The Master. Retrato del novelista adulto. Colm Tóibín: El fracaso de una pasión

Decía Borges, acerca de las biografías: “Que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero, es una paradoja evidente”; si esos recuerdos además son inventados, la paradoja es aún mayor. The Master. Retrato del novelista adulto (2004) fue el intento del escritor irlandés Colm Tóibín por captar la esencia de otro escritor, Henry James, tratándolo como personaje pero también como artista cuya vida es conocida casi exclusivamente por las más de 10.000 cartas que se conservan de él.

Imaginar la vida de un hombre que guardó con celo su intimidad es difícil; hacer revivir en una novela a un escritor cuya aventura personal se limitó exclusivamente a su arte, es quizás más complejo; queremos decir con ello que la vida de Henry James como hombre fue de una mediocridad absoluta, no muy diferente a la de cualquier persona de a pie. Si acaso lo que más interés puede suscitar de él fue lo que no hizo, y en este hecho es donde se apoya Colm Tóibín para motivar la curiosidad de los lectores.

Lo que no hizo Henry James, por ejemplo, fue casarse. Mantuvo una soltería voluntaria parecida a la de Flaubert, pero a diferencia de éste, le agregó el celibato y un obstinado desinterés por el sexo. Colm Tóibín imagina un conflicto en la identidad sexual de James, o más bien lo sugiere. En este sentido, la homosexualidad de Tóibín indaga en los posibles episodios homoeróticos que se dejan entrever en la biografía de su personaje y los deja caer sin ningún tipo de sensacionalismo, manteniendo ese mismo tono discreto que el propio James dio a su existencia.

El primer episodio lo sitúa en una calle de París, de noche, bajo el edificio de su amigo Paul Joukowsky, devoto de Wagner. Henry James espera en la acera a que el joven se asome a la ventana. Con extrema sutileza, no sabemos qué hace en esa calle parisina, cómo ha llegado hasta allí, por qué espera en vez de subir: Colm Tóibín tiene la destreza de ponernos en una situación sutil e incómoda frente a un personaje cuya principal característica es la pasividad. Henry James espera; así va a ser el personaje que inventa en la novela: siempre esperando algo, siempre observando algo; en definitiva, un espectador de la vida al que las cosas le suceden.

De la misma forma aborda la amistad con el sensual escultor noruego Hendrick C. Andersen. No hay una sola situación explícita en el texto. Los que conocemos la biografía del hombre Henry James sabemos que mantuvo una apasionada correspondencia con el artista, pero quien se acerque a esta novela solo verá indicios, tal vez una inclinación reprimida por su mismo sexo, como ese otro episodio, más desarrollado, en el que James tiene que dormir una noche con un amigo que acaba de volver de la Guerra Civil americana: en un establecimiento de mala muerte solo les han dado una cama individual para los dos, y Holmes, acostumbrado a las penurias de los campamentos improvisados, viril y desinhibido, se acuesta desnudo.

Colm Tóibín imagina al joven James en el momento de desvestirse, atenazado por la perspectiva de pegar su cuerpo con el de su compañero, pendiente de su respiración, esperando que duerma para sentirse aliviado del peso de una culpa que solo está en su mente, como esa otra culpa que no puede olvidar, el del ser aún joven y apto para luchar por las ideas de libertad de su país en lugar de fingir un dolor de espalda que lo ha exonerado del reclutamiento. Sus dos hermanos, Bob y Wilky están sufriendo en el campo de batalla, mientras él, mimado, protegido por su madre, se desplaza para pasar una temporada junto a sus primas Temple, huérfanas y alegres.

Entre ellas destaca Minny, una chica inteligente, ingeniosa y dulce. Entre ellos siempre ha habido una relación especial. Ella no se asombra de que el resto de sus acompañantes masculinos hayan luchado en la guerra; se queda con la delicadeza de Henry, con su extrema sensibilidad. Poco después, cuando ella cae enferma de tuberculosis, parece que la sensibilidad de Henry se evapora: él se ha ido a Europa y Minny parece decirle en sus cartas que París sería un buen lugar para morir a su lado, pero Henry apenas presta atención a la delicada solicitud de su prima.

La culpa es esa otra característica que nos describe con detalle Colm Tóibín en su novela: ese sentimiento que parece arrastrar a James con las que pueden considerarse las mujeres de su vida. Primero Minny Temple; después su amiga la escritora Constance Fenimore Woolson, unos años mayor que él, soltera, lúcida y depresiva. Sus encuentros en Italia nos dejan entrever una relación que parece ir más allá de la amistad. Un hecho le da licencia a Colm Tóibín para sospechar: James le pidió a Constance que quemara todas las cartas que se escribieran justo después de leerlas. Ese hermetismo parece ocultar un misterio, el mismo que ella se llevó cuando en Venecia, esperando a que Henry pasara unos días con ella sin que él contestara a sus tímidos requerimientos, se tiró por la ventana de la Casa Semitecolo.

Tóibín consigue sugestionar al lector: sabemos que Constance nombró albacea a James y pidió expresamente a las autoridades venecianas que se sellaran su casa hasta que él llegara. Cuando entra en el apartamento, ya seguimos al personaje Henry James, asustado, temeroso de encontrar una nota que lo incrimine en el suicidio de su amiga, buscando en cajones cartas que lo implicaran, tratando de descubrir señales de su culpa entre los vestidos de ella que más tarde hundirá en la laguna en un fantasmal episodio de ropas que vuelven a la superficie del agua, asomando su última existencia por los costados de la góndola, como reclamándole una atención póstuma por su dueña.

Conforme avanzamos en la lectura comprendemos que el título, The Master, “el maestro”, como fue conocido James al final de su vida, es utilizado por Tóibín como una ironía: los únicos capítulos que nos muestran al James escritor coinciden con los peores de su carrera, cuando fracasó en el teatro con su obra Guy Domville, justo en el momento de esplendor del homosexual Oscar Wilde, justo poco antes de que fuera juzgado por sodomita, defenestrado de la escena pública ante la mirada neutra de un James que solo observa las consecuencias de la caída del escritor, como las de aquella otra caída de su amiga Constance en Venecia.

Es la mirada ambigua de un maestro que solo lo fue en el terreno de las letras, aunque eso tampoco le importó a nadie en su tiempo, cuando lo vio extinguirse pronto en su éxito público. Asombra comprobar cómo Tóibín mantiene el interés prácticamente sobre la nada, cómo convierte a Henry James en un personaje como los que el escritor norteamericano inventaba: como ellos es pasivo, es observador, es insensible. La destreza está en el punto de vista escogido: solo vemos lo que ocurre alrededor de James, como si el mundo, en el que sí suceden cosas, girara alrededor de su eje. Al final, el secreto parece mejor guardado que nunca: en el silencio y la soledad de su casa de Rye, cerca de Dover, James se encierra en su despacho y se dispone a dictar una novela; detrás de sus palabras, solo hay un escritor y una pasión; para nada importa el hombre.

The Master. Retrato del novelista adulto. Colm Tóibín. Edhasa.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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