Bajo la red, de Irish Murdoch: Las máscaras del amor

Bajo la red. Irish Murdoch. Reseña de Cicutadry

Bajo la red fue la primera novela publicada por Irish Murdoch, en 1954. Desde sus comienzos, la escritora irlandesa supo tomar el testigo de los grandes novelistas ingleses, desde Jane Austen a Charles Dickens, y le añadió ese peculiar sentido del humor de los escritores irlandeses, encabezados por Oscar Wilde, James Joyce o George Bernard Shaw. A esto habría que sumarle su particular forma de hacer desenvolverse a sus personajes, como si de una comedia de Shakespeare se tratase. Y aún así, Irish Murdoch fue mucho más que una gran novelista.

La filósofa que escribía obras de ficción

Que su primer libro publicado fuera el primer ensayo que se escribió en inglés sobre Jean-Paul Sartre, dice mucho de Irish Murdoch. La irlandesa se había doctorado en Filosofía y daba clases de esta disciplina antes de dedicarse a la ficción.

No abandonó su vertiente filosófica para escribir novelas. Y en apariencia resulta extraño decir esto porque un primer vistazo a su producción literaria no parece indicar una evidente profundidad de pensamiento.

Solo conforme el lector se va adentrando en sus novelas, va comprobando el calado filosófico en el que se debaten sus personajes. Pero, como decíamos anteriormente, Irish Murdoch supo inspirarse en la gran tradición de la novela inglesa para que el peso de las ideas no lastrara sus narraciones, evitando hacerlas pesadas o farragosas.

Es curioso que su admiración por Jean-Paul Sartre no la llevara a escribir una obra como La náusea, a pesar de que Bajo la red contiene tanta filosofía existencialista como la novela de Sartre, incluso me atrevería a decir que aún de mayor calado.

El humor británico

¿Cómo se puede escribir una novela filosófica sin que se note absolutamente nada? Irish Murdoch tomó la decisión de incluir el humor en sus novelas. Un humor, digamos, británico, y más aún, concretamente irlandés.

A los personajes de Irish Murdoch les ocurre de todo, se meten en todos los berenjenales posibles y viven bajo la duda metódica todo el tiempo, pero gracias a la distancia que Irish Murdoch es capaz de imprimir al relato, lo que son en principio tribulaciones se convierten en pura ironía.

Es asombrosa la capacidad de Irish Murdoch para mantener la sonrisa del lector mientras que sus personajes están pasando calamidades o están cometiendo estupideces. Cualquier otro autor rezumaría solemnidad, pero Irish Murdoch evita cualquier tipo de seriedad gracias a su infinita compasión con sus personajes.

Una novela accesible

Bajo la red no es posiblemente la mejor novela de Irish Murdoch. En los años 70 publicaría obras maestras que la encumbraron como la mejor autora en lengua inglesa. Pero Bajo la red tiene la virtud de enseñar las grandes facultades de la escritora irlandesa, que se repetirían en sus novelas posteriores, ya que hay que decir que todas las obras de Irish Murdoch tienen un parecido más que razonable entre ellas.

Por tanto, Bajo la red, en su calidad de primera novela accesible, es la mejor manera de acercarse al peculiar mundo de Irish Murdoch. Y ese mundo tan particular y regocijante lo comenzó con un personaje memorable, James Donaghue.

Haremos que sea la propia Irish Murdoch la que nos presente a su protagonista, cosa que, por cierto, hace bien entrada la novela, cuando ya hemos conocido unas cuantas fatalidades por las que ha pasado:

Quizá sea este el momento de contarles algo sobre mí. Me llamo James Donaghue, pero no vale la pena que piensen mucho en ello, ya que solo he estado en Dublín una vez, borracho perdido de whisky, y únicamente vi la luz del día en dos ocasiones: una cuando me soltaron de la comisaría de Store Street, y otra cuando Finn me metió en el barco para Holyhead. Tengo algo más de treinta año y talento, pero soy perezoso. Hago trabajos literarios por encargo y solo unos pocos trabajos de creación, los mínimos posibles.(…) En cualquier caso, lo más importante para el objeto de este relato es que tengo los nervios destrozados. Lo que no importa es cómo ocurrió. Esa es otra historia, y no pienso contarles toda mi vida.

