Cuentos sin libro. Henry James (III): Relatos americanos

Henry James en Newport, 1860.  cuentos sin libro
Henry James en Newport, 1860.

En las dos reseñas anteriores acerca de los pocos cuentos que Henry James no reeditó jamás en forma de libro nos referíamos a la poca consistencia narrativa de sus planteamientos, en su mayoría artificiales o anecdóticos, lejanos de ese estilo propio del escritor estadounidense que pretendía dar la sensación de “cosa vivida”, de representar la vida en toda su profundidad sin pararse apenas en la superficie.

Decíamos que acaso esta ausencia de aliento vital postergó a determinados textos al olvido personal del autor. Sin embargo, entendemos que hay cinco cuentos, todos de ambiente americano, que sufrieron la excesiva dureza con que James juzgaba sus propios trabajos. Son relatos en los que está ya presente esa mirada maliciosa sobre el ser humano tan característica de su narrativa.

Así ocurre en Historia de una obra maestra (The Story of a Masterpiece), publicada en enero y febrero de 1868 y que curiosamente prefigura un hecho que le ocurrió al propio James al final de su vida, como más abajo contaremos. En esta ocasión el relato se localiza en Newport, Rhode Island, donde James había vivido anteriormente, y nos presenta a Mr. Lennox, un viudo sin hijos, distinguido y con gran fortuna, prometido con Miss Everett, una joven bella que con su encanto y buen gusto suple su penosa situación económica. Lennox, hombre de mediana edad y con una cultura considerable, teme que su prometida no lo ame realmente, aunque no tiene motivos fundados para dudar de ella.

Un día pasa por el estudio de un joven artista cuyo talento le había llamado la atención, pero sin embargo se encuentra con otro pintor desconocido que comparte la estancia. Cuando se dispone a mirar el lienzo que está pintando en esos momentos descubre que detrás de aquel retrato que muy bien podría ser el de una condesa del Renacimiento hay un oculto parecido con el rostro de su prometida Marian Everett. Preguntado el pintor si el parecido era o no accidental, éste le contesta que el retrato está hecho con ideas un poco de aquí y de allá y que realmente lo que trata de representar es el sentimiento que le proporcionó un poema de Robert Browning, Mi última duquesa, título que adjudicó al cuadro. Sin embargo, cuando Lennox le enseña la fotografía de Miss Everett reconoce haberla conocido en Italia pero insiste en afirmar que el cuadro lo comenzó antes de saber de su existencia. Aunque el viudo desea adquirir la obra, el pintor le dice que ya se lo ha vendido…a una dama. A pesar de ello, Lennox le pide que haga un retrato de su prometida y el pintor acepta.

La sorpresa inicial se torna en temor cuando, una vez terminado el cuadro, Lennox aprecia que el retrato va más allá del mero parecido físico: hay algo cruel en la obra, unos rasgos duros, fuertes, que reflejan una realidad abrumadora. Tiene la impresión de que el pintor ha extraído de Marian Everett la verdad del fondo de su corazón y lo ha dejado plasmado allí en el lienzo. ¿Quién es ese pintor, que parece conocer mejor a su prometida que él mismo? ¿Y quién es realmente ella? Henry James, muy sabiamente, supo dotar al relato de un elemento perturbador y extraño que le presta un halo de sutil misterio. Un cuadro se interpone entre su prometida y él como una premonición, aunque también puede ser un mero prejuicio inventado por un novio inseguro.

Este relato es posiblemente el primer cuento de Henry James donde asoma su maestría y la extraña percepción de la realidad que supo manejar como nadie. Sorprende que no lo incluyera en ningún volumen porque la calidad de la obra es innegable, aunque lo cierto es que el editor del Galaxy le obligó a modificar el final, incluyendo un último párrafo que desmerece del resto de la narración. En cualquier caso, Henry James había descubierto que el arte puede alcanzar una profundidad en el conocimiento humano que ninguna psicología puede lograr. Tal vez por eso no se extrañaría que el retrato que muchos años después le hizo su amigo John Singer Sargent mostrara un hombre de rasgos duros y decididos, con una mirada penetrante que denotaba una fuerte voluntad, casi una obstinación por observar la vida desde un pedestal, en lugar del hombre enfermo y apocado de mirada perdida que, delante del pintor, estaba posando para la posteridad.

