Daisy Miller: Teoría y práctica del cuento perfecto

15.DaisyDaisy Miller (1878) es posiblemente el texto más conocido y leído de Henry James, y acaso también una de sus historias que han quedado más anticuadas, más circunscritas a la época en la que se escribió, pero es un hecho indudable que desde su publicación se convirtió en un best-seller que no ha dejado de crecer en interés por parte de los lectores hasta la actualidad.

De hecho es un cuento, y no una novela corta como quieren hacernos pasar las editoriales actuales. Apenas sobrepasa las 23.100 palabras, una extensión propia de la mayoría de los relatos de James, pero tiene un encanto que la hace sobresalir por sí mismo. ¿Dónde reside ese encanto?

Para empezar, es uno de los cuentos más sencillos de leer de Henry James, incluso diría que extremadamente simple. No parece existir detrás de él un estilo notable que lo sustente, la trama es de una cómoda naturalidad y, como digo, el tiempo ha hecho mella en la posible reivindicación de la historia –cuya intención dudo que tuviera el autor- respecto al papel de la mujer en la sociedad. Algún que otro crítico ha querido justificar su éxito precisamente por todo lo que arriba he explicado: es uno de los textos más legibles de James, y eso lo agradece el lector perezoso. Es posible que sea así si no fuera porque el estilo de James se complicó muchos años después y sin embargo muchos de sus relatos y novelas de esa primera época no han corrido la misma suerte de reconocimiento que este relato.

Hay, sin embargo, una pista sobre su intencionalidad que nos da el autor en una carta escrita a su hermano William a finales de enero de 1878:

Si me mantengo aquí pacientemente por cierto tiempo [se refiere a Londres] creo que me convertiré en un hombre (suficientemente) grande. He vuelto a trabajar con gran entusiasmo después de mi holganza otoñal y pienso hacer este año algo que signifique un hito. Como puedes suponer, estoy cansado de escribir artículos sobre lugares y meros escritos de toda clase. Pero probablemente, después de los próximos seis meses, podré renunciar a todo eso y dedicarme a la escritura “creativa”. Entonces, y no hasta entonces, comenzará mi carrera real.

Ese mismo invierno escribe Daisy Miller, que se publica a mediados de abril para la Cornhill Magazine. Cuando se edita en Estados Unidos, vende 20.000 ejemplares en pocas semanas. El hito que preconizaba James se ha cumplido: ha conquistado Londres, ha sido reconocido por los lectores de ambos lados del océano y ya puede considerarse suficientemente grande. El camino comienza a allanarse y su objetivo final se encuentra más cerca: la redacción de El retrato de una dama.

Pero volvamos a nuestro relato. Curiosamente, Henry James lo publicó por primera vez bajo el extraño título de Daisy Miller: A Study. Esa aclaración, en apariencia superflua y que poco después desapareció definitivamente en posteriores ediciones, parece decirnos que el escritor estaba bosquejando un proyecto más rico. En cualquier caso, ni el propio James aclaró con convencimiento la aparición y la desaparición de este estudio en la figura de su heroína. Es más: si bien, cuando se lee, el cuento parece que hubiera fluido espontáneamente de la pluma del autor con una facilidad asombrosa para entrar en los más mínimos detalles, también es cierto que el estudio no daba para mucho cuando de lo que se trataba era de la historia de una chica norteamericana, un tanto caprichosa y jovial, que acompañaba al narrador del relato para ver solos un castillo en Suiza y, después, que se paseaba por las calles de Roma del brazo de un italiano insignificante.

Y es que Daisy Miller no hace nada más en todo el cuento. Por supuesto, sí que habla encantadoramente, sonríe con una gracia especial, deambula entre caprichosas peticiones de niña mimada y se pone el mundo por sombrero. Sin duda estoy simplificando la presencia de Daisy en su propia historia, pero es que eso, precisamente, es lo que hizo Henry James para hacerla tan atractiva: que apareciera lo justo para provocar la situación dramática, que es lo que realmente importa de este cuento.

Ignoro si el estudio de Henry James tuvo algo que ver con lo que a continuación explicaré, pero no dudo que el éxito de este relato se debe a la extraordinaria pericia del escritor norteamericano a la hora de abordarlo. Por un lado, nos presenta una historia sencilla, contada sencillamente por un joven norteamericano sencillo que vive en la puritana Ginebra y que decide pasar unos días sencillamente tranquilos junto a su tía en un balneario de los Alpes suizos.