Los nervios destrozados

Ese es el problema de Jack Donaghue: que tiene los nervios destrozados. ¿Y por qué los tiene destrozados? Porque no soporta estar solo. Necesita de los demás imperiosamente, y no precisamente porque necesite sentirse querido o admirado, sino porque es un vago.

Digamos que no es un vago de libro, un vago tipo eslavo, sino un hombre perezoso que prefiere que los demás le arreglen la vida en lugar de apañárselas él solo. Tampoco es que sea un parásito; simplemente, el tiempo y las energías que gasta en que los demás le arreglen la vida no lo dedica a buscársela por sí mismo.

Para que entienda el lector la dimensión filosófica de la novela, estamos ante un personaje que nos plantea una situación de lo más interesante: un hombre con talento e ingenio que derrocha su vida en buscarse en los demás porque es incapaz de mirarse a sí mismo.

Un extraña ética

Para Jack Donaghue existe una ética estricta, pero curiosamente es la contraria a la que siempre se ha defendido desde el ámbito filosófico y religioso; para el protagonista de Bajo la red, la formulación ética sería: “Que te hagan los demás lo que te gustaría hacer contigo”.

Sobre esta base filosófica, Jack Donaghue comenzará un periplo por Londres en busca de alguien que quiera cobijarlo en su casa –sería más fácil que él alquilara un alojamiento, pero Jack es así- y para ello comienza a mendigar atención a todas sus novias pasadas y presentes, y a sus amigos presentes, pasados y futuros.

Un irlandés en Londres

Curiosamente, lo primero que nos regala este asombroso periplo es el magnífico escenario de Londres. Ya dijimos al comienzo que Irish Murdoch mueve a sus personajes con la facilidad con que Shakespeare movía a los suyos en las tablas.

Para quienes conocemos Londres, esta novela es un lujo. Pocas veces he leído una obra que presente un Londres más luminoso y brillante. Jack Donaghue no para de moverse por todo Londres, incluso se baña en las aguas del Támesis, y en todo momento la ciudad aparece esplendorosa.

Ese amor de la autora hacia Londres es, de alguna manera, la única forma de amor gratificante que veremos en la novela, puesto que de amor, o de las máscaras del amor, es de lo que verdaderamente trata Bajo la red.

Las máscaras del amor

Hay una frase en la novela que, para mí, resume toda una experiencia sobre el amor:

¡Oh, el amor, el amor! Qué cansada estoy de esa palabra. ¿Qué ha significado para mí el amor, sino escaleras crujientes en casas de otras personas?

Una definición excelente: “Escaleras crujientes en casas de otras personas”. Todo una síntesis de la cara más decepcionante del amor.

De esa decepción sobre la condición humana hay altas dosis en la novela, que se podrían sintetizar en este breve párrafo del protagonista:

¿Cuándo conocemos a un ser humano? Tal vez solo cuando uno ha comprobado la imposibilidad de conocerlo y ha renunciado al deseo de ello y al final ni siquiera siente su necesidad. Pero lo que uno consigue ya no es conocimiento, es simplemente una especie de coexistencia; y ésa también es una de las máscaras del amor.

Con una excelente galería de personajes secundarios, que se cruzan una y otra vez en el camino de Jack Donaghue –o más bien, es él el que se cruza con los demás- la novela transcurre entre las muchas formas de relaciones humanas, y como buena irlandesa, Irish Murdoch termina por concluir que el único sentimiento satisfactorio entre dos personas es el de la amistad.

Pero todo ese calado filosófico o psicológico no crean que es explícito en la novela: es como su corolario, como ese tema de fondo que prestigia un texto mientras el lector se divierte con el calamitoso personaje que busca problemas donde no los hay, pero cuya personalidad nos cautiva y nos seduce con esa peculiar visión de la vida de los irlandeses, tan encantadora.

Bajo la red. Irish Murdoch. Impedimenta

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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