Detrás de la máscara

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Siempre hay un momento en que nos quedamos a solas con nosotros mismos. Entonces, delante del espejo de nuestra propia conciencia, nos quitamos lentamente el maquillaje, como el payaso que después de la función va limpiándose la cara poco a poco y reconoce en el rostro que tiene enfrente la mirada huérfana de risas que no le abandona. Cuando por la mañana nos levantamos, junto a la falda o la chaqueta, entre la sombra de ojos y el perfume, nos vestimos con nuestros mejores disimulos, con la máscara eficaz que nos hará más desenvueltos en el incesante desfile de la vida.
 
Hay quien juega a hacerse pasar por víctima y quien se engaña haciendo el papel de la prepotencia; hay quien se viste de jefe y quien lo hace de obrero. Está el exigente y el que hace valer todos sus derechos, y el que calla abrumado por la indecisión, el indiferente y el arrogante, el insatisfecho y el generoso. Todos desempeñamos nuestro papel en la comedia de cada día y todos sospechamos que detrás de cada cual hay otra persona distinta que nunca podremos conocer. Incluso, en las horas que nos crecen en cada jornada, representamos distintos registros para cada situación: nadie le habla igual a un superior que a su pareja, al tendero de la esquina que al mendigo que le aborda en la calle con la mano extendida. Delante del policía nos investimos de ciudadanos honrados y con los clientes desplegamos la mejor de las sonrisas. Pero detrás de cada uno hay una mujer o un hombre que ha de enfrentarse consigo mismo y tratar de convencerse.
 
Quizás, el secreto del éxito de esos programas de televisión en los que unas personas viven delante de las cámaras las veinticuatro horas del día consista en la necesidad, o la curiosidad, que tenemos de conocer la intimidad de los demás. Queremos saber cómo viven, por qué luchan, cuáles son sus ilusiones o sus frustraciones, qué sentimientos se confrontan en lo más recóndito de su ser. Es como ese agujerito que haríamos en la pared de algunas casas para saber qué piensan de nosotros nuestros amigos o nuestros familiares cuando no están con nosotros, descubrir sus pequeñas miserias o sus aficiones más íntimas para ayudarnos a soportar las nuestras, que tantas veces no nos gustan.
 
Pero hay un momento en que en soledad la conciencia se queda aislada y desvalida, como una flor solitaria que aguantara el incesante viento de la existencia, y sentimos en nuestro interior el ligero mecanismo que marca las horas, preciso y silencioso, y con ellas el inalterable pasado y el incierto futuro, todo el peso de nuestros días, que nos agota, nos anima, nos redime, nos decepciona, nos entristece, nos serena, nos provoca, y a veces nos hace pensar que la vida aún es un territorio por conquistar y otras, nos deja sin aliento ni esperanza y quisiéramos que alguien nos pudiera dar un instante de respiro, igual que el boxeador desea el sonido de la campana para recuperar un poco de aire.
 
Entonces buscamos a nuestro alrededor algo que nos alivie, porque no hay descanso para nosotros mismos sino que nos vivimos continuamente hasta el resto de nuestros días. Cuántas veces hemos echado de menos a un amigo con el que hablar de nuestras pequeñas cosas porque en el silencio de su atención y en nuestras propias palabras hemos descubierto facetas de nuestra personalidad que nos resultaban oscuras o confusas. En estos tiempos nadie escucha, porque todo el mundo tiene demasiada prisa y el oído es un sentido que precisa de la paciencia y la amabilidad, y sin embargo es difícil encontrar una terapia mejor para el conocimiento de las personas, para uno mismo y para los demás. Cuántas veces habríamos necesitado de la calma que nos procura la mera contemplación de las cosas, un regalo que nuestra vida urbana parece negarnos, mirar despacio un atardecer, la serena tranquilidad de los campos, la estela de un barco que se aleja por el firmamento. Es, en esos momentos dulces, en soledad, cuando reflexionamos sobre nuestros valores y hacemos balance de nuestra posición en el mundo.
 
El hombre es un proyecto en continua elaboración. No es que haya que ponerse trascendente a cada paso que damos, pero el que más y el que menos se siente perdido alguna vez y no estaría mal que de vez en cuando ejercitáramos nuestra conciencia para mejorarnos como personas. Hay mucha gente que se pasa horas en el gimnasio fortaleciendo sus músculos, modelando su cuerpo, y sin embargo, conozco muy poca gente que sea capaz de vigorizar su mente o que encuentre un equilibrio adecuado para dirigir su vida. Una conversación íntima, la lectura de un buen libro, un momento de reposo escuchando música o sentado en un parque lejos del ajetreo diario pueden ayudarnos a reencontrar parte de nuestro tesoro escondido. Después de todo, no hay otro reino donde podamos reinar.
 

 

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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