El siguiente relato trata de uno de los elementos más perturbadores en la vida corriente: el malentendido. Uno cree algo que en realidad no es cierto o, lo que es peor, que quizás no sea cierto, o que hay algo que contradice ligeramente la creencia. Así le ocurre al protagonista de La venganza de Osborne (Osborne’s Revenge), publicado en julio de 1868. Philip Osborne y Robert Graham son amigos íntimos. El último ha ido a pasar el verano a unos manantiales medicinales en las afueras de Nueva York. En una breve carta a la vez que le comunica que su salud no es buena, le confiesa a Osborne que se encuentra hechizado por una joven. Éste, preocupado por esa mala salud, se acerca a ver a una amiga, Mrs. Dodd, que acaba de regresar del manantial y conoce a Graham. Las noticias que recibe de ella no son alentadoras: una joven, Miss Cogreve, ha conquistado el corazón del pobre Graham, ha alentado sus avances pero al mes, cuando ya se esperaba el anuncio del compromiso, ella lo ha dejado por otro apuesto caballero del Oeste.

La vuelta a Nueva York de Robert Graham tranquiliza a Osborne: lo ve bien de salud aunque muy desalentado por la traición de Henrietta Congreve. Su mente está confusa y es evidente que ha caído en las redes de seducción de la joven para después ser despachado como un vulgar trapo. Días después Osborne recibe una carta de su amigo en la que se despide de él: ha decidido suicidarse, deprimido por su autodesprecio.

Como indica el título de la obra, Osborne prepara la venganza y se dirige a Newport para encontrarse cara a cara con la joven. Lo primero que le llama la atención es lo poco conocida que es allí. Poco más tarde, una casualidad hace que trabe amistad con la familia de Henrietta, lo que parece ser una señal del destino para poder observarla mejor. Pero de este examen no puede salir más confuso: es una mujer inteligente y agradable, entusiasta de la naturaleza, prodigiosa pintora, una chica que se presta para escribir el guion de una pequeña obra de teatro benéfica donde ella misma sale como brillante actriz, que visita a los pobres y lee sermones, religiosa, simpática y familiar.

Osborne trata de encontrar la mujer repulsiva que tenía en la cabeza pero hay algo que falla. Vuelve a preguntar a la cotilla Mrs. Dodd, que le reafirma el despiadado corazón de la joven porque ella misma lo ha visto, pero Osborne se encuentra ante un dilema: ¿cómo abordar a Henrietta Congreve? En esta ocasión, Henry James juega con algo que sucede en la realidad: ¿hasta qué punto son fiables los puntos de vista de los demás? Y la apariencia de las personas, ¿refleja la verdad o es una máscara?

También sobre la apariencia y la mentira trata Professor Fargo, un relato de agosto de 1874. De nuevo el tono narrativo es el factor fundamental del que se vale Henry James para transmitir al lector el trasfondo de la historia. En un pueblo perdido de Estados Unidos el narrador encuentra el cartel anunciador de una velada vespertina: una curiosa combinación “moral y científica” en la que un tal Profesor Fargo “el infalible médium consciente y mago, clarividente, profeta y adivino” comparte espectáculo con el coronel Gifford, supuesto calculador fulminante y reformador de las matemáticas.

Poco antes de la supuesta velada mágica, el narrador tiene la suerte de conocer al Profesor Fargo, un hombre pagado de sí mismo cuyo supuesto magnetismo apenas oculta a un charlatán sin mucha inteligencia. Durante el espectáculo aparece una tercera persona inesperada: una jovencita de 17 años, ingenua, simple y sordomuda, hija del Coronel, que verdaderamente es la asombrosa calculadora humana capaz de resolver operaciones matemáticas complejas gracias al método descubierto por su padre. Sobre el estrado es la única persona que brilla puesto que, como bien se intuía, el profesor Fargo se diluye en una inextricable cháchara sobre espíritus de nulo interés mientras que el Coronel apenas puede disimular una aparente indolencia de hombre maltratado por el destino.

