El dulce porvenir

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Si nuestros antepasados levantaran la cabeza no podrían dar crédito a lo que verían sus ojos. El siglo XX ha sido un período vertiginoso y sorprendente en avances científicos que sólo la facilidad con que el hombre es capaz de adaptarse a su entorno lo ha hecho asimilable. Algunas personas de singular longevidad han tenido la oportunidad de ver cambiar sus costumbres y su forma de pensar de forma radical e inexorable, y cuando nos cuentan algunos de sus recuerdos parece que sus palabras estuvieran teñidas de una tonalidad sepia y desvaída. Leyendo las memorias de Francisco Ayala, que fue un escritor muy longevo y especialmente lúcido hasta su muerte, he encontrado un encanto prodigioso en su evocación de la Granada de su infancia. Francisco Ayala recuerda el cine cuando aún tenía un aspecto de atracción de feria y en la puerta sonaba un timbre de continuo para atraer la atención de la gente, sin que pudiera ni imaginar la clase de espectáculo en que se convertiría sólo veinte años después. El escritor granadino habla de viajes por “caminos trabajados por el arado romano y el trillo de tabla”, y de un sinfín de lentos kilómetros “recorridos sin cruzarse con otro vehículo que no fuera una carreta de mulas”. Algunos años después, volvería de su exilio americano en un avión que no tardaría más de ocho horas en dejarlo en suelo español.
 
Desde la primera máquina de volar, el Eolo, que recorrió cincuenta metros por el aire, hasta los transbordadores espaciales no transcurrió ni un siglo, y en esos años el desarrollo tecnológico nos ha hecho la vida por lo general más agradable y más cómoda. Ya no apreciamos cuánto debemos a la ciencia: detrás del simple acto de abrir un frigorífico o mirar una fotografía hay una aplicación científica relativamente reciente, y los inventos que han plagado nuestro siglo se han hecho tan usuales, tan útiles y manejables, que se han vuelto invisibles a nuestra gratitud. Estamos acostumbrados al plástico, a los fármacos, a las telecomunicaciones, a los pequeños electrodomésticos, sin pensar en la transformación que ha supuesto en nuestras vidas. Algo tan habitual como el transporte ha tenido un auge espectacular, no sólo por sus beneficios evidentes, sino también por la democratización de su uso: ahora todos podemos viajar de forma independiente, y realizar largos trayectos, un privilegio que nuestros mayores sólo tenían reservado para los más pudientes.
 
El comienzo del siglo XXI nos ha traído un nuevo logro: el descubrimiento del Genoma Humano. Pienso que nos encontramos ante un momento revolucionario. Igual que la invención de la máquina de vapor supuso la revolución industrial y la electricidad llevó a la revolución tecnológica, el hallazgo del mapa genético humano abre unas perspectivas al progreso que aún resultan impensables por lo fabulosas que parecen. No será tanto un cambio tecnológico como una mejora aplicable a las propias cualidades y limitaciones humanas. Y a veces resulta escalofriante asomarse a las investigaciones que se realizan hoy mismo. Se habla de la creación de sangre artificial, del descubrimiento del gen causante del sida, del cólera, de la diabetes; de la posibilidad de combatir mediante terapia genética terribles enfermedades mentales como el mal de Alzheimer, incluso el cáncer. Ya se piensa que el desarrollo de la inteligencia puede estar relacionado con los genes y que la personalidad puede estar influida por nuestro código genético al menos en un 60%.
 
Hacer predicciones a estas alturas es demasiado arriesgado, pero podemos dejarnos llevar por el placer de la conjetura. Stephen Hawking ha asegurado que la especie humana tendrá, en un futuro lejano, un aspecto muy diferente al que tiene hoy a causa de la manipulación de los genes. En un mundo que no acepta las imperfecciones, las personas querrán ser más altas, más sanas, más listas y a ser posible con los ojos azules. Como se ve, nunca hasta ahora la ciencia había planteado una reflexión tan profunda sobre el ser humano y por eso no hay que perderle la pista. Nos encontramos ante un nuevo horizonte ético, jurídico y filosófico, y mientras sigamos permitiendo la perpetua desconexión entre ciencia y sociedad, viviremos de espaldas a la realidad. Como decía Paul Valéry, “el futuro ya no es lo que era”.
 
Pero por suerte siempre nos quedará un momento para el romanticismo o la nostalgia. Aunque me resulte asombroso que de un cabello mío se pueda obtener toda mi historia genética, lo que soy, lo que he sido y lo que seré, siempre esperaré leer alguna vez que se ha descubierto la máquina del tiempo o la fórmula secreta que hace invisible al hombre, aquellas encantadoras invenciones con que nos hizo soñar el admirable H.G. Wells.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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