Brooklin Follies. Paul Auster

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Las novelas de Auster suelen contener ciertos elementos comunes: el azar, la enfermedad, la vejez, la muerte, un suceso terrible con un positivo resultado económico, como una herencia o una fuerte indemnización de una compañía de seguros, una extraña fundación… varios de estos elementos se citan en «The Brooklyn Follies», Las locuras de Brooklyn, barrio de Nueva York donde precisamente reside habitualmente Paul Auster con su familia.

Pero ahí acaban todas las similitudes con la obra anterior de Auster. Porque esta novela tiene un final feliz, muchos finales felices, otros no tanto, pero sí una serie de sucesos que nos hacen sonreír y apagar la luz para dormir un poco más tranquilos. Auster así ha cambiado de registro otra vez, para mostrarnos una cara amable que a lo mejor desconocíamos, pero que al menos yo disfrutaba en sus personajes. Porque todos ellos son tratados con mimo y grandes cuidados en la construcción de sus narraciones. Los libros de Auster son siempre fáciles de leer, y eso no es sencillo de conseguir. A veces se puede pensar que leer fluidamente una serie de acontecimientos, mejor dicho, la gran variedad de acontecimientos que desfilan en esta novela, es tan sencillo como escribirlos. La historia está narrada por Nathan Glass, jubilado, divorciado, ignorado por su hija, un fracasado sentimental, que acaba de salir de un tratamiento de cáncer de pulmón y que se muda a Brooklyn para morir. Parece el inicio de otro de sus libros pesimistas y que arrastran un destino fatal. Un hombre solitario golpeado por el destino y, según él mismo nos cuenta, destinado a la incomprensión y a la soledad. Pero no es así.

Nat empieza a narrar una serie de sucesos desde su mudanza, reencuentra a su sobrino Tom, otro fracasado en su intento de realizar una carrera académica, y retoman una amistad contándose las historias de sus propias vidas. Y estos personajes no dejan de recordarme a Don Quijote y Sancho Panza, uno alto y delgado, el otro grueso y bajo, en su labor de desfacer entuertos en el siglo XXI, labor que consiste en sobrevivir. Esta vez el más letrado y enfermo por los libros en Tom, mientras el práctico y parlanchín es Nathan.

La novela se dedica a presentar una serie de personajes de una forma magistral, tal y como viene siendo habitual en Auster. Éstos empiezan a mezclarse en la vida de Nat, con sus historias y vicisitudes más o menos sorprendentes, y alcanzan a formar una especie de familia posmoderna, fuera del uso convencional de la palabra. Todos ellos acaban encajando en su sitio, un sitio más o menos adaptado a su naturaleza y necesidades, recalando en Brooklyn. Acaban encontrando la felicidad, una felicidad normal (si exceptuamos la increíble herencia y el drama de una defunción), de diario. Algo que es tan difícil de conseguir como imposible de mantener para siempre. Una vez alcanzado ese clímax, parece que todo se va a desbaratar, pero una vez más resiste a los embates del pesimismo.

En «The Brooklyn Follies» Auster abre algunas puertas, corredores y pasillos por los que parece que va a transcurrir la trama, pero que se cierran una vez que nos resultan plausibles, como el final trágico que nos escamotea. Un elegante truco para mantenernos atentos a la lectura, porque todo no es tan previsible como parece. Todo ello acaba con la referencia del próximo ataque suicida al World Trade Center del 11 de septiembre. Así la paradoja del libro se cierra sobre sí misma: a pesar de las desgracias de los demás, e incluso la de nosotros mismos, hay que sobrevivir. Y de hecho se sobrevive.

Este libro entronca más con sus obras costumbristas contemporáneas, como «Smoke», que con su imprescindibles «Trilogía de Nueva York» o «Leviatán». No sorprende, no nos da el zarpazo al que nos tiene acostumbrado, pero al final de la obra Auster no ofrece un guiño final, donde el significado de la obra se aclara para las mentes más obtusas (no es un insulto, yo tengo una de ésas) y nos confirma que efectivamente se trata de una novela sobre gente normal, quizá una promesa no explícita a su hija Sophie, a quien dedica el libro.

Haciendo eco del título, the follies son piezas teatrales similares a nuestras revistas, con baile, música, y una trama ligera, un simple entretenimiento para nuestras apesadumbradas vidas. ¿Ha sido éste el propósito de Auster? No lo sé, pero en mi caso lo ha conseguido. En definitiva, los críticos de Auster tendrán más todavía que criticar, y sus admiradores, entre los que me encuentro, una pieza más de su variada actividad creadora.

Brooklin Follies. Paul Auster. Anagrama.

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