El narrador consigue entablar conversación con éste y descubre tras esa triste figura un sorprendente paralelismo con don Quijote: el Coronel Gifford es un hombre consagrado a la ciencia que ha descubierto diversos métodos para simplificar la vida cotidiana pero que no ha tenido éxito alguno. Dilapidados sus recursos económicos en sus experimentos sin futuro, se ha visto obligado a deambular por el país junto a su pobre hija después de que el Profesor Fargo lo invitara a unir sus fuerzas para crear un espectáculo mínimamente atractivo. Ni que decir tiene que el Coronel considera a Fargo un hombre falso y corrupto, del cual, sin embargo, depende para sobrevivir.

La clave del relato está en el tono melancólico con que está narrada la historia. De la incredulidad del principio se pasa a una mirada benevolente y compasiva por el lamentable destino del padre y su hija. Un poso de tristeza planea sobre las palabras del matemático, incapaz de ver que su ambición no ha hallado respuesta y que participando en un espectáculo de barraca de feria no hace más que humillarse más ante una situación insostenible de la que hace partícipe a su propia hija.

De la degradación a la que puede llegar el ser humano trata La confesión de Guest (Guest’s Confession, octubre-noviembre de 1872), acaso el relato más cruel de la primera etapa de James. En él nos encontramos a uno de esos desocupados personajes de James, David Musgrave, que espera en un balneario norteamericano la llegada de su hermano mayor Edgar. Antes de que esto ocurra, conoce a una joven de una forma un tanto rara: ella está tocando el órgano en una capilla, sola, y él la descubre, felicitándola por la armoniosa melodía. La dulzura de formas de la muchacha contrasta con la de su hermano, que llega enfermo y airado porque cree que ha sido víctima de una estafa de veinte mil dólares por parte de un corredor de bolsa, John Guest.

El ascendiente que el hermano mayor tiene sobre David es notorio: lo mismo le ocurría al propio Henry James respecto a su hermano William. Si quiso vengarse de ese aspecto de su vida, lo consiguió: Edgar es una persona rastrera, iracunda y maltratadora. Después de una fuerte discusión con Guest, de la que David es testigo, consigue que el presunto estafador firme un documento en el que confiesa, de una manera vergonzosa, su delito y la pronta reposición del dinero. Por supuesto, la redacción de tal documento corresponde al taimado Edgar, que humilla a Guest delante de su hermano, quien observa con total indiferencia la escena.

La situación se complica cuando descubre que la chica de la capilla, Laura, es hija de Guest, y más aún cuando le dicen que el corredor de bolsa se ha arruinado desprendiéndose de todo su patrimonio para poder pagar a Edgar Musgrave. Desde ese momento, el documento de confesión se convierte en maldito: es la prueba fehaciente de una humillación de la cual se puede sacar ventaja. El hecho de que David, el testigo de aquella humillación, pida a Guest la mano de su hija, supone una degradación aún mayor para éste de la cual David parece no querer ser consciente.

En esta ocasión James se ceba con la ruindad de sus personajes, como si quisiera estudiar hasta qué abismos puede llegar la oscuridad del alma humana.

No lejos de la crueldad se encuentra la traición: basta defraudar las expectativas de alguien para derrumbarlo. Así ocurre en La conformidad de Crawford (Crawford’s Consistency), cuento escrito en agosto de 1876 por un inspirado Henry James, ya dueño de algunos recursos narrativos de indudable interés. La víctima esta vez es un hombre bueno, pero no ingenuo: así nos lo cuenta un médico amigo suyo, un narrador que podría ser el mismo James. Crawford es un joven dotado con una ilimitada capacidad para vivir la vida. Heredero de un próspero negocio familiar, vendió sus acciones para deleitarse con los placeres que otorga tener todo el tiempo del mundo. Caballeroso, culto, inteligente, ingenioso, buen amigo de sus amigos, Cradwford es lo que podríamos llamar el hombre perfecto, al que no se le conoce ninguna mancha que emborrone su existencia. Lleva su soltería a gala y sostiene, con cierta razón, que la mayoría de los personajes célebres que menciona la historia han sido célibes.

Por azar, su vida se cruza con la insípida y bellísima Elizabeth Ingram, una especie de gallina de los huevos de oro que han estado reservando sus padres a la vista de los demás con la idea de “lanzarla” en sociedad cuando la joven posea la edad mínima como para cazar a un hombre de gran fortuna. Cradwford tiene la mala suerte de ser de los primeros en cruzarse en su camino, o mejor dicho, en el camino de la insufrible madre Mrs. Ingram, y aun no siendo un joven millonario, a falta de mejores opciones es lo suficientemente rico como para que sea el elegido, en principio, por tan interesada familia.

