A propósito de nada, de Woody Allen.

Vaya por delante mi profunda admiración por el trabajo de Woody Allen. Quiero decir con esto que quizá no soy la persona más adecuada para hablar de su autobiografía. Este libro, un buen ladrillo de sus cerca de quinientas páginas, que ha llegado a los anaqueles de las librerías para sembrar una notable polémica y que se ha hecho bastante popular estos días, supondrá las delicias de todos aquellos que, como yo, disfrutamos con su cine y con sus trabajos como escritor.

Woody no se anda por las ramas, no nos entrega un tocho romántico y alambicado, se podría decir que de entre sus páginas casi podemos oír su vocecita tartamudeando contando el devenir de su vida. Sin prosopopeya alguna, como si estuviéramos sentados en el salón suntuosamente decorado de su apartamento de Manhattan, el neoyorkino nos relata frente a una copa de vino californiano su vida. Sin más. Alguna que otra licencia melancólica, unas descripciones más acertadas que otras, algún comentario fuera de lugar –no podría ser de otra manera-, su neurosis proverbial y, lógicamente, mucho humor. A lo largo de ese hilo vital no hay capítulos que dividan grandes bloques: una vida, una historia. Pero sí que podemos hablar de tres grandes aspectos en lo que se refiere al libro de Allen: su periplo vital en lo que el trabajo se refiere, los primeros chistes, el stand up comedy y el teatro; con paradas puntuales en sus pinitos como clarinetista vocacional (con especial hincapié en su incapacidad de resultar tan brillante como él deseara) y así hasta empezar a hacer cine con la consiguiente enumeración de todas y cada una de sus obras fílmicas, trufado este repaso de reflexiones más mundanas que cinematográficas, todo sea dicho; sus grandes influencias, los hombres y mujeres que le han marcado, ya sea para bien o para mal, aquellos artistas que han hecho mella en la persona creadora de Allen.

Por otro lado, están las anécdotas, mejor o peor traídas, hay en este libro como un millón de batallitas, algunas saltan en el tiempo, otras siguen la lógica temporal del relato, casi todas son graciosas, cuando menos, son tiernas y se puede casi oler que es su anecdotario lo que el cineasta guarda con más cariño y de lo que se siente más orgulloso.

Y finalmente, los asuntos amorosos.

Resulta complicado el extrapolar un aspecto en concreto de esta vorágine de palabras puesto que en la verborrea incontenible de su autor se entremezclan reflexiones con juicios de valor, peroratas sobre el pasado, insultos desmedidos hacia la modernidad y algún que otro salto en el tiempo para contar una historieta que se le viene a la cabeza. Poco le importa que lo que quiere contar suceda 20 años después, Woody te embarca en un flash forward con la misma destreza que salta de secuencia en sus películas más rompedoras… y tal como sucede a veces en su cine, semejante peripecia la realiza sobre algo que ni siquiera venía al caso, simplemente, le vino a la mente.

En realidad A propósito de nada es el guion de la vida de Allen tal y como él mismo la contaría. No tendría ningún reparo en sacar a los protagonistas del plano, seguir hablando desde fuera del encuadre, ponerse de pronto a mirar a la cámara y de vez en cuando noquearte con algunas imágenes de una belleza sin igual. A ratos te desternillas de risa con algún episodio que te hace  experimentar una vergüenza ajena inenarrable, a ratos te arranca una lagrimita echando la vista atrás a su querido Brooklyn. El genio del autor de Maridos y Mujeres reside ahí, en una diarrea verbal, en un pandemonio de palabras que, sin que puedas dar crédito, al final de sus cintas han conseguido crear unos personajes memorables. Ni siquiera lo has visto venir, simplemente, acaba de pasar el último título de los créditos de la peli y te encuentras enamorado de Annie Hall para el resto de tu vida.

Con su libro sucede algo muy parecido, quizá a nadie sorprenda nada de lo que cuenta en la sucesión de páginas pues, bien es cierto, Woody Allen lleva contando la misma historia desde los años sesenta. La suya propia. Alvy Singer,  Isaac Davis, Boris Grushenko, Danny Rose, Sidney Musinger, qué más da el nombre, si todos sabemos que es un autorretrato más del propio Allen. Así pues, a lo largo de esta gran nada que él mismo dice no tener ningún sentido, pues su único propósito en la vida es la de vivirla y nada más, puede el lector disfrutar de un asiento privilegiado a la hora de cotillear entre los recuerdos del propio Allen. Jugar a tener en las manos los pedazos del puzzle de su desconcertante psique y creerse su psicoanalista para dar explicación a lo que él mismo te dice que no la tiene. Acercarse a ciertas aclaraciones sobre las películas que le gustan, los libros que reconoce no haber leído o esas melodías que ama y defiende nunca llegarán a ser mejores de lo que fueron. Y mención aparte merece su empecinado interés en demostrar que no se trata de ningún intelectual, aunque ineluctiblemente se cuele un trasfondo perfectamente cultivado por los vericuetos de sus boutades de viejo verde levanta faldas. Al hilo de lo cual, resulta enternecedor su parrafada defendiendo su no-machismo, haciendo un ensalzamiento de su labor como creador de grandes personajes para mujeres y de su absoluta confianza en aquellas que le han acompañado a lo largo de su carrera, demostrando un especial cariño hacia la que fuera su pareja, amiga y musa Diane Keaton.

