El ángel que nos mira. Thomas Wolfe: El dolor de la existencia

075.ángel thomas wolfeWilliam Faulkner, que no era precisamente muy proclive a los halagos ni a la modestia, señaló en una ocasión que él era el segundo mejor escritor norteamericano vivo; el primer puesto se lo otorgó a Thomas Wolfe (1900-1938), y no podemos estar más de acuerdo con esta opinión: no creo que, en aquellos tiempos de la generación perdida, haya un escritor tan dotado para la narrativa como Thomas Wolfe. Su primera novela, El ángel que nos mira (1929) es ya un prodigio de la literatura, una obra maestra con mayúsculas, una obra que, con su sabiduría y su poderosa poesía, trazará las líneas fundamentales de lo que será en el futuro la novelística norteamericana.

Aparentemente autobiográfica, se trata de un relato de iniciación que rehúye cualquier tópico en su composición: no se trata del retrato de un personaje desde que nace hasta que alcanza la madurez intelectual, sino de una indagación en el alma humana,  de una serie de preguntas sin respuesta, de un tortuoso descenso a la complejidad de las relaciones, a la formación del alma. Eugene, el protagonista de la novela, nacerá en un pequeño pueblo montañés, en el seno de una familia minada por la perplejidad de la existencia. Lo veremos crecer junto a sus siete hermanos y unos padres que representan de alguna manera el haz y el envés de la mentalidad norteamericana: el padre, sumido en la apatía y la contemplación de los sureños, alcohólico y victimista, y una madre tacaña y desprendida del amor de sus hijos, fuertemente atraída por el olor del dinero y la necesidad de amontonar propiedades que no darán ningún fruto.

Por desgracia, no tengo espacio para poder retratar, aun someramente, la personalidad de cada uno de los personajes. Nacen con una naturalidad aplastante ante los ojos del lector, se presentan con una carnalidad inusitada, dolorosa, con todos sus defectos, los defectos de una humanidad que ha sido arrojada al mundo sin un manual que los guíe. La vida en la pequeña ciudad se desgranará en morosos minutos, donde las moscas vuelan hacia la muerte y cada momento es una ventana sobre el tiempo: ese tiempo que, en esta novela, será un personaje más, un tiempo como arrastrado por un viento corrupto, insalubre. Asistiremos a los primeros días del padre de Eugene en el pueblo, encargado de hacer estatuas mortuorias, sucio, pasivo, entregado al alcohol y a la ensoñación, violento con su reciente esposa, mujer práctica aplastada por una relación donde el amor desaparece desde el primer momento y cuyos únicos frutos serán esos ocho hijos, que formarán un universo inolvidable.

Cada uno de los hijos tendrá un papel distinto que jugar en la narración: el primogénito bíblico, derrochador, sinvergüenza, sableador de sus padres; la hija abnegada que será el único receptor de las culpas de su padre, con el que se entiende porque dentro de los dos se halla ese alma destructiva que todo lo asola a su alrededor; el hijo que nunca llegará a nada, que trabaja desde pequeño repartiendo periódicos y que sólo trata de que su hermano pequeño, Eugene, no tenga que vivir la vida arrastrada que lleva por culpa de la falta de amor y el egoísmo de sus padres.

Y en medio de ese tráfago de personalidades complejas, que se entrecruzan en una casa donde la desunión es el único hecho palpable, crecerá Eugene, tratando de encontrar un sentido a la existencia. Será él, el hijo pequeño, el elegido, el que podrá estudiar en una escuela donde pronto destaca, el que finalmente pueda acceder a la universidad para poder salir del ambiente opresivo de la pequeña ciudad, de su familia opresiva, sin ningún valor, porque los afectos, ese material que une a las personas, serán ese otro personaje omitido en la historia, que alcanza en su inexistencia una poderosa estatura dentro de la novela.

Todo se va. Todo cambia y pasa. Mañana nos habremos ido y nada habrá ocurrido. La vida no es más que un ciclo que nada importa para el resto de la naturaleza. Este pensamiento será el que se arraigue dentro de Eugene desde el momento en que comprende que los pequeños intereses, las estúpidas mezquindades, son el alimento de su miserable vida dentro de una familia, de un ambiente, que te arroja a la existencia precaria donde lo único que alienta es la voluntad por sobrevivir. Porque lo que descubre Eugene en sus días de aprendizaje es que nadie comprende a nadie, o mejor dicho, que él será el que tenga que comprender a sus padres, a sus hermanos, el que tenga que aprender la lucha por la vida con sus propios medios, el que tenga que saber que el conocimiento sólo se alcanza con sufrimiento y privaciones, entre la monstruosa incomprensión de un mundo que se encuentra retratado de forma descarnada mediante una prosa que puede parecer poética en muchos momentos, de una belleza extraordinaria, pero que nos atreveríamos a decir que es existencialista, profunda, severamente filosófica.

Hay en El ángel que nos mira una sabiduría sobre la vida que raras veces podemos encontrar en una novela y que no puede dejar indiferente a nadie. Es una sabiduría que duele, que envuelve al lector en una amarga reflexión sobre la orfandad de los seres humanos. Y sobre este terreno baldío, crece sin embargo la flor de la esperanza a través de este personaje inolvidable que luchará hasta el final por alcanzar un lugar digno en la vida y que con el tiempo se convertirá en Thomas Wolfe, de oficio: escritor de obras maestras.

El ángel que nos mira. Thomas Wolfe. Valdemar.

074.thomas_wolfeThomas Wolfe, acaso el mejor escritor de la mejor generación de escritores norteamericanos hasta la fecha (con permiso del otro Wolfe, Tom Wolfe, y la más actual generación que representa) es un autor poco conocido en lengua castellana, mal editado y mal traducido. A los amantes de la buena literatura nos deja perplejos este olvido por la influencia que tuvo en otros novelistas más conocidos y valorados como William Faulkner o John Steinbeck. Posiblemente, en su caso pesó su temprana muerte, anterior a la divulgación de esa etiqueta tan falsa como oportunista que se llamó la generación perdida. Un buen acercamiento a su figura se trata en el artículo El mejor fracaso de América, de Antonio Lucas. A quien aún no haya leído a Thomas Wolfe, le auguro un feliz descubrimiento.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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