Doña Bárbara. Rómulo Gallegos: La ley del más fuerte

Doña Bárbara. Rómulo GallegosAunque tal vez el lector actual no lo recuerde, existía buena narrativa en América Latina antes de Borges. Bien es verdad que a pesar del talento de un puñado de excelentes escritores, la novela latinoamericana adolecía de un exceso de regionalismo, de manera que fuera de sus fronteras, las novelas eran prácticamente ilegibles para un lector corriente. No obstante, entre estos grandes escritores destacó por su maestría el venezolano Rómulo Gallegos (1884-1969), hombre de profunda cultura, intelectual muy interesado por los problemas sociales y políticos de su país, hasta el punto de llegar a ser presidente de la nación, y ante todo, un hombre que supo dotar a su narrativa de un carácter universal aunque sus temáticas tuvieron un fuerte arraigo a su tierra.

Doña Bárbara (1929) es su obra más conocida y además es una novela de una portentosa fuerza creativa que destaca por encima de la narrativa que se desarrollaba en su época y que, trascendiendo sus fronteras, tanto físicas como temporales, puede leerse con deleite por los lectores contemporáneos. La historia transcurre a finales del siglo XIX y toda ella se desarrolla en el llano venezolano. Con estos antecedentes, la novela podría parecer condenada a convertirse en una visión localista de un hecho propio de aquellas tierras, sin interés para el público foráneo, pero Gallegos obvió esta objeción construyendo unos personajes vigorosos, una trama llena de momentos inesperados, un estilo cargado de extraordinarios recursos literarios y unas dotes descriptivas de una belleza prodigiosa.

Esquematizando injustamente, podríamos decir que trata el tema de la civilización contra la barbarie, de los derechos frente al poder atávico de la ley del más fuerte. Desde luego, en el libro hay una explícita denuncia de las costumbres sociales que protegían al poderoso frente al débil, al dinero frente a la pobreza, a la superstición frente al racionalismo. Si la novela se lee exclusivamente en esa clave, no pierde interés por ello, pero, afortunadamente, en su interior hay mucho más que tesis ideológicas.

En el llano venezolano, como en el medio rural en general de todos los tiempos, la única regla que existía era la de la supervivencia, la de imponerse a los demás a través de la fuerza o de la astucia. A ese llano, con la intención de tomar las riendas de una hacienda familiar, se dirige Santos Luzardo, un hombre que nació en ese medio pero que por unas circunstancias cargadas de brutalidad y muerte se crió en Caracas, donde se licenció en Derecho y aprendió una nueva manera de afrontar la realidad, mucho más racional. Durante esa época de aprendizaje, su hacienda fue mermando y terminó siendo saqueada por administradores sin escrúpulos que trataban de enriquecerse a costa de la propiedad de otro.

Detrás de ese saqueo continuo, siempre aparecerá la misma figura: una mujer bella, cruel, ambiciosa y cerril, conocida por todos como doña Bárbara. En realidad no es más que una víctima más de la barbarie de su entorno, pero precisamente por ello, se erige como la portadora de todas esas costumbres que ella tuvo que sufrir en su propia piel, en esa primitiva idea de que es preciso pisar antes de que te pisen.

Doña Bárbara tiene fama de devoradora de hombres. De hecho, en la novela aparecerán algunas de sus víctimas, todas ellas convertidas en perros fieles o simples piltrafas humanas. Una antigua historia de juventud la ha llevado a no volverse a enamorar de un hombre y, sin embargo, con la excusa del amor o la pasión, vengarse de todos ellos hasta la crueldad.

No obstante el haber traspuesto ya los cuarenta, era todavía una mujer apetecible, pues si carecía en absoluto de delicadezas femeniles, en cambio, el imponente aspecto del marimacho le imprimía un sello original a su hermosura: algo de salvaje, bello y terrible a la vez.

Tal era la famosa doña Bárbara: lujuria y superstición, codicia y crueldad, y allá en el fondo del alma sombría, una pequeña cosa pura y dolorosa: el recuerdo de Asdrúbal, el amor frustrado que pudo hacerla buena. Pero aun esto mismo adquiría los terribles caracteres de un culto bárbaro que exigiera sacrificios humanos: el recuerdo de Asdrúbal la asaltaba siempre que se tropezaba en su camino con un hombre en quien valiera la pena hacer presa.

Sin duda, doña Bárbara es un personaje de una bellísima fuerza, que está presente en todo el libro aun cuando no aparece entre las páginas de la novela. Lo abarca todo. Cada acontecimiento o cada escena tienen su origen y su final en los designios de doña Bárbara. Sin embargo, el principal protagonista de la obra es Santos Luzardo, que lejos de mostrar la típica ingenuidad del hombre llegado de la ciudad, se impone con sus ideas civilizadoras a los atropellos continuos que sufre por culpa de doña Bárbara.

Hay personajes excelentes en la novela, destacados por su sentido de la fidelidad o de la violencia, en el fondo pobres hombres que tratan de subsistir de la única manera posible al ambiente corrupto donde le ha tocado vivir. Pero ante todo destaca esa lucha entre Santos Luzardo y doña Bárbara por imponer sus ideas o su poder en el llano.