Naturalmente, la personalidad afable y optimista de Cradwford le impide ver la completa falta de amor de su prometida. Lo que no puede imaginar es que a esa ausencia de sentimientos va unida una ausencia de escrúpulos de tal forma que cuando ya han concertado la fecha de la boda y Cradwford se encuentra más enamorado, la familia ingram lo rechaza en una escena que podría entrar en una antología de textos crueles.

A pesar del golpe recibido, Cradwford parece recuperarse poco a poco llevado por su actitud positiva hasta que encuentra a otra mujer en un jardín público, zafia y vulgar, de la que presuntamente se enamora a primera vista pero a la que compra prometiéndole un cómodo futuro gracias a su fortuna. Desde ese momento, James comienza una progresiva bajada a los infiernos de todos los personajes, reservándole a la hermosa y fría Elizabeth Ingram el peor de los destinos.

Otro tipo de crueldad, no menos efectiva, es la que aparece en un cuento que, no entiendo por qué, pasa por ser uno de los relatos fantásticos de Henry James. El alquiler del fantasma (The Ghostly Rental), aparecido en septiembre de 1876, es el último cuento escrito por su autor que no pasó a ninguna selección posterior en forma de libro. A pesar del título –que por cierto, en castellano está incorrectamente traducido, ya que sería más exacto y ajustado a la historia El alquiler fantasmal– no hay tanto de fantástico en su desarrollo como la extraña narración del sentimiento de culpabilidad de un padre.

Ambientado en los años universitarios del propio Henry James, un joven narrador desocupado que vaga por los alrededores de Cambrigde (en Estados Unidos) descubre una casa abandonada y pocos días después avista a una solitaria figura que se acerca a su puerta. Escondido, es testigo de una extraña escena: el hombre mayor observa la fachada, como si contara las ventanas o examinara ciertas señales familiares, y a continuación se inclina de una manera lenta y solemne a modo de reverencia. Luego introduce una llave en la cerradura pero la puerta no se abre de inmediato. Antes, el hombre se inclina sobre ella y apoya la oreja, como si escuchara. Una vez que se asegura que nadie lo está mirando, empuja la puerta, se detiene en el umbral y otra vez se quita el sombrero y hace una nueva reverencia, tras lo cual entra en el interior de la casa. Al rato sale con el mismo ceremonial de saludo y regresa por el mismo camino.

El narrador, curioso, sigue al viejo hasta que localiza su casa y finalmente termina visitándolo. De esta forma se entera de que en la casa abandonada habita un fantasma, la hija de este hombre, que murió como consecuencia de una maldición que le dirigió su padre al haber permitido la entrada en su casa de un joven con el que vivía un romance pasional. El fantasma de su hija se le empezó a aparecer por las noches y al final consiguió que el padre, arrepentido, dejara vagar su espectral existencia en la casa donde vivió a cambio de un alquiler. La ceremonia que ha visto el narrador es el ritual cobro de la renta, realizado por un hombre carcomido por la culpabilidad.

Un día que éste no puede ir a recibir la renta, pide al joven que lo haga por él. Lo que ve desde el momento que entra por la puerta es un asombroso relato mezcla de crueldad y superstición. Henry James, de nuevo, sorprende con la utilización del punto de vista y el juego del tiempo pasado y presente. La realidad, parece decirnos, es más prosaica que su apariencia y solo hay que rascar un poco en su superficie para comprobarlo. Estos cuentos, precisamente, son un ejemplo de lo que esconde la superficie de las cosas, la maldad, la crueldad, la traición, que acechan a cada paso en la vida como en estas páginas que para Henry James fueron el banco de pruebas que le sirvió para construir, con el tiempo, otras narraciones más complejas, más sutiles.

Historia de una obra maestra y La confesión de Guest han sido publicados por Navona Editorial.

La venganza de Osborne está incluido en Un peregrino apasionado y otros cuentos. Valdemar.

El alquiler del fantasma forma parte del volumen Fantasmas. Penguin Clásicos.

La conformidad de Cradwford pertenece a la selección de relatos Nueva York. Sexto Piso.

Professor Fargo aparece en Complete Works of Henry James. Delphi Classics.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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