Barrabás, de Par Lagerkvist: el drama del incrédulo o la ausencia de fe

LagerkvistEn contra de lo que pueda parecer a primera vista, la novela de Par Lagerkvist no pretende ofrecernos la figura de Barrabás como la de un converso que ha visto la luz tras haber llevado una vida de disipación y ser liberado en el lugar de Jesucristo. Lagerkvist escoge un punto de vista que me parece muy interesante: el de un hombre que nos muestra su perplejidad desde el mismo momento en que es liberado de morir. Desde el día de su liberación se cruza con gente que lo señala y lo insulta por haber sido indultado mientras que la otra persona, un tal Jesús, de quien él nunca ha oído hablar, parece despertar la admiración y el respeto de todos los que ahora lo señalan a él con desprecio. Así pues, asistimos a la estupefacción de un hombre que siente curiosidad por acercarse un poco a la figura de aquel por quien le fue conmutada la pena de muerte. Y ese desconcierto es porque Barrabás no entiende si tras aquella muerte se esconde un sentido o un mensaje que él deba recoger. Al comienzo de la novela podemos leer:

…no llegaba a comprender que se trataba de un preso y que había sido condenado a muerte, exactamente como él. No comprendía nada. El asunto, por supuesto, no le interesaba: pero ¿cómo se podía condenar así? El hombre era inocente, sin duda.

Sin embargo, lo habían crucificado, mientras que a él le habían quitado las cadenas y lo habían declarado libre. En suma, nada podía hacer. Era asunto de ellos. Tenían el derecho de elegir a quien se les antojara, y así habían procedido. De los dos condenados, uno debía ser indultado. Él fue el primer sorprendido por la elección.

Acostumbrado a vivir de forma anárquica, sin reglas, sin leyes, la muerte de Jesús provoca en Barrabás un deseo, más que de redención, de búsqueda de un sentido para su propia vida. Barrabás tratará de reinventarse a sí mismo, aunque fracase repetidas veces en el intento. Si el otro hombre era inocente, reflexiona uno de los personajes, eso significa que “debemos reconocer que los culpables somos nosotros”.

La culpa, la oscuridad y el escepticismo son las tres líneas maestras de esta narración. Barrabás es un ateo que no comprende que haya alguien dispuesto a morir en nombre de los demás, como le cuentan muchos que hizo Jesús. Barrabás se siente extraño al oír a terceras personas referir la historia de la muerte de Jesús, porque él estuvo allí y sabe perfectamente lo que sucedió. Lo que no entiende es la trascendencia de aquella muerte y siente que el papel que él ha desempeñado no deja de ser una losa que le tocará arrastrar hasta el día de su propia muerte. Sin embargo, el acontecimiento que trastoca su vida, no cambia el fondo de su personaje: Barrabás sigue siendo un ladrón y  un asesino y, de hecho, hay un  momento de la narración en que lo capturan y lo condenan a servir como esclavo. Allí conocerá a Sahak, otro esclavo que le hablará de Jesús y por quien llevará escrito en el reverso del cartel con sus nombres un a inscripción secreta que dice «Christos Jesús». Cuando  un procurador romano descubre esa inscripción, interroga primero a Sahak y luego a Barrabás por el sentido de esa inscripción, en uno de los mejores momentos del libro:

…Luego se puso delante de Barrabás y, dando vuelta del mismo modo la placa de este último, preguntó:

—¿Y tú? ¿Crees tú también en ese Dios de amor?

Barrabás no contestó.

—Habla. ¿Crees en Él?

Barrabás meneó negativamente la cabeza.

—¿No? Entonces ¿por qué llevas su nombre en la placa?

Barrabás seguía mudo.

—¿No es tu Dios? ¿Acaso no significa eso la inscripción?

—Yo no tengo Dios -contestó por fin Barrabás, en voz tan baja que apenas se le podía oír. Pero Sahak y el romano lo oyeron, y Sahak le dirigió una mirada tan desesperada, tan llena de dolorosa estupefacción por aquellas palabras increíbles, que Barrabás, a pesar de no haber afrontado semejante mirada, se sintió traspasado hasta lo más hondo del ser.

También el romano pareció sorprendido.

—No comprendo dijo-. ¿Por qué llevas entonces ese «Christos Jesús» grabado en la placa?

—Porque yo quisiera creer -contestó Barrabás, sin alzar la mirada hacia ninguno de los dos.

Barrabás nos revela el lado trágico y terrible del incrédulo: existe un deseo de acercamiento, de querer comprender, o incluso de querer creer, pero para Barrabás es completamente imposible. Este planteamiento sedujo a muchos autores de la época cuando la novela fue publicada, incluso cuando se tratara de autores no creyentes, como fue el caso del Premio Nobel André Gide, que leyó la traducción al francés que una editorial le había proporcionado y recomendó de forma entusiasta su publicación. Dicho sea entre paréntesis, Par Lagerkvist también fue galardonado con el Premio Nobel en 1951, cuatro años después que Gide. Pese a ello, Lagerkvist no es excesivamente conocido y existen muy pocos libros suyos traducidos al español, pero precisamente de entre todos ellos, Barrabás es el más conocido por la adaptación cinematográfica que llevó a cabo Richard Fleischer en 1961 con un espectacular Anthony Quinn como protagonista absoluto .

Una de las escenas más conmovedoras y terribles es al final, cuando Barrabás es condenado a morir crucificado, como la persona por la que le fue conmutada la pena de muerte, y cerrando así una especie de ciclo más o menos lógico. Gide hablaba de este fragmento final con fascinación, pues, en su opinión, nos desvela a un Barrabás que muere manteniendo su espíritu escéptico, sin poder creer, y entregando su alma a las tinieblas, es decir, a la oscuridad, a la nada. No obstante, hay quien interpreta esta escena de un modo muy diferente, en el sentido de que ven en ella una conversión final. Ambas interpretaciones pueden ser plausibles, pues lo cierto es que existe una deliberada ambigüedad del autor cuando emplea la oración “como si a ellas les hablase”, refiriéndose a las tinieblas. Les dejo que juzguen por sí mismos, aunque, de cualquiera de las formas, Barrabás es sin lugar a dudas una novela excepcional, magistralmente escrita:

Los llevaron para crucificarlos. Fueron encadenados de dos en dos; pero como no había número par, Barrabás, que caminaba a la cola del cortejo, fue encadenado solo. El azar lo quiso así. Y se encontró solo al final de la fila de las cruces.

Había mucha gente y mucho tiempo pasó antes que todo hubiese concluido. Pero los crucificados no cesaban de dirigirse palabras de consuelo y de esperanza. A Barrabás nadie le hablaba.

A la hora del crepúsculo los espectadores ya se habían marchado, fatigados de estar allí, de pie. Y por otra parte, todos los condenados habían muerto.

Sólo Barrabás seguía colgado, con vida aún. Cuando sintió llegar la muerte, a la que siempre había tenido tanto miedo, dijo en las tinieblas, como si a ellas hablase:

—A ti encomiendo mi espíritu.

Y entregó su alma.

Barrabás. Par Lagerkvist. Alianza Editorial

Acerca de Jaime Molina

Jaime Molina
Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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