Una tarde conoce a Daisy –o mejor dicho, a su extraña familia, de la que más tarde hablaremos- y en la grata conversación sale a relucir el cercano castillo de Chillon, que ella no conoce. Sin ningún tipo de galanteo, el joven Winterbourne se ofrece a la guapa chica para acompañarla a visitar el castillo, visita que terminan haciendo solos. Es cierto que ella tiene todos los tics de las muchachas que son bellas y lo saben, pero no se puede decir que haya en su conducta nada reprochable. Al día siguiente Winterbourne vuelve a Ginebra y se entera de que Daisy sigue camino hacia Roma, donde el joven promete verla en cuanto vaya a la ciudad italiana, de nuevo para acompañar a su tía.

Cuando llega a Roma descubre que Daisy está saliendo con un italiano sencillo y que se dedica a pasearse con él principalmente por los jardines del Pincio, a la vista de todos. Winterbourne los acompañará en algunas ocasiones y encontrará algún momento para hablar con la chica a solas a la vista de todos, sin que en ningún momento pueda ni siquiera intuirse algo inmoral ni en el proceder ni en las palabras de Daisy (ni de Winterbourne). Un último encuentro nocturno con la pareja dentro del Coliseo tendrá un desenlace funesto.

Y no hay más.

O mejor dicho, en apariencia, no hay más, y eso es lo que lee el lector. Otra cosa es lo que le hace leer Henry James.

Primera edición americana de Daisy Miller en 1878

Primera edición americana de Daisy Miller en 1878

Como no hay mejor homenaje a un escritor que descubrir sus virtudes con sus propias palabras, dejaremos que sea él el que nos vaya desvelando las claves de este relato, aunque antes quisiera hacer una pequeña introducción.

El llamado tema internacional fue uno de los primeros argumentos que abordó James para imprimir dramatismo a sus historias. Ya lo había hecho en Roderick Hudson y en El Americano, aparte de repetirlo en un puñado de buenos relatos. Sin embargo, en Daisy Miller condensa ese dramatismo en muy poco espacio y sin que apenas se note por parte del lector, embelesado por las chispeantes palabras de la protagonista y sus caprichosas idas y venidas.

Daisy Miller procede de una oscura ciudad norteamericana, Schenectady, donde su padre se ha quedado produciendo dinero mientras que el resto de la familia se dedica sin mucho provecho a deambular por Europa. Una familia de lo más peculiar: su madre siempre se encuentra enferma con dolores de cabeza, de modo que aparece poco en el relato y cuando lo hace es para darle un toque cómico, en contraste con su hijo pequeño de 6 años, Randolph, hermano de Daisy, un repelente chico sabelotodo cuya presencia se hace insufrible incluso para el lector. Junto a ellos les acompaña un courier, una especie de sirviente fantasmal que aparece en el relato en los momentos más propicios. Y para terminar, la propia Daisy, que ni siquiera se llama Daisy sino Annie P., nombre bastante menos atractivo.

A tan peculiar familia (que no deja de ser muy norteamericana), Henry James la coloca en un exclusivo balneario suizo donde se reúne la créme de la créme, y más tarde, en la mismísima Roma, ciudad exclusiva y bastante pequeña, donde todo el mundo se conoce y se encuentra muy localizable. Es decir, James mete a un elefante en una cacharrería; eso sí, una cacharrería llena de lujosas y vetustas antigüedades.

En cualquier caso, las escasas apariciones de la familia son esenciales para caracterizar esa parte del relato, incluso con un cierto humor ácido, como se puede apreciar en estas singulares palabras de la madre en respuesta a una pregunta de Winterbourne sobre su estancia en Roma:

-Bueno, debo confesar que me ha defraudado –respondió-. Habíamos oído tantas cosas; supongo que demasiadas. Pero fue inevitable. Nos habían hecho creer otra cosa.

-Espere usted un poco y verá cómo se encariña con la ciudad –dijo Winterbourne.

-¡Yo la odio cada día más! –gritó Randolph.

-Tú eres como un pequeño Aníbal –dijo Winterbourne.

-¡No, no lo soy! –declaró Randolph, por si acaso.

-No te pareces a un niño –dijo su madre -. Pero hemos visto lugares muy superiores a Roma en mi opinión. Está Zurich, por ejemplo. Encuentro Zurich preciosa, y no habíamos oído hablar de esa ciudad ni la mitad.

Esa atroz vulgaridad de la familia de Daisy contrasta, sin embargo, con un aspecto poco intelectual, pero no menos importante, como es la hermosura de la muchacha, lo que lleva a plantearse a Winterbourne, desde el principio, aspectos de su personalidad que ya comienzan a urdir la trampa que tiene preparada James al lector:

Ciertamente era encantadora, pero ¡qué terriblemente sociable! ¿Era simplemente una chica bonita del estado de NuevaYork? ¿Eran así todas las chicas bonitas que vivían rodeadas de caballeros? ¿O acaso era una joven insidiosa, audaz y sin escrúpulos?

