El Eco. Henry James: Notas de sociedad

el ecoResulta significativo que tras la fría acogida de La princesa Casamassima y el fiasco que supuso la anterior aparición de Las bostonianas, Henry James escribiera una pequeña joya retomando su viejo y querido tema internacional. El Eco (The Reverberator) es una novela breve aparecida en 1888, calificada por William James como un “bombón francés” y por el propio escritor como un jeu d’esprit, una ocurrencia. El interés de la historia vuelve a desarrollarse en París y tiene como protagonistas a una familia americana y a una francesa, y entre ellas, a un mordaz personaje, un periodista estadounidense, que es la verdadera figura principal de la novela.

Para los seguidores de Henry James hay que decir que estamos ante la narración predecesora de Los periódicos, que escribiría 15 años después, aunque en esta ocasión la trama no se centra en el periodismo sino que aparece tímidamente como ese elemento perturbador que tanto gustaba al novelista y que imprime un fuerte valor dramático a la historia.

La verdad es que Henry James utiliza en este caso una composición minimalista con la idea de presentar a los lectores un determinado estado de situación para después dinamitarlo de un plumazo sin dejar apenas restos de lo que anteriormente nos había mostrado. Su talento, ya maduro, le permitía este tipo de juegos al menos en las distancias cortas.

La novela se nos presenta como si de una pequeña obra de teatro se tratara: se levanta el telón y vemos un hotel parisino donde vive una familia norteamericana, los Desson, “durante un tiempo indeterminado”, formada por un padre, acaudalado hombre de negocios, y sus dos hijas. Este primer vistazo de la escena nos reserva algunas sorpresas: el padre, Whitney Desson, es la cara opuesta a la imagen que podemos tener de los ricos financieros: está ejerciendo de padre en el más completo sentido de la palabra, llevando a sus hijas a los lugares que ellas creen más convenientes, dejándose llevar por sus inclinaciones, porque lo que más desea es su felicidad. El hombre no sale del vestíbulo del hotel, puesto que París le interesa bien poco, y deja transcurrir su vida entre hojeadas a los periódicos y vistazos a las personas que deambulan por el hotel. En definitiva, es un buenazo que cae inmediatamente simpático al lector, dado su punto de vista entrañable y agudo sobre la realidad que lo rodea.

Sus hijas tampoco son el arquetipo de la mujer americana. La mayor, Delia, es de esas jóvenes que se saben feas y que contraatacan a sus nulas expectativas matrimoniales con un carácter fuerte y posesivo sin que resulte desagradable. Tiene un enérgico ascendiente sobre su hermana Francie, muchacha bellísima pero de escasa personalidad, muy ingenua, mimada por las dulces atenciones de su padre y resguardada en los brazos de su hermana.

Para finalizar esta primera escena, aparece por el hotel George Flack, corresponsal del periódico norteamericano El Eco, que conoció a las hermanas Desson en el viaje trasatlántico y que ha quedado, lógicamente, deslumbrado por la belleza de Francina.

En un principio, Flack parece un periodista de chichinabo a la caza de noticias de la capital francesa con las que surtir a su periódico. Henry James dice de su aspecto que “no era tanto propiedad suya como un prejuicio por parte de quienes lo miraban: fueran quienes fuesen, lo que principalmente veían en él era que le habían visto antes” y lo describe de la siguiente manera: “No era una persona concreta, sino un espécimen o memento…, recordaba a ciertas mercancías que cuentan con una constante demanda popular.” Y es que George Flack no busca cualquier clase noticias. Él mantiene una teoría sorprendente para la época:

Quedan por hacer diez mil cosas que no se han hecho, y yo las voy a hacer. Los ecos de sociedad de cada rincón del globo, suministrados por las figuras prominentes en persona (Ah, se les puede comprar, ¡ya lo verá!), servidos día a día y hora a hora con todos los desayunos de Estados Unidos: eso es lo que quiere el pueblo americano y eso es lo que va a recibir el pueblo americano. No le diría a todo el mundo, pero a usted no me importa decírselo, que considero que intuyo como el que más cuál va a ser allí la demanda del futuro. Yo voy a tirar por los secretos, por la chronique intime, como dicen aquí; lo que quiere la gente es justo lo que no se cuenta, y yo voy a contarlo. ¡Ah, sin duda, van a recibir perlas cultivadas! Además, ya no vale eso de clavar una señal de «privado» pensando que uno se puede ceñir la plaza para sí solo. No se puede; no se puede impedir la entrada a la luz de la Prensa. Así que lo que voy a hacer es instalar la lámpara más grande que jamás se ha visto y conseguir que luzca en todas partes. ¡Ya veremos entonces quién es el reservado! Haré que sean ellos mismos los que vengan en tropel a dar información

Con estas ideas, para Flack resulta claro cuál será el futuro del periodismo:

El Eco ya es cosa seria, y tengo la intención de que lo sea aún más: los ecos de sociedad más universales que ha visto el mundo. Ahí es donde está el futuro, y el hombre que primero se dé cuenta será el hombre que se haga de oro. Es un campo abierto a iniciativas perspicaces que aún no se ha empezado a labrar.

Visto en lo que se ha convertido el periodismo de un tiempo a esta parte, es asombroso comprobar la sagacidad de Henry James a la hora de abordar un tema (los “ecos de sociedad”) que, en 1888, apenas tenían importancia frente al resto de noticias.

Pero el cínico George Flack pronto volverá a Estados Unidos y en su lugar, aparece Gaston Probert, un curioso espécimen de americano plantado en Europa, puesto que nació en Paris (de padres americanos) y nunca ha visitado Norteamérica. Esta circunstancia dará mucho juego en la novela. Por lo pronto, conoce a la hermosa Francie cuando ésta acude (por indicación de Flack) al estudio de un famoso retratista amigo de Probert. Evidentemente, su belleza también lo encandila y se enamora de ella. El único problema es que su familia, perteneciente al gran mundo parisino, no va a ver con buenos ojos su posible enlace con una advenediza americana (aunque ellos también son americanos) de la que nada saben y que, por supuesto, no se mueve por los más selectos salones.

De esta segunda escena de la novela podemos sacar dos sabrosas conclusiones. Una, la extraña forma con la que Henry James concibe el amor, y no sólo me refiero a esta narración, sino a otras muchas de su producción. Tanto Flack como Probert, dos personas digamos contrapuestas, se enamoran de Francie por su belleza, y sólo por ese motivo. Ya tiene mucho cuidado James en mostrarnos una joven sin sal ni picante, de escaso interés intelectual, sin ninguna inclinación por la frivolidad o el coqueteo y de un encanto más que limitado. En definitiva, una muchacha normal y corriente que, sin su belleza, necesitaría de un trato más prolongado para descubrir sus virtudes. Digamos que el concepto de amor en las novelas de Henry James es muy pobre, y aunque a efectos literarios le ahorra muchas páginas, no sabemos si es el reflejo de una época en que las mujeres eran meras figuