Ilona llega con la lluvia. Álvaro Mutis: La conciencia errante del fracaso

Álvaro Mutis construyó durante toda su vida un mundo imaginario de marcado acento autobiográfico mediante un solo personaje, Maqroll el Gaviero. Éste fue en primer lugar protagonista de la poseía de Mutis para saltar, muchos años después, a la narrativa. Ilona llega con la lluvia fue la segunda novela del escritor colombiano.

No es, desde luego, el único caso en la literatura, pero sí uno de los más curiosos: Álvaro Mutis se hizo acompañar del mismo personaje durante los más de 50 años que duró su carrera literaria. Maqroll el Gaviero ya apareció en sus primeros poemas, en 1948, y como una presencia obsesiva se mantuvo en su imaginación rebasando cualquier límite biográfico. La gran particularidad de esta extraña relación entre escritor y personaje es que éste comenzó su peculiar singladura en la poesía, en 8 obras que acumulan todo un testimonio sobre la conciencia errante del fracaso, y tras cerca de 40 años manteniendo un profundo aliento poético, saltó a la narrativa con 7 novelas excepcionales, escritas en tan solo 8 años, cuando el autor ya pasaba de los sesenta.

Aunque de entre sus novelas hemos elegido Ilona llega con la lluvia (1988), quisiéramos centrarnos en el mensaje permanente que Álvaro Mutis quiso trasmitir a través de su personaje. Para quienes no conozcan a Maqroll diremos que es un ser trashumante y romántico que, apegado a la gavia mayor de las decenas de barcos por los que ha surcado el mundo, encuentra todas las formas posibles de fracaso en sus infinitos desplazamientos reales o imaginarios. A pesar de su condición de marino, al Gaviero casi siempre lo vamos a encontrar en tierra, listo para zarpar o recién llegado de un viaje donde ha traficado con las mercancías más peregrinas y muchas veces ilícitas pero del que no extrae ningún beneficio si no es la amistad leal de otra gente herida por la inconstancia del mar y la obsesión por imposibles quimeras.

Como si Mutis hubiera sido consciente de que Maqroll sería su compañero inseparable de fatigas por la vida, en 1948 escribió una larga Oración de Maqroll cuyos últimos versos son un compendio de sus atribuladas ideas:

¡Oh Señor! Recibe las preces de este avizor suplicante y

concédele la gracia de morir envuelto en el polvo de las

ciudades, recostado en las graderías de una casa infame e

iluminado por todas las estrellas del firmamento.

Recuerda Señor que tu siervo ha observado pacientemente

las leyes de la manada. No olvides su rostro.

Amén.

Evidentemente, era el propio Álvaro Mutis el que se encomendaba a su destino de escritor exiliado, conocedor del desarraigo en todas sus facetas posibles. Quizás la biografía de Mutis sea casi más interesante que la de su personaje, al que sin embargo dota de un oscuro romanticismo que no puede encontrarse fuera de la literatura. De alguna forma, el escritor colombiano quiso agregar arte a su propia vida y lo hizo añadiendo vivencias apócrifas a su existencia, como alguna vez confesó en una entrevista:

No hay nada en Maqroll […] que no sea mío. Yo no le he puesto a Maqroll nada prestado, no hay un solo rasgo de Maqroll al servicio de un personaje, todo lo que hay en él lo he vivido yo, lo que sale de mí, de mi esencia, de mi ser, de mi manera de ver el mundo, de mi mundo, de las substancias que circulan entre el mundo y yo […] el Gaviero es todo lo que no he sido, también lo que he sido y no he confesado, todo lo que desearía ser, todo lo que debí ser y no fui. El Gaviero es un trasunto mío: es mi gloria.