Y tras mencionar a Diane Keaton, el conocedor de su carrera sabrá qué secuencia se arranca tras un fundido en negro. Dice Woody Allen que cuando llegó a tener una relación más estrecha con Mia Farrow, tras el acoso desmesurado al que ella le sometió, veía banderas rojas por todas partes: su familia disfuncional, el ambiente agobiante en el que se movía y, sobre todo, la obsesión de ella por tener un hijo de Allen. Eran pilotos de emergencia que le hacían alertarse de lo que tenía entre manos. A nadie escapa que existe una razón autoindulgente en la publicación de este libro. La de Allen, como cualquier autobiografía que se precie, no deja de ser un vehículo estupendo para tener ese momentito de explicarse, de contar su versión de los hechos, y en lo que a esto se refiere, el gran capítulo de la vida de Woody que se busca por encima de todos es aquel en el que Mia (ese nombre que, de haber tenido más letras, hubiera hecho que estas quinientas páginas se convirtieran en Guerra y Paz, o, en este caso, Guerra y más guerra) es la protagonista.

Evidentemente, cualquier persona que estuviera viva en los noventa, tuviera más de 10 años y haya leído un periódico o visto la televisión, espera ansiosamente dentro de esta obra la explicación del sórdido asunto de la denuncia por el abuso por parte de Allen a la hija de Mia Farrow. El gran depredador cuya carrera se ha visto casi aniquilada (Un día de lluvia en Nueva York sigue sin estrenarse en EEUU) a raíz de un boicot de sus propios compañeros de oficio –y de la mayor parte de la opinión pública- por un caso que le llevó una investigación de más de siete meses, que concluyó en su favor y que le costó –en sus propias palabras, millones de dólares-. Casi podría decirse que sería posible desencuadernar el libro, sacar las doscientas páginas centrales y crear un volumen aparte. Qué divertido sería buscarle título a semejante obra: Las desdichadas peripecias de una pareja disfuncional, La niña rica y el cineasta perturbado, o algo mucho más sensacionalista como Juicio a un violador. Lo cierto es que llega un momento en que el señor Allen llega a resultar cansino con el tema, la matraca de aberraciones que narra sobre su ex amante Farrow y las atrocidades que ha perpetrado y perpetra para con sus hijos y él mismo no tiene fin (de entre las cuales, si duda alguna, mi favorita es el hecho de que sometiera a su hijo Ronan a un alargamiento de piernas para que este resultara más popular en su carrera política)

Es lógico que un escritor acuda a su discurso para narrar su versión, a fin de cuentas, no deja de ser su oficio. Eso sí, en lo que al asunto judicial se refiere, no deja un solo nombre en el tintero, y percibimos con perfecta claridad una metamorfosis en su pluma: lo que era vano y desdibujado en su torrencial fuente de anécdotas, se vuelve exhaustivo;  lo que resultaba precipitado como las decisiones de sus inmaduros caracteres, se torna en concienzudo y meticuloso, citando hasta la última fuente fidedigna del caso: abogados, jueces y periodistas. Y por encima de todo, a pesar de demostrar no sólo un terrible rencor hacia Mia, sino una gran desazón por el cariño que sentía por sus hijos adoptivos a los que relata hasta la saciedad que no puede ver; no cesa en ningún momento su admiración hacia ella y su inconmensurable talento como actriz. Quizá sí, Woody, quizá debías haber hecho caso a las banderas rojas que saltaron cuando la conociste.

Luego del asunto Farrow, el narrador vuelve a sus películas, a Soon-Yi (a quien va dedicado el volumen muy cariñosamente) y a más anécdotas y admiradas actrices y nos conduce por esta  reflexión sobre su vida en la que no alecciona a nadie, no insulta a nadie más que a sí mismo, rompe las barreras de la egomanía para generar un nuevo género de onanismo autoindulgente, resulta simpático y certero y formalmente inconstante y un poco atropellado. Pero, por poco que se conozca su arte, no cabría esperar nada más de él. Y si nos leemos su libro o seguimos viendo una y otra vez sus películas es porque, algunos de nosotros, aunque resulta absurdo, necesitamos los huevos.

A propósito de nada. Woody Allen. Alianza Editorial.

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