¿Acaso no matan a los caballos? Horace McCoy: La pesadilla real

Horace McCoySe puede matar por compasión: el cañón de una pistola sobre la sien de una guapa muchacha, por la noche, en un muelle; un solo disparo: la mejor forma de eutanasia activa; la mejor forma, también, de que los hombres, con sus estúpidas costumbres, te envíen a la silla eléctrica por asesinato. Horace McCoy (1897-1955), escritor de pulp fictions, reportero sin demasiada suerte, guionista de Hollywood, novelista sin brillo, imaginó una historia sórdida y degradada en los años treinta, en Estados Unidos, años sórdidos y degradados. No tuvo que imaginar a jóvenes desocupados que deambulaban por el país en busca de un puesto de trabajo, jóvenes también aspirantes a estrellas en un Hollywood dorado, jóvenes hambrientos que no tenían donde caerse muertos, porque existieron en la realidad a montones, como si estuvieran pidiendo a gritos ser protagonistas de una novela, de una gran novela.

Horace McCoy, reportero, conocía esa realidad que no salía en los noticiarios de los cinematógrafos, ni en las películas edulcoradas de la industria del cine, ni siquiera en las novelas que se escribían en la época. Era un tema tabú, los Estados Unidos estaban sumidos en la mayor crisis de su historia pero eran a la vez el país más rico del mundo y el paraíso de los sueños, los inventores del sueño americano. Horace McCoy escribió en 1935 ¿Acaso no matan a los caballos?, una historia que se desarrolla en 1935, junto a la fábrica de sueños del cine, en Santa Mónica, California, protagonizada por dos soñadores que pretenden trabajar en Hollywood de lo que sea: figurantes, actores, directores. Lo importante es sumarse a ese sueño americano que vende el gobierno desde las alturas, mientras que estos dos jóvenes no tienen un pedazo de pan que llevarse a la boca.

Pero Estados Unidos es la tierra de promisión y siempre hay una oportunidad para quien quiera prestarse a ella. Empecemos la historia de nuevo, igual que hizo Horace McCoy en su novela: no hay mucho que explicar al juez. La bala entró limpiamente por la sien de la joven Gloria, aspirante a actriz, maltratada por la vida, depresiva, pesimista, sin esperanza. La mató su mejor amigo, su único amigo. Lo conoció mientras ambos buscaban trabajo y decidieron participar en un maratón de baile. Las normas son sencillas y la recompensa interesante: sólo hay que bailar, permanecer de pie moviéndose durante días, semanas, meses, antes de caer extenuado, a cambio de comida, comida asegurada durante todos esos días, mientras multitud de personas asisten previo pago al estupendo espectáculo de decenas de parejas moviéndose al ritmo de la música, exhaustas, desesperadas. El premio son mil dólares, a repartir entre la pareja, parejas recién conocidas, unidas tan sólo por la necesidad del dinero, por comer todos los días caliente.

Es como una gran familia el equipo de bailarines. No paran de moverse mientras suena un estruendo en los altavoces, la música quizás demasiado alta, aunque llega un momento en que ya no la oyes, todas tus fuerzas las inviertes en mantenerte de pie, tranquilo porque más allá de la pista hay enfermeras y médicos que te pueden ayudar en un momento de debilidad.

El secreto para ganar el concurso es saber perfeccionar el sistema para los diez minutos de descanso que dan entre baile y baile: aprender a comer un bocadillo mientras te afeitas, leer el periódico en pleno baile, dormir en el hombro de la pareja mientras las piernas se mueven solas. Todo es cuestión de práctica, y tiempo tienen por delante: las próximas semanas los participantes las pasarán dentro de unos cuantos metros cuadrados, jaleados por un público entusiasta que los puede patrocinar, porque ya se sabe que el roce hace el cariño, y algunas damas solas encuentran en las parejas de bailarines unos viejos amigos con los que poder conversar sólo a cambio de unas pocas monedas.

Aunque no siempre el espectáculo es lo suficientemente excitante y hay que crear nuevas ideas para que el público se acerque a la sala: una carrera, una simple carrera de quince minutos alrededor de la pista, ellos haciendo marcha atlética, ellas agarradas a sus cinturas mediante unas anillas, andando o corriendo; lo importante es no quedar el último, porque la última pareja será expulsada del maratón, perderá los soñados mil dólares.

Son como caballos, piensa Horace McCoy, que conoció en Santa Mónica estos maratones de baile antes de que escribiera la novela. ¿Acaso no matan a los caballos? está calificada como una novela negra, pero no es sólo eso: es una gran novela de terror, de terror social, porque todo lo que se cuenta ocurrió en la realidad y todo lo que se cuenta, además, es una pesadilla.

Esta novela no está muy lejos del mundo de Kafka: docenas de parejas bailando en una pista cerrada, dirigiéndose a ninguna parte, cayendo extenuados, durmiendo durante diez escasos minutos para seguir con su lucha por la vida. No hay nada que no sea verdad, pero tampoco hay nada que no sea terrorífico. McCoy lo cuenta como un crescendo porque las fuerzas cada vez flaquean más, no sólo las físicas después de más de 36 días moviéndose absurdamente en una pista, sino también las psicológicas, porque hay un momento en que ya no se puede aguantar más, en que se piensa que después de dar tantas vueltas para nada, para acaso ser expulsado por perder una de las siniestras carreras que se celebran todos los días para regocijo del público, después de moverse y moverse hacia ningún sitio, después ¿qué?

No es extraño que esta novela, que nunca alcanzó éxito alguno en Estados Unidos, fuera muy apreciada por los existencialistas, porque reproduce con una fidelidad escalofriante el angustioso mito de Sísifo. Bailar y bailar, acaso para nada, un día detrás de otro, para después de bailar, cuando el maratón se acabe, seguir dando vueltas por la vida para encontrar no se sabe qué, porque no hay oportunidades para nada. La única esperanza tal vez se encuentre en una bala que acabe con tanta desesperación, y un amigo que sepa comprender tanta angustia. Las leyes de los hombres, esas antiguallas que nada tienen que ver con la realidad, nunca sabrán comprender lo que es el mayor acto de compasión que una persona pueda sentir por otra, un puro acto de amor en mitad de la más infecta miseria social.

¿Acaso no matan a los caballos? Horace McCoy. Edhasa.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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