El día de la langosta. Nathanael West: La realidad de los sueños

112.langosta Nathanael WestLas estrellas se esfuman cuando llega el día, pero hay otras que lucieron durante una década en las pantallas de cine. Y mientras el mundo del celuloide brillaba en la costa oeste de Estados Unidos, la Gran Depresión asolaba el país con su baboso rastro de miseria. Esa desigualdad extrema no pasó inadvertida para Nathanael West (1903-1940), novelista, dramaturgo, guionista para la Columbia Pictures y escaso de medios económicos. Él vivió en primera persona, desde su habitación de hotel en Hollywood Boulevard, la lucha diaria de miles de personas en busca de la mina de oro que le podía deparar su entrada en el mundo del cine. El resultado de esa experiencia fue El día de la langosta (1939) una muy dura novela que aborda sin contemplaciones, aunque desde una mirada irónica, las patéticas condiciones que deparan los sueños acabados.

Patética quizá sea la palabra que mejor define a esta novela. No triste ni dramática, porque el escritor sabe superar con sabiduría los desagradables escollos que oculta la frustración con una desenvoltura envidiable. Es como si West contara la historia a un público invisible en la barra de un bar, entre sorbos de cerveza, con descaro y distancia suficientes para evitar el drama.

Seguimos de cerca a un dibujante mediocre, Tod Hackett, que es llamado por unos estudios mediante un telegrama para que ejerza un oficio que ni siquiera sabe cuál es. Aburrido, se dedica en sus ratos libres a imaginar un cuadro grandioso al estilo de Goya, El incendio de Los Ángeles, que demostraría su talento. Pero en toda la novela no lo vamos a ver tocar un pincel, entre otras cosas porque nada más mudarse a un pequeño apartamento conoce a Faye Greener, una chica ambiciosa y descarada que quiere triunfar en el mundo del cine aunque hasta el momento solo ha encontrado papeles secundarios que, además, interpreta de forma lamentable.

Todos los personajes de la novela girarán alrededor de esta aspirante a actriz. Por supuesto, Tod se enamora de ella, pero no piensen que se va a desarrollar una pasión desenfrenada por ella. Tod está aburrido de todo, como la mayoría de norteamericanos que deambulan por las calles de Hollywood, como ese otro hombre que entra en la vida de Tod y Faye, Homer Simpson, un hombretón del medio Oeste que, despedido estúpidamente de su trabajo como contable, se acerca a la meca del cine en busca de no se sabe qué. Otro joven, Earle Shoop, un vaquero de un pueblecito de Arizona metido inopinadamente en el negocio de las peleas de gallos, se dedica constantemente a mirar con envidia una tienda guarnicionería que le recuerda a su tierra, pero tampoco sabemos muy bien qué hace allí.

Son todos ellos seres perdidos en un sueño inacabado, que no teniendo nada mejor que hacer, se enamoran de Faye, la cual, por supuesto, solo quiere para sí misma un millonario productor que le ayude en su carrera. El malentendido de toda la novela recaerá en la necesidad de sentirse adorada que tiene Faye, lo que dará pie a divertidas escaramuzas de los tres hombres en busca de su amor.

Nadie sale indemne de esta novela. No es que sean perdedores natos: es que ya han perdido antes de empezar la batalla: nada le ofrece Hollywood. Tal vez uno de los personajes que mejor caracterice el tono de la novela sea el lamentable padre de Faye: en sus tiempos, fue un payaso de poco éxito que se arrastraba por los escenarios en pequeños papeles pero que con el tiempo tuvo que dedicarse a la venta ambulante de limpiametales, aprovechando para ello sus limitadas dotes de payaso para hacerse más amigable al cliente.

Hay una escena extraordinaria que parece resumir las vidas de estos seres: el padre de Faye trata de vender unos cuantos botes de limpiametales a Homer Simpson, y viendo la natural indolencia de éste, acomete en el interior de la casa una serie de escenas patéticas y conmovedoras sacadas del más rancio vodevil hasta que cae enfermo en un sofá. Ese hombre, con la respiración cortada, tratando de sobrevivir miserablemente con un oficio que no le reporta el menor beneficio, con la intención de ayudar a su hija a ser estrella de Hollywood es la mejor y más brillante muestra de la mirada tierna y a la vez cruel del escritor para retratar la realidad de aquellos años.

Mientras tanto, los demás personajes luchan denodadamente por obtener un solo beso de Faye, pero ésta los ignora y los atrae a partes iguales, sintiéndose una diosa en el contrahecho Olimpo casero de sus más estrictas amistades. ¿Alguien podrá alcanzar el éxito que busca? Son seres diminutos y prescindibles pasados por la lente de aumento de Nathanael West, son títeres, no de su autor, sino de sus propios deseos.

Pero el escritor aún nos reserva una sorpresa más: cuando hemos comprobado el destrozo en las vidas de estas pobres personas, los arroja a una multitud que espera delante de un teatro la llegada de sus actores y sus actrices favoritos, en el estreno de una película. La escena es imborrable, antológica: entre gritos y alaridos del público, malamente contenido por un cordón policial, el dibujante Tod busca salvar la vida de su amigo Homer Simpson. En esa explosión colectiva de júbilo mitomaníaca, nuestros personajes viven su particular tragedia individual arrastrados por brazos y piernas que se interponen en su camino, por codazos y apretones que no se paran ante nada, que ciegamente siguen a sus ídolos que le hacen olvidar por unas horas sus miserables vidas.

«Hay pocas cosas más tristes que lo realmente monstruoso». Esa inquietante frase de la novela resume mejor que nada la desigual distancia entre la realidad y el sueño, entre el brillante cartoné y la necesidad de comer todos los días. Todo es mentira, parece querer decir Nathanael West a cada momento. Lo que ocurre es que esa mentira es fresca y esperanzadora, es la única salida posible cuando tu vida se ha convertido en un callejón estrecho. Es como una plaga de langostas: la ves venir, la ves arrasar todo lo que encuentra a su paso, y no puedes hacer nada. La única solución es convertirte en otra inútil y repugnante langosta.

El día de la langosta. Nathanael West. Debolsillo.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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