No olvidemos que la educación de Winterbourne procede de un lugar tan severo como Ginebra, pero esta forma de prejuzgarla se adentra en la conciencia del lector, al que James somete como si fuera un jurado a todo tipo de declaraciones, como éstas de la tía del joven:

—Son muy vulgares —declaró la señora Costello—. Son de esa clase de americanos con quienes te crees en tu deber al no… al no aceptarlos.

—Ah, ¿usted no los acepta? —dijo el joven.

—No puedo, mi querido Frederick. Lo haría si pudiera, pero no puedo.

—La muchacha es muy bella —dijo Winterbourne, al cabo de un instante.

—Efectivamente es bella. Pero es muy vulgar.

—Comprendo lo que quiere usted decir —dijo Winterbourne, tras otra pausa.

—Tiene ese aire encantador que tienen todas —continuó su tía—. Me pregunto de dónde lo sacan; y viste a la perfección… No, no te puedes hacer una idea de lo bien que viste. No me explico dónde adquieren ese buen gusto.

—Pero, querida tía, después de todo no es una comanche salvaje.

—Es una jovencita —dijo la señora Costello— que intima con el «courier» de su mamá.

—¿Que intima con el «courier»? —inquirió el joven.

—La madre es igual. Tratan al «courier» como si fuera un amigo de la familia. Como si fuera un caballero. No me sorprendería que comiese con ellas. Seguramente no han visto nunca un hombre de modales tan refinados, con ropas elegantes, tan parecido a un caballero. Probablemente corresponde a la idea que la chica tiene de un conde. Por la tarde se sienta con ellas en el jardín. Creo que fuma.

James introduce inmediatamente una duda en el lector acerca de Daisy, auspiciada por una información sin fundamento (es llamativa la exageración de la señora Costello), pero por si acaso, también instala a Winterbourne en esa duda con un argumento de peso:

—¿Es realmente cierto que va a ir contigo al castillo de Chillon?

—Creo que ésa en su intención.

—En ese caso, mi querido Frederick —dijo la señora Costello—, debo declinar el honor de conocerla. Soy una mujer anciana, pero no lo suficiente —gracias a Dios— como para no escandalizarme.

—¿Pero no hacen todas esa clase de cosas… las jóvenes americanas? —inquirió Winterbourne.

La señora Costello le miró fijamente un instante.

—¡Me gustaría ver a mis nietas actuar de ese modo! —declaró inflexible

En contraposición a esa demoledora opinión de la anciana tía, James contrapone inmediatamente el inocente deseo de Daisy:

—¡Creo que es una descripción preciosa, jaquecas y todo! —dijo Miss Daisy, parloteando con su voz fina y alegre—. Tengo tantas ganas de conocerla. Puedo imaginarme perfectamente cómo es su tía; sé que me gustará. Debe ser muy «selecta». Me gusta que las damas sean «selectas»; yo misma me muero de ganas por serlo. Bueno, mamá y yo somos «selectas». No hablamos con cualquiera… o quizá cualquiera no habla con nosotras. Supongo que viene a ser lo mismo. En fin, estaré contentísima de conocer a su tía.

Winterbourne se sentía incómodo.

—A ella le gustaría enormemente —dijo—, pero me temo que sus jaquecas van a impedirlo.

La muchacha le miró a través de la oscuridad.

—Pero supongo que no tendrá jaqueca todos los días —dijo, compasivamente.

Como habrá observado el lector en estos pocos fragmentos, Henry James decidió –quizá por primera vez- utilizar ese recurso narrativo en el que llegaría a la maestría absoluta: el punto de vista.

Daisy Miller es un relato completamente sesgado por los distintos puntos de vista de los personajes. O mejor dicho: por un único punto de vista mostrado por diferentes personajes que no conocen a la joven protagonista y que aparece, como un martillo pilón a lo largo del relato, para explicar su conducta.

El éxito de este cuento radica en esa sabia combinación de inocencia, frivolidad, maledicencia, encanto e incertidumbre que se instala en el juicio del lector, que no sabe a qué carta quedarse porque James se las revuelve de forma continua, les muestra una y después aparece con otra completamente distinta, mezclando la objetividad con que se cuenta la historia de Daisy –lo que se ve es lo que hay- con la subjetividad del resto de los personajes –lo que se opina es lo que explica-. Esas fuerzas contrapuestas, esa tensión constante, es la que provoca la intensidad dramática del relato, de ahí que la trama, meramente circunstancial, haya traspasado el tiempo dejando indemne su éxito.

