Lumieres foraines, de La Gata Japonesa: la feria de las maravillas

Hay algo especial, entre excitante y profundamente melancólico, en toda feria que se precie.

Una diatriba se plantea: la sensación de ansia por divertirse y la perentoria necesidad de querer regresar a la euforia que despertaban las luces estridentes y titilantes cuando eras un niño, comienzan a batirse en duelo dentro de cada ápice del pensamiento. Algo muy parecido pasa cuando vas al teatro a ver una pieza de danza para niños o, en este caso, un espectáculo de circo y danza.

En “Lumieres Foraines”, la compañía de danza y circo La Gata Japonesa nos lleva a una feria francesa de mediados de los años treinta. Una sensación de nostalgia se mastica en el aire, el mismo que se llena con ecos velados de antiguas canciones galas. La escenografía se dispone como el recuerdo de aquella ilustración de un libro perdido en la memoria, elementos aislados la componen, el resto del espacio ya lo completarán las reminiscencias que nos despierte el movimiento.

Cuatro personajes: un farolero, una vendedora de globos, una atribulada y neurótica joven y un inoportuno policía componen la escena. Evidentemente, la historia de amor es irremediable.

Pero no nos embalemos, démosle tiempo al globo a llenarse antes de dejarlo volar hacia el cielo.

Quisiera dejar claro que me fascina la denominación “infantil”. Nunca he comprendido que haya que tratar a los menores como seres independientes dentro de un compartimento estanco que garantiza el sopor absoluto para el público adulto y la necedad total del argumento. Quizá sea por una inadecuada educación en los que fueran mis años mozos, pero nunca se me plantearon objeciones en cuanto a lo que debía o no debía ver, leer o experimentar, más allá de lo que supondría un verdadero conflicto para mi cabeza o lo que, simplemente, sería incapaz de comprender. En los últimos años, podemos observar mirando cualquier programa de la televisión para niños que tratan a su público como si su mente no pudiera desarrollar mayor prueba intelectual que la de repetir una frase hasta el hastío o ver bucles de dibujos animados que exasperan al más pintado. Sin embargo, de otro lado, numerosos espectáculos considerados como “familiares” o el nuevo cine de animación de factorías como Pixar y Dreamworks (más la primera que la segunda), abogan por un lenguaje adecuado a todos los públicos que versa sobre conflictos de toda índole sin considerar a los niños como personas discapacitadas. Por tanto, el primer encomio que he de lanzar a La gata japonesa, es que pone sobre el escenario una arriesgada apuesta aunando danza contemporánea y circo y experimentando con un argumento en el que se baraja cierta ambigüedad, dentro de lo que se presupone a un espectáculo de estas características. Pero es, sobre todo, su lenguaje corporal lo que más llama mi atención, que explota un aspecto del movimiento extremadamente plástico, en combinación con el efectista y más llamativo despliegue de proezas circenses.

Si supra menciono que no soporto que traten a los niños como tontos, añado a la declaración de principios que adoro cuando un espectáculo me sorprende y despierta mi entusiasmo aletargado (maldito sea el bagaje de haber visto tanto de todo que uno ya casi sabe de antemano lo que va a experimentar).

Por ello me congratula escribir que “Lumieres foraines” es primordialmente la ilusión llevada a las tablas. Acopia en sus minutos un compendio de maravillas que dejan boquiabiertos por igual a mayores y a pequeños. Es más, es capaz de hacer sentirse a los mayores como pequeños. Destila entusiasmo sin estridencia, virtuosismo con magistral humildad y exhibe prodigios sin rozar en ningún momento lo vulgar, (que me perdonen los entendidos en el circo, pero en cuanto a lo hortera se refiere, es el género que más difícil lo tiene) y lo viste todo con un velo mágico de sueño atemporal, de cuento lánguido de entreguerras, con guiños a Truffaut y a Jacques Tati. Capaz de explotar sin ambages su extremado romanticismo y, milagrosamente, como si hubieran alambicado hasta la última gota de su discurso, no llega a empalagar ni en la mayor explosión de confeti.

Me gustaría hablar de sus múltiples números, de sus infinitas sorpresas, de todos los momentos en los que el respetable quedó boquiabierto durante el trascurso del espectáculo. Pero estoy seguro de que, de hacerlo, no se disfrutaría tanto de su encanto. Así que callo en pos de que todo aquel que asista a “Lumieres foraines” se sorprenda como lo hice yo y toda la concurrencia.

“Lumieres foraines” de La Gata Japonesa. Centro Comarcal de Humanidades, La Cabrera

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