Sinclair Lewis: Babbitt.

Sinclair Lewis: Babbitt

Leyendo Babbitt (1922) me he acordado del tío carnal de un amigo, un hombre honrado y trabajador, marido ideal, padre modelo, perfecto anfitrión, centro de atención de cualquier reunión de amigos, infalible miembro de todos los clubes conocidos, esforzado conversador, mañoso, servicial, amable, agotador, estomagante, insoportable. Sinclair Lewis (1885-1951) retrató a un hombre parecido, y con él, las costumbres y la conducta de una sociedad sumida en un desolador conformismo.

La novela comienza en el mes de abril de 1920. George F. Babbitt se dispone a levantarse en su apacible casa de Zenith, una mediana ciudad interior de los Estados Unidos, el lugar idóneo para criar a la clase media americana. En el primer párrafo, Sinclair Lewis ya nos da una buena pista del entorno en que nos vamos a mover: nos habla de las torres de Zenith, macizas como acantilados, delicadas como varillas de plata, y añade con ironía: «No eran iglesias ni ciudadelas, sino franca y bellamente edificios de oficinas». La época es próspera, la prosperidad genera dinero, el dinero da la felicidad. Babbitt vive en una tranquila zona de clase media, en una casa equipada con todos los avances de la época, decorada con una combinación de colores discreta y agradable, con muebles del mejor gusto, idénticos a los de la casa de al lado, alegres viviendas modernas para ingresos medios. La casa es tan adecuada y brillante que sólo tiene un defecto: no es un hogar.

Allí reside Babbitt con su mujer y sus tres hijos. Es un emprendedor agente inmobiliario de 46 años en una ciudad que vive un auge inmobiliario. Para Babbitt, su automóvil es poesía, amor y heroísmo. Su oficina es su buque pirata, la enseña de su envidiable vida. Sabe tratar a sus empleados y a sus clientes, sabe vender casas por más de lo que la gente puede pagar. Siente un auténtico amor por su vecindario, su ciudad y su clan. Pertenece a cuatro clubs y sus amigos se sienten orgullosos de él y de la gente que es como él. Admira su trabajo por el hecho de que algo tan seguro y hermoso pueda ser obra suya: su oficina le parece una cripta, una capilla de acero donde la holganza y la risa son pecado.

Comienzan los alegres años veinte y reina el optimismo. Todas las semanas se reúnen a cenar los matrimonios amigos, personas trabajadoras y honestas, cuidadosos de su familia y de las buenas costumbres, honrados ciudadanos de estricta moralidad, que de vez en cuando beben alcohol a pesar de estar de acuerdo con la Ley Seca, o le pegan un tiro a su mujer con la pistola que tiene para defenderse de los obreros subversivos.

Babbitt es un perfecto virtuoso de sus vicios: deja de fumar una vez al mes, como ciudadano responsable que es; defiende una dieta equilibrada aunque más de una vez se tome una buena chuleta de carnero y un buen dulce; reconoce que el alcohol debe prohibirse para no disminuir la productividad del obrero, pero un buen cocktail puede ser excitante rodeado de buenos amigos. Nada de eso importa cuando se es benefactor de la iglesia, un buen feligrés, un desinteresado patriota que apoya al candidato republicano que borrará a la bazofia socialista de las fábricas.

¿Tiene George F. Babbitt algún defecto? Es un denodado polemista, un gran orador, podría llegar a ser gobernador del Estado. Lo único que le interesa es acabar con la estandarización del pensamiento, con los convencionalismos. Sinclair Lewis no cesa de darnos detalles minuciosos de su protagonista y de la sociedad en la que vive. Todo parece perfecto, y sin embargo, conforme avanzamos en la lectura comprobamos que hay algo que no encaja: nadie parece contar con el aburrimiento. Se va desgranando episodio tras episodio de la vida de Babbitt y vemos que detrás de la fachada de la honorabilidad sólo existe conformismo, vacuidad, nada. Hay algo inquietante en el retrato feroz que hace Sinclair Lewis del ciudadano medio: sentimos que a ese hombre lo conocemos, que esa ciudad la hemos pisado alguna vez, que esa sociedad también es la nuestra. Han pasado más de 90 años desde la publicación de la novela, pero parece que hubiera sido escrita ayer, con la valentía de un escritor que sabe denunciar el orden artificial de las cosas.

La descripción que hace Sinclair Lewis de la sociedad es demoledor. La caracterización del individuo medio puritano, deseoso de riquezas y de figurar en la sociedad, es brutal. Pocas veces nos ha sido dado leer una radiografía tan cruda de la mezquindad de la clase media dirigente, de la sociedad filistea en la que el rango y el dinero adquieren la pátina de respetabilidad que antes estaba atribuida a la cultura. Y todo ello, construyendo un personaje lleno de matices y de encanto, que nos lleva satisfecho de la mano por su entramado social de hipocresías, doble moral, opiniones vulgares y conveniencias. Babbitt es una obra maestra que ha sabido permanecer en el tiempo como un espejo que refleja la mediocridad de un mundo artificial basado en la apariencia, un mundo que, desde hace muchas décadas, no ha cambiado.

Babbitt. Sinclair Lewis. Nórdica Libros.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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