Ese punto de vista colectivo es utilizado por James en los momentos exactos para abonar el terreno que después fecundará la actitud de Daisy. Véase, por ejemplo, esta carta que Winterbourne recibe de su tía justo antes de llegar a Roma:

Esa gente con la que tan solícito te mostraste el verano pasado en Vevey, ha aparecido por aquí, «courier» incluido— escribía—. Parece que han hecho varias amistades, pero el «courier» sigue siendo el más intime. Sin embargo, la muchacha también ha intimado bastante con algunos italianos de tercera categoría, con los cuales se divierte de un modo que da mucho que hablar.

Winterbourne no ha visto todavía a Daisy en Roma, como tampoco el lector, y ya tenemos una opinión formada de ella, que aún queda más reforzada con la primera conversación del muchacho con su tía a su llegada:

—La muchacha se pasea sola con sus extranjeros. Respecto a lo que sucede luego, tendrás que buscar información en otra parte. Se ha procurado media docena de los usuales cazafortunas de Roma, y se presenta con ellos en las casas de la gente. Cuando asiste a una fiesta particular, lleva siempre a algún caballero de buenos modales y admirable bigote.

—¿Y la madre, dónde está?

—No tengo la menor idea. Son una gente espantosa.

Winterbourne meditó un momento.

—Son muy ignorantes… muy indecentes. Eso no quiere decir que sean malas.

—Son irremediablemente vulgares —dijo la señora Costello—. Si el ser irremediablemente vulgar es «malo» o no, es una cuestión para los metafísicos. En cualquier caso son lo bastante malas como para no gustar; y en esta corta vida nuestra, eso basta.

La frase “Si el ser irremediablemente vulgar es «malo» o no, es una cuestión para los metafísicos” es sencillamente impagable: lo explica todo sin explicar nada. El propio Winterbourne se contagia de los prejuicios de su tía cuando Daisy le presenta a Giovanelli, el señor con el que se pasea por Roma:

«No es un caballero, se dijo, no es más que una buena imitación. Es un maestro de música, un gacetillero, un artista de tercera clase. ¡Al diablo con su agradable apariencial!»

El señor Giovanelli tenía ciertamente un rostro muy agraciado. Pero Winterbourne sentía una gran indignación de que su adorable compatriota no supiera distinguir un caballero verdadero de uno falso. Giovanelli charlaba y bromeaba, haciéndose maravillosamente agradable. Era evidente que si se trataba de una imitación, estaba muy lograda.

«Sin embargo, se dijo Winterbourne, una muchacha distinguida debería saberlo.»

Y volvía entonces a preguntarse si Daisy era realmente una muchacha distinguida. ¿Habría una muchacha distinguida —aún concediendo que fuera una pequeña coqueta americana— concertado una cita con un extranjero, presumiblemente de baja alcurnia? La cita, es cierto, había tenido lugar a plena luz del día y en el rincón más concurrido de toda Roma, pero ¿acaso no era posible ver en la elección de esas circunstancias una prueba de cinismo extremo?

Obsérvese la pésima opinión que se crea el norteamericano del italiano sin conocerlo en contraposición con el párrafo descriptivo que James incrusta en medio de sus pensamientos, en el que afirma que “Giovanelli charlaba y bromeaba, haciéndose maravillosamente agradable.”

Para darle aún mayor verosimilitud a lo meramente subjetivo, James se vale de un nuevo personaje, la señora Walker, norteamericana residente en Roma, que remata el desprestigio de Daisy ante los ojos de Winterbourne (y del lector):

—¿Qué es lo que ha hecho?

—Todo lo que aquí no se hace. Coquetear con el primero que encuentra, sentarse en los rincones con misteriosos italianos, bailar toda la noche con la misma pareja, recibir visitas a las once de la noche. Cuando llegan los visitantes su madre se retira.

—Pero su hermano —dijo Winterbourne riendo— se queda levantado hasta medianoche.

—Debe ser muy edificante lo que ve. He oído decir que en el hotel donde se hospedan todo el mundo habla de ella, y que todos los sirvientes se sonríen cuando llega algún caballero preguntando por Miss Miller.

—¡Al diablo los sirvientes! —dijo Winterbourne irritado—. El único defecto que tiene la pobre muchacha es —añadió luego— su falta de cultura.

—Es desvergonzada por naturaleza —declaró la señora Walker—.

Esa continua reiteración acerca de la vulgaridad y la indecencia de Daisy contrapuesta con la frescura, el encanto y la atractiva (y vulgar) coquetería de la joven cada vez que aparece en escena, es el truco que finalmente triunfa cuando James decide darle un repentino desenlace fatal a la historia en muy pocas páginas y el lector se queda conmovido con el libro en la mano sin saber muy bien a qué ha asistido, pero con la plena convicción de que ha sido un espectáculo grandioso, una historia apasionante cuyo secreto sólo James sabía.

Daisy Miller. Henry James. Espasa Calpe.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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