El amante. Harold Pinter

El amante Harold Pinter

La rutina de un matrimonio puede ser demoledora. Solo la fantasía consigue romper el sólido nudo del tiempo ahogando las gargantas de los esposos. El dramaturgo Harold Pinter (1930-2008) quiso imaginar una sorprendente pareja entregada al amor, que huye de la monotonía a través del juego en El amante (1963).

Richard y Sarah llevan casados 10 años y viven en una casita burguesa a las afueras de un pueblo. Él es un oficinista, quizás un alto cargo, que tiene que recorrer un largo trayecto para llegar a su trabajo. Ella es ama de casa. Podría ser un aburrido matrimonio como tantos otros, pero en su vida hay un ingrediente picante que hace la relación diferente: Sarah recibe a un amante tres tardes a la semana en su propia casa, con el consentimiento de Richard.

En la primera escena, Richard se despide por la mañana de Sarah, dispuesto a ir a su trabajo. Le pregunta si esa tarde va a venir su amante, y ella afirma que sí. ¿Qué le puede llevar a Richard a tolerar esta relación adúltera? ¿Tal vez es una pareja liberal o, más bien, una pareja aburrida que quiere llenar sus vidas de cualquier manera? Solo sabemos que él quiere conocer si llegará el amante de su mujer a su casa, para regresar más tarde, puesto que no quiere sorprenderlos. Pero Richard oculta algo.

Cuando ese mismo día llega por la noche, cansado de reuniones y del tráfico, apenas presta atención a su mujer. Sin embargo, ella comienza a preguntar por los movimientos de su marido durante aquella tarde: no se cree que haya estado todo el tiempo trabajando. Ante la insistencia de la esposa, Richard confiesa: no tiene una amante, sino que solo es una puta con la que se acuesta mientras espera el cambio de tren. Si ella tiene un amante, ¿por qué él no puede permitirse también sus aventuras? La conversación comienza a sofocarse cuando Richard le pregunta si piensa en él cuando está junto a su amante, a lo que ella responde que ciertamente lo recuerda entre balances en la mesa de su oficina, lo que satisface a Richard. Y es que, al fin y al cabo, ellos se quieren, no pueden dejar de pensar el uno en el otro, como si tener un amante fuera un revulsivo en sus grises vidas.

La gran sorpresa de la obra comienza cuando aparece el amante en escena. Para perplejidad del espectador, el amante no es más que el propio Richard, vestido de otra forma, con maneras bastantes groseras y despiadadas con Sarah, a la que rebaja verbalmente. Es éste un momento en el que comprendemos que esa otra vida oculta que lleva Sarah (y Richard) es mucho más incómoda que la de su matrimonio: las tardes con el amante resultan problemáticas, escasas de sensualidad, aunque ella pone todos sus encantos en atraerlo. De alguna manera, Richard se venga del libertinaje de su mujer, mientras ella asume un papel sumiso, casi culpable.

No obstante, siempre quedará la reconciliación. Cuando poco más tarde Richard aparece de nuevo vestido con el traje del trabajo, pregunta a su mujer qué tal le ha ido con su amante; ella duda, parece ensimismada, como si le diera vergüenza reconocer que su otra vida no la satisface. Será el gran momento de la pareja, cuando se reconozcan el uno en el otro, cuando se declaran su amor y vuelven a utilizar el juego sexual para endulzar su presente, suficientemente sazonado con unas copas de licor.

Aunque bien podría encuadrarse esta obra en el teatro del absurdo, plantea una seria reflexión sobre las relaciones conyugales. ¿Hasta qué punto son necesarias las fantasías para hacer llevadera la realidad? ¿Cuánto tiene que mentir una pareja para mantenerse unida? En realidad, el matrimonio formado por Sarah y Richard mantiene un perfecto equilibrio aderezado por la continua fantasía sexual en que se ha convertido su vida: él le permite a ella que viva una aventura, aunque solo sea en su mente, mientras que él disfruta de esa misma aventura, como viendo a su mujer con otro a través de un agujero, pero sin el peligro de que se enamore de otro hombre.

Un juego inteligente, un diálogo lleno de aciertos, un juicio sobre la naturaleza humana, sobre su capacidad de adaptarse para conseguir la felicidad: todo esto es El amante, una pieza que, en su brevedad, pone en jaque las conductas inflexibles, decadentes y estereotipadas de la sociedad bienpensante.

El amante. Harold Pinter. Losada.
 

Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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