—Aquí no hay sino dos caminos, matar o sucumbir. Tú eres fuerte y animoso y podrías hacerte temible. Mátala y conviértete en el cacique del Arauca. Los Luzardos no fueron sino caciques, y tú no puedes ser otra cosa, por más que quieras. En esta tierra no se respeta sino a quien ha matado. No le tengas grima a la gloria roja del homicida.

Por supuesto, Doña Bárbara no sería una obra maestra si esa lucha se mostrara de una forma maniquea, de buenos y malos, de personajes de una pieza. Hay muchas derrotas, muchas concesiones y alguna victoria en ese encuentro entre dos personalidades vigorosas, aderezados con el telón de fondo de la Naturaleza salvaje y caprichosa, que pronto se convierte en un personaje más de la novela.

El Llano enloquece, y la locura del hombre de la tierra ancha y libre es ser llanero siempre. En la guerra buena, esa locura fue la carga irresistible del pajonal incendiado en Mucuritas y el retozo heroico de Queseras del Medio; en el trabajo: la doma y el ojeo, que no son trabajos, sino temeridades; en el descanso: la llanura en la malicia del «cacho», en la bellaquería del «pasaje», en la melancolía sensual de la copla; en el perezoso abandono: la tierra inmensa por delante y no andar, el horizonte todo abierto y no buscar nada; en la amistad: la desconfianza, al principio, y luego la franqueza absoluta; en el odio: la arremetida impetuosa; en el amor: «primero mi caballo».

En esta abierta batalla que se libra entre los dos enemigos, se entrecruza a su vez una curiosa historia de amor. No esperen los lectores manidas escenas románticas, sino que, adaptándose al medio en que se desarrolla, el amor en esas tierras tiene un componente de pasión malsana y de astucias dolorosas, de silencios vanidosos y arteras supersticiones. La relación entre doña Bárbara y Santos Luzardo se enturbia de motivos ocultos y nada hace sospechar el final de la historia entre ambos, así como de otros personajes que van ganando presencia e importancia conforme avanza la trama. Refutando el prestigio de las tramas actuales, en las que nada es lo que parece, en Doña Bárbara todo es como parece, el autor pone todas las cartas sobre la mesa y las baraja a su antojo delante del lector con un sentido común envidiable.

Comentario aparte merece el impresionante talento descriptivo de Rómulo Gallegos. La novela está plagada de hermosísimas descripciones de los trabajos ganaderos y de la naturaleza del llano venezolano, paradójicamente poco poblado de elementos físicos que puedan ofrecer un fácil lucimiento del autor.

Es la vida hermosa y fuerte de los grandes ríos y las sabanas inmensas, por donde el hombre va siempre cantando entre el peligro. Es la epopeya misma. El Llano bárbaro, bajo su aspecto más importante: el invierno, que exige más paciencia y más audacia, la inundación, que centuplica los riesgos y hace sentir en el pedazo de tierra enjuta la enormidad del desierto; pero también la enormidad del hombre y lo bien acompañado que se halla, cuando, no pudiendo esperar nada de nadie, está resuelto a afrontarlo todo.

Terminaré dando una opinión muy personal después de haber disfrutado del estilo de esta novela: hay muchos párrafos cuyo fraseo, cuya construcción sintáctica y cuyo uso de los adjetivos, me han recordado vivamente al mejor Vargas Llosa. ¿Casualidad? En cualquier caso, nada más que por leer una novela escrita con un estilo primoroso y un ritmo creciente y atractivo, merece la pena acercarse a esta obra tal vez algo olvidada en el ámbito internacional, pero que merece estar en un lugar de honor entre la narrativa escrita en el siglo XX.

Doña Bárbara. Rómulo Gallegos. Cátedra.

María Félix como Doña Bárbara
María Félix como Doña Bárbara

La novela obtuvo un éxito inmediato desde su publicación, siendo traducida al inglés solo dos años más tarde, en 1931, y al alemán y el francés en plena Guerra Mundial. Su repercusión no se hizo esperar en el cine y así en 1943 la bellísima María Félix obtuvo su primer gran éxito cinematográfico con su enérgico papel de doña Bárbara. Valga como dato que en un principio era otra la actriz elegida para interpretar el papel, pero fue el propio Rómulo Gallegos quien al descubrir por primera vez a María Félix en un restaurante, exclamó «¡Aquí está mi Doña Bárbara!». Y no le faltaba razón.

Si bien el film consigue recrear el clima tenso y violento de la novela, desgraciadamente sucumbió a la fácil tentación de mostrar un dramón al más puro estilo de la época. La película mantiene aún una bien ganada fama que es indiscutible, pero siempre vista desde su valor cinematográfico. A quienes la hayan disfrutado sin haber leído el texto original, los invito a complementar las intensas emociones de la pantalla con el sutil entramado psicológico que ofrece la novela.

A continuación una escena representativa del racial carácter de la protagonista:

Reseñas sobre literatura hispanoamericana en Cicutadry:

 

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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