre. En “Las estaciones del olvido”, la primer parte de El turno del aullante, uno no sabe qué está pasando, a dónde se dirigen los pies, sólo descubre sombras, ausencia. Pone las manos al frente “palpando el hueco/ que dejaste en la niebla”. Es en esta parte del libro donde se nos permite saber que el poeta está desesperado, que no encuentra, que no puede. Y es al salir de esa densa neblina en que se ha transformado la ausencia que puede respirarse algo un poco más concreto: la noche.

Sin embargo, esta, aunque visible, no es suficiente para calmar la ira del poeta. Por eso se vuelve necesario erradicarla, destruirla. Para ello bastan dos magníficos poemas, que dicen: “El deseo, no el nocturno/ sacrifico sobre piedras/ heridas, no el agua/ que se hunde/ apagándolo todo” y “El grito, no el deseo/ contenido de morder/ a la estatua,/ no la forma lejana/ de un cuerpo acariciado”. ¿Cómo decir que duele haber amado tanto a una mujer? Pero sobre todo, ¿cómo cerrar la puerta y quedarse dentro de la casa esperando que su ausencia se largue? Max Rojas se propone nombrarla. Y es que es Elena el único nombre visible en el libro. A quien está dedicada la “Elegía como grito para una tarde de diciembre”.

Este poema tiene que leerse de golpe para sentir, tal cual, que se corta la respiración. Así funcionan los versos largos de la Elegía…, apenas separados por comas (como si ya se estuviera preparando para la obra cumbre: Cuerpos): todo es un desbarajuste, una casa que desde adentro se está cayendo, como el grito y el silencio que crujen en la escalera. Es como ver que un hombre intenta salir durante un terremoto. Se levanta y las cosas comienzan a caer, entonces corre y recorre y palpa las paredes, el piso, los recuerdos, y se va encontrando con la ausencia de Elena en cada una de las partes de esa casa que brota astillas, cuadros, polvo. Y qué imagen tan desoladora se nos presenta hacia el final de este ya tormentoso poema: el hombre que alcanza la puerta, que la cierra, y afuera no hay nadie, “no vendrá nunca nadie”. ¿Adónde entonces caminar?

Después de acabarse el aliento, el poeta canta tres canciones para esperar la muerte. No hay nada qué importe ya: “Déjenme madrugar/ mi propia madrugada,/ ¡y basta!// Después quiero morirme”. Tres poemas que caben en la palma de la mano, que, sin dejarlo morir, ayudan a aletargar la congoja, la pesadez, como si en lugar de enterrarlo dejaran al poeta ahí sentado, solo, frente a la noche. Ese inmenso hueco que Max Rojas intenta llenar con sus aullidos. Es “El turno del aullante” el que reclama, el que pide, el que dice la dolencia, abarca la amargura.

Y es que el aullante de Max Rojas no es humano o animal, sino el griterío mismo. Alguien ha de haber que emita ese aullido, pero tal como está estructurado el libro, ¿no es posible pensar que el aullante es la palabra en sí? Los neologismos, cargados de una fuerte expresión emotiva, son los que penetran, escaldan, muerden: el sonido que de ellos emana se queda golpeando el oído del que lee, peor aún: taladran desde dentro del silencio. Ya desde el primer poema el poeta nos está revelando su inminente condición de derrotado: “lo verdaderamente animal que me sostiene/ está dolido”. Imagino a un animal tirado a un costado del camino, bufando, pidiendo por piedad que la angustia cese, que termine la noche.

Más que una creación de atmósferas o imágenes, que las hay, es cierto, lo que hace reconocible a Max Rojas y el aullido es el tono. Quien haya tenido la fortuna de verlo y escucharlo leer, sabrá que las palabras, su sonido, embonan a la perfección con su voz; no se puede imaginar otro tono, es ése el que su voz gravísima registra, y por eso la gritada se escucha. El lenguaje empleado en esta parte del libro sirve para demostrar que extrañar a alguien es una fuerza mordaz para seguir de pie, aunque sea a encontronazos contra los muros. Pues dice: “Antes tengo que hacer otras cositas;/ desempolvar mi acta funeral y un traje oscuro,/ y hallar a esa mujer que me hizo polvo.”

Porque Max Rojas no escribe para ser leído en el silencio de una sala, tomando un café tan quitado de la pena, escribe para herir: como si con cada verso leído la piel también se fuera desgarrando hacia abajo. Duele leer a Max Rojas; encabrona sentirse acorralado por las palabras enrojecidas del poeta; uno quiere soltar el libro y descansar pero no tiene la voluntad suficiente: a todos nos gusta sufrir. Pedimos el sufrimiento, por lucir interesantemente desgraciados, por justificar una actitud derrotista ante el mundo ya de todos modos derrumbado, por la morbosidad que representa el semblante apagado y la idea brillando encima de nosotros, nos gusta el sufrimiento porque comprendemos que después de éste vendrá el sosiego, la calma aparente, la respiración tranquila.

Como el griterío no cesa, Max Rojas escribe al borde de los pozos. Pero ya en este momento el poeta se ha dejado abandonar: el pozo representa el claustro, la imagen por excelencia del suicidio. Mirar un pozo desde arriba no es lo mismo que vivirlo desde adentro. Tirar la mirada, como si una cubeta, para alcanzar un poco de agua, no es tan apremiante como alzarla y ver que no hay forma de salir, que ni excavando ni reptando se podrá llegar a la salida. Por eso el poeta dice que todo esto está escrito al borde del abismo, es decir, en el olvido, en lo inasible, en lo perdido: “un hombre al borde de su sombra cruje”.

Es así como se acerca Trenos, la parte final (memorable y, a mi parecer, la mejor) del libro. El ansiado remate, como decía Max Rojas cuando se refería a esa parte culminante del poema, es en sí todo el poema, mejor dicho, los cinco poemas. Todos los versos truenan, arremeten, aplastan. Hemos sido invitados al funeral del poeta, y son las palabras la música y el significado; no necesitan más. El poeta ha venido cayendo a lo largo del libro, como ceniza, como nombre, como noche, como aullido, como abismo, como silencio. Y como silencio, palabras como desgaje, traqueteteándome, huesumbre, gritiritando, aúlles, afoso, huesada, huequecito, huesadumbre, deslenlengua, hachazal, son la mejor manera de despedir el cuerpo. Es en esta parte que el lenguaje encuentra la forma adecuada del lamento. Todo aquí son imágenes que suenan; los diptongos sirven para hacer más hondo el sonido.

Trenos es el lamento fúnebre que se lleva a cabo en ausencia del muerto. Nada hay que esté equilibrado, todo el libro es una caída, pero una salvación. Y así como inicia “color ceniza todo”, Max Rojas nos lapida: “pensé en llevar a hojalatear mis cuarteaduras,/ mejor me desistí, me eché un requiéscat,/ un trago de mezcal,/ cavé mi hueco,/ crepité/ -concluye todo.”

El turno del aullante. Max Rojas. La Centena

Reseña de Francisco Javier Chavelas Reyes, Puebla, México

Acerca de Jaime Molina

Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad
de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante
(2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma
de John Wayne (2011, premio Castillo-
Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio
Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio
Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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