Arte en la calle

009.El_Gran_Poder_sevillano_por_la_Catedral

Cuando llega el Domingo de Ramos, que en mi recuerdo siempre es un día muy soleado y limpio, como recién estrenado, quienes nos acercamos a escuchar la primera chicotá en un paso de Semana Santa, estamos renovando una especie de liturgia interior, un rito secreto de exaltación de los sentidos que nos enfrenta a nuestros sentimientos más íntimos, como si cada paso, cada imagen, fuera el reflejo de una emoción que llevamos escondida el resto del año y que sólo aflora cuando el entusiasmo es compartido. He leído en una guía para extranjeros sobre fiestas españolas: “La Semana Santa es una simbiosis entre arte, espiritualidad y pasión difícil de explicar”. No me extraña que el autor de la guía se haya encontrado en semejante aprieto. Los que gozamos con la Semana Santa y hemos tenido que pasar el trance de explicar lo que significa a personas que la desconocían hemos sentido que las palabras no nos llegaban a la boca porque cómo contar las largas horas de pie viendo pasar nazarenos, los madrugones sufridos por ver salir a un Cristo de su templo en la negrura de la noche, iluminado tan sólo por el débil resplandor de los cirios, mecido por el alma cargada de silencios de una saeta. Cómo contar que cada vez que veo pasar una procesión me sobreviene el recuerdo puro, sin mancha, de las Semanas Santas de mi infancia, como si no hubieran pasado los años, cuando sentía auténtico miedo al ver a los romanos desfilar con sus lanzas desafiantes apuntadas al cielo, y los nazarenos tocados con sus siniestros antifaces cuyos ojos siempre descubría vacíos, y el sonido de los tambores, monótono, obsesionante, atronador, amplificado por la quietud de la noche. Cómo contar que quien se sobrecoge por primera vez ante un paso de misterio no puede volver a expresar ese sentimiento porque cualquier palabra puede desvirtuar su pureza.
 
Durante la Semana Santa, Dios se vuelve cercano, accesible, con rostro humano, entra en comunión con los hombres, con la multitud, se deja mecer, cantar, engalanar. Cada persona se identifica, se conmueve con su Cristo, con su Virgen, como si pudiera hablar con ellos de tú a tú, porque pasean por sus calles y pasan delante de sus casas, porque los cargan en sus hombros o los acompañan con su silencio. Hay mucho de politeísmo en la imaginería católica, mucho de iconolatría. La divinidad única siempre es demasiado lejana, casi sorda. Observaba Josep Pla que una de las razones del éxito del monoteísmo católico era la gran cantidad de elementos politeístas que ha conservado y promovido en la sensibilidad de los fieles. Las Vírgenes, los santos, las imágenes de Cristo en su pasión, interceden entre las creencias del pueblo y su Dios. Es la religión hecha realidad, carne, la que enaltece a los fieles.
 
Y en la Semana Santa, lo espiritual, la comunicación con lo divino, se hace representación teatral. Todo está dispuesto para el espectáculo emotivo. Por eso no es de extrañar que fuera en el Barroco cuando se comenzó la larga tradición de la Semana Santa tal como ahora la entendemos. Desde entonces, la religión se hizo arte, arte sin complicaciones, de un lirismo desbocado, arte que llega a la gente y se le mete muy adentro. Esos Cristos creados por la gubia portentosa de Salzillo, de Martínez Montañés, de Juan de Mesa, impresionantes en su poder y en su ternura, imágenes, como diría Carlos Herrera, que muestran su Pasión en toda su crudeza pero también con toda su mansedumbre. Tronos trabajados en la madera como en un delirio de formas, ricas insignias repujadas en plata, coronas que son oro y aire y encaje, marchas conmovedoras y saetas que atraviesan el aire desde lo más hondo de los sentidos.
 
Pero también la Semana Santa es una muestra de las pasiones humanas. He visto mujeres cubiertas de cera detrás de sus vírgenes cumpliendo una silenciosa promesa, descalzas, agarradas al manto como si en ello le fuera la vida; he sentido el sobrecogedor silencio de miles de personas al paso de Jesús del Gran Poder por una plaza sevillana; he escuchado los ruegos y los deseos de muchas personas que pedían a su imagen por sus problemas más domésticos. También he visto la fanfarronería y el derroche en oros y mantos, la soberbia de los capillitas, el folclore más popular entre el recogimiento de los devotos.
 
Ya lo he dicho: es la religión hecha carne que desciende hasta el pueblo, con sus virtudes y sus miserias, es el gran teatro del mundo representado por las calles. Por eso, cuando tengo que contarle al forastero que me toca en suerte qué es realmente la Semana Santa, lo que hago es llevarlo a ver una cofradía de esas que llaman de fuerte personalidad, a un sitio con mucha bulla, sin apenas dirigirle la palabra, para que no pueda hacer otra cosa que empaparse del espectáculo. Al fin y al cabo, ¿qué le podría contar uno que se entusiasma viendo a un Cristo en el que no cree?
 

 
 
 

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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