Para entender su narrativa, y en especial una novela de tan extrema belleza como es Ilona llega con la lluvia, es importante recordar el origen poético del escritor. Al contrario de lo que pudiera pensarse, Mutis no es dado al tratamiento lírico de sus historias; bien lejos está su estilo del adorno y el barroquismo. Sin embargo, todas sus novelas son profundamente poéticas en el sentido más amplio de la palabra: hay algo de épico y de elegíaco y de romántico en esas desventuradas experiencias de Maqroll: no es tristeza ni melancolía ni amor ni heroicidad; no hay trascendencia ni sentimentalidad ni desaliento; es más bien como una mirada desplazada, como si Mutis viera la vida desde esa gavia mayor donde habita su personaje, y la contemple con una sabia compasión: todo empieza y todo termina, la vida hay que tomarla como viene…y no hay nada más. En esa visión de la brutal finitud de las cosas reside la concepción intemporal de su literatura.

En Ilona llega con la lluvia encontramos a Maqroll en un lugar emblemático, Panamá, un país que es de todos y no es de nadie, tierra de paso, sitio donde se unen dos océanos y donde parece que es imposible el arraigo para quien llega a él después de una y mil aventuras. Arriba después de un largo periplo en un viejo carguero condenado al embargo, esperando encontrar otra nave que lo lleve no se sabe dónde.

Mientras espera ese –para él- golpe de fortuna, se encuentra con Ilona Grabowska, una vieja amiga de aventuras y padecimientos, amante ocasional, mujer misteriosa y fascinadora. Ilona es de esas mujeres que están condenadas a dejar huella por donde pasan, tal vez porque su independencia y su sentido común están más allá de cualquier idea de posesión o asentamiento junto a ella.

Al contrario de otras mujeres fascinantes del cine y la literatura, Ilona no es una femme fatale, una mujer que desgarre corazones, ni siquiera un ser para el que esté hecha la palabra amor. Ilona es una mujer que se vive, que se disfruta, igual que ella vive y disfruta cada momento, sin caprichos, sin divagaciones, sin tendencia a ese cortejo absurdo entre mujeres y hombres que parece quedar muy por debajo de sus intenciones.

Cómo consigue Mutis que una mujer así sea tan encantadora, solo lo pudo saber él. Sí que hay un rasgo de su carácter que, contrapuesto al de Maqroll, nos llama la atención: posee un optimismo sano, ella que no posee nada más. Con cuatro pinceladas, sin apenas diálogo ni descripciones, Mutis la inviste de coherencia, confianza y respeto. Es eso: una persona que inspira respeto.

Para animar a su amigo Maqroll y hacerle pasar las largas horas de espera le propone al marino un improbable negocio: montar un prostíbulo galante para personas de paso en el que las prostitutas se hagan pasar por otras personas de paso, una especie de lugar de encuentros casuales previo pago de sus encantos femeninos, entre los que incluye la seducción y el encanto. Una parte de la novela tratará del adiestramiento de las pupilas a cargo de un pobre botones conocedor de la vida portuaria.

Poco más hay en la novela que pueda ser contado; lo demás hay que experimentarlo como lector, porque en ese negocio, como en la vida de Ilona y de Maqroll o en la de las prostitutas, hay un sello de fatalidad, de destino inexcusable, de finitud. Mutis contrapone el aire próspero del establecimiento y el paraíso de los placeres que promete con otro aire que podríamos llamar efímero, condenado, doloroso.

Quede claro que ningún acto, ninguna circunstancia hace presagiar una tragedia. Es ese aliento poético del que hablábamos más arriba el que se agarra a la garganta de la historia y pone en entredicho cada momento feliz, cada ilusión puesta en el futuro. No sabemos cuándo va a pasar, pero sabemos que va a pasar; desconocemos a quién le tocara en desgracia la tragedia, por dónde se partirá el paraíso creado por esos dos seres desterrados, pero tenemos presente en todo momento que a alguno de ellos le llegará el final en alguna de las múltiples formas que tiene la vida para cercenar la esperanza.

Lo asombroso de esta novela es que ese mal presagio es lo que infunde a la historia su extraordinaria belleza. En su más profunda esencia, el fracaso es hermoso, sublime, y esto lo sabía bien Álvaro Mutis: como buen conocedor del mundo, supo ver que tras la aparente distinción de un barco se esconde la carcoma y el óxido que irá royéndolo obsesivamente hasta que el tiempo lo destine al desguace.

Ilona llega con la lluvia. Álvaro Mutis. Alfaguara

Reseñas sobre literatura hispanoamericana en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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