Borges, el otro, el mismo

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Al otro, a Borges, era a quien le ocurrían las cosas. Yo me demoro en las librerías de viejo de las ciudades que visito tratando de descubrir, acaso ya mecánicamente, alguna edición de un libro suyo que aún no conozca. El otro imaginó una Biblioteca compuesta por libros de cuatrocientas diez páginas, cuarenta renglones en cada página y ochenta letras en cada renglón que permitían todas las posibles combinaciones de veinticinco signos ortográficos. A mí se me ha dado la infinita misión de fatigar las páginas informes de la Red (que otros llaman el Texto), en idiomas que ignoro, por espacios con enlaces que se bifurcan, para buscar una nueva referencia, un escrito recuperado, la lista definitiva de todas sus reseñas, de cada palabra que él escribió y que sólo el azar, o lo que engañosamente denominamos azar, puede redimir del abandono.
 
Convencido de que siempre hay una forma de burlar el juego, trato de enmendar esa broma cabalística que lo llevó a llamar Completas a unas cuantas de sus Obras, quizás esperando que alguien como yo escribiera un prólogo que contuviera no sólo la obra, sino el espíritu de la obra, los comentarios de sus textos, la refutación de esos comentarios, la crítica a esas refutaciones, de manera que la propia obra fuera innecesaria y cayera definitivamente en el olvido. Por eso, tal vez, me guste la perfección de los laberintos y de las rayas de los tigres, la certeza de los espejos y del filo de las espadas, la precisión de la prosa de Kipling, y no como al otro, que compartía conmigo esas preferencias, pero de un modo vanidoso que lo convertía en un personaje de sí mismo.
 
Alguna vez quise escribir como él y dejar de tener esta existencia vicaria que me anula y me margina, pero no caí en la tentación de leer sus propios cuentos. Para eso, en muchas noches de insomnio que sólo la labor obsesiva de escribir notas al margen pudo aliviar, estudié con detenimiento ciertas obras fundamentales: la poesía completa de Lugones; una novela casi críptica de Macedonio Fernández; el Paraíso perdido de Milton, en una edición española de 1693; determinados pasajes de la obra inmortal que escribieron los hombres que llamamos Homero; la traducción que sir Richard Burton hizo del Libro de las Mil Noches y Una Noche; la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland; un estudio comparativo entre las Églogas de Jacopo Sannazaro y La Guerra de los Mundos de Wells; dos notas apócrifas sobre un análisis del ritmo poético de la Völsunga Saga (1796); la correspondencia entre Mosco de Siracusa y Tales de Mileto, con un breve prefacio de Coleridge; un opúsculo de Cyrilus Ossean titulado Die Negation als Ausdrucksform mit besonderer Berücksichtigung; algunos aforismos de Chesterton acerca de las convenciones y los gatos.
 
No quiero cansar al paciente lector con otras obras de menor importancia que me llevaron por fin al momento en que empecé a escribir mi primer cuento, ni creo que sea necesario reconocer que a pesar de empeñar todos mis esfuerzos no logré comenzarlo con esta frase: “El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbusch y Loewnthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto“. Nada me cuesta confesar que podría haber logrado mejores páginas que el otro, pero no las mismas, que a él lo han salvado y a mí sólo me dejaron esta vana costumbre de sentirme desconsolado. Yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algunas de mis páginas podrán sobrevivir en el otro y perfeccionarlo en su gloria. Poco a poco voy reconstruyendo su vasta vida a través del espejo y la memoria, me convierto en un hombre trabajado por el tiempo, un hombre que ha aprendido a agradecer las modestas limosnas del destino: una vieja parábola sobre mariposas y guerreros, la lectura de la Cosmogonía de Snorri Sturluson, una descripción de la batalla de Chacabuco, la metáfora “And miles to go before I sleep“, la identidad del soldado por cuyo amor desfalleció Matilde Urbach, comprender que la vigilia es otro sueño que sueña con no soñar.
 
Angelus Silesius entendió que para seguir leyendo, habría de ser uno mismo el libro y también la esencia del libro. Yo he de desvanecerme en Borges, no permanecer en mí (si es que alguien soy yo), y cada vez me reconozco más en las milongas y el arrabal, fui cambiando poco a poco la dulce sonoridad del italiano por el rudo sajón, la poesía de Machado por los torpes versos de Evaristo Carriego, la exactitud de los relojes por los juegos con el tiempo y el infinito, estas sombras que se alzan sobre el incesante galope de mis dioptrías, los espejos en los que ya apenas me entreveo, estas gafas inútiles que voy perdiendo la costumbre de ponerme.
 
Ya no podré leer a Shakespeare ni a Spinoza, porque esos autores eran de Borges, que los falseaba y los magnificaba, y tendré que ponerme a hacer cualquier cosa inútil. Ya no habrá sino recuerdos, tardes merecidas por la pena, noches que serán la misma noche. Nadie pierde sino lo que no tiene y no ha tenido nunca, y yo sólo tuve la fiel memoria, que ya es del otro. Solo me queda la esperanza de que la muerte nos iguale, que no el olvido.
 

 

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

Un comentario

  1. Avatar

    Magnífica entrada. Hacía tiempo que no leía un artículo tan bueno sobre Borges, y menos uno en que mezclara la opinión con la narrativa. Todo un hallazgo.

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