Crónica de la ciudad de piedra. Ismail Kadaré: la guerra vista por un niño

Crónica de la ciudad de piedra. Ismail KadaréQuien decida leerse la espléndida novela de Crónica de la ciudad de piedra, sin duda se adentrará de cabeza en el estilo narrativo de este peculiar y genial escritor albanés, aunque con una perspectiva algo diferente de otras novelas que ya había leído antes de este escritor, en las que el estilo es, por así decirlo, más metafórico y más cercano al universo kafkiano que, sin lugar a dudas, es una influencia predominante en toda su trayectoria literaria. Lo primero que me sorprendió de esta novela, como digo, es que Kadaré se aleja un poco de esos esquemas y construye una historia con tintes biográficos basada en sus vivencias durante la Segunda Guerra Mundial, haciendo ciertas concesiones que tienden a una prosa, por momentos, impregnada de un cierto lirismo y que parece evocar melancólicamente un pasado del todo perdido salvo en los recuerdos del narrador. Podría decirse que Crónica de la ciudad de piedra es en el fondo una reconstrucción de la memoria en la que Kadaré trata de evocar rostros y nombres de familiares, amigos y vecinos que convivieron con él en un periodo sin duda dramático para buena parte de Europa, asolada por una guerra desgarradora y cruel.

El mismo autor admitió que Crónica de la ciudad de piedra alude a su bella ciudad natal, Gjirokastra, y en ella se nos narran los días de la Segunda Guerra Mundial vistos a través de los ojos de un niño asustado y perplejo. Huelga decir que ese niño no es otro que el propio Kadaré, quien por aquella época tendría siete u ocho años. El narrador nos relata los dramáticos acontecimientos que comienzan a devenir sobre su tranquila ciudad poblada principalmente por gente sencilla y humilde y que no alcanzan a entender cuanto sucede a su alrededor. En ese aspecto sí que resulta identificable el Kadaré que yo conocía a través de otras magníficas obras como la inconmensurable El palacio de los sueños, y me refiero a la crítica, patente pero no del todo explícita, que se hace del poder, de la política y de la tiranía. «Bajo el miedo no se puede  crear nada«, explicó Kadaré en una entrevista, aunque él mismo, con su producción literaria contradiga esa afirmación, pues la mayor parte de su obra la escribió viviendo en Albania, en una larga dictadura.

La ciudad se nos rebela como la auténtica protagonista de esta historia en la que ningún personaje destaca sobre otro. A lo largo de las páginas el lector descubrirá como Gjirokastra se convierte, de la noche a la mañana, en un auténtico caos, pues su posición estratégica hace que su control esté ambicionado por todos los bandos en conflicto. De este modo, la ciudad es sucesivamente invadida y bombardeada por fuerzas griegas, italianas, británicas o alemanas, llegando a un punto en el que los propios albaneses que viven en ella no saben a ciencia cierta quién la domina en cada momento. Para añadir más tensión al caos, a la guerra se suman las guerrillas, y comienzan a parecer guerrilleros partisanos liderados principalmente por miembros del partido comunista, que tratan de oponerse a las invasiones. Entre esos guerrilleros destaca la figura de Enver Hoxha, que, como es sabido, se erigió en el líder de la resistencia albana y, finalizada la guerra, ocupo el cargo de primer ministro hasta su muerte, en 1985.

La novela nos describe de una forma absolutamente impactante y desgarradora los bombardeos que destruyen piedra por piedra cada uno de los muros de la ciudad, pero Kadaré sabe dosificar esa dureza de una forma magistral dotándola de un lirismo bellísimo que es el que nos transmite la mirada inocente del niño que nos va desgranando una historia en la que no faltan enamoramientos, rencores familiares, traiciones, y barbarie por doquier. Un ejemplo de esa mezcla de horror y lirismo puede apreciarse en el siguiente fragmento:

Por la carretera seguían desfilando las largas columnas que parecían no tener fin. La ciudad estaba enteramente embadurnada de lodo.

-¡Qué monstruosidad es ésta, querida Selfixe! -dijo la tía Xemo, que vino de visita precisamente en aquellos días-. El mundo entero se ha vuelto barro y lodo.

-¿Qué quieres? Así es como se van las monarquías -dijo la abuela.

-Se van. Unos se van y otros llegan. Al marchar no dejan más que barro y lodo.

La ciudad estaba verdaderamente espantosa. El color rojizo del barro no encajaba en absoluto con su gris solemne. Italia, al capitular, lo salpicaba todo de barro, igual que las ruedas traseras de un camión.

Yo permanecía ante los ventanales de la segunda planta y observaba el trajín. Pensaba que, mientras que el viento de invierno había arrancado los harapos a Grecia, a Italia la ahogaba con barro.

Una barbarie que los adultos tratan de esconder o al menos suavizar a los niños que se ven obligados a convivir con ella. “No permitáis que los niños vean esto”, dicen varios personajes en distintos momentos de la novela, tratando de ocultar o cubrir los cuerpos descuartizados por las bombas, masacrados por la violencia de los soldados, una violencia que será el caldo de cultivo perfecto para que emerja una sociedad hundida y descompuesta por tiranos que, bajo falsas promesas, empeorarán todavía más las vidas y las esperanzas de una gente que no tiene otro deseo que el de vivir en paz. El totalitarismo es un tema recurrente en toda la producción de Kadaré y lo podemos ver en el retrato que hace en sus obras de un mundo que parece abocado a vivir bajo el yugo del miedo y de la opresión. Y en ese marco, la ciudad de piedra se nos presenta casi como un organismo vivo por el que circulan seres que tratan de sobrellevar el dolor y el sufrimiento lo mejor que pueden, con una dignidad tan frágil como los muros de las casas que son abatidos por bombarderos. No se me ocurre mejor modo para acabar esta reseña que citando al propio autor, con el texto que abre este libro:

Era una ciudad sorprendente que, como un ser prehistórico, parecía haber surgido bruscamente en el valle en una noche de invierno para escalar penosamente la falda de la montaña. Todo en ella era viejo y pétreo, desde las calles y las fuentes hasta los tejados de sus soberbias casas seculares, cubiertos de losas de piedra gris semejantes a escamas gigantescas. Resultaba difícil creer que bajo aquella formidable coraza subsistiera y se renovara la carne tierna de la vida.

Crónica de la ciudad de piedra. Ismail Kadaré. Alianza Editorial

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Acerca de Jaime Molina

Jaime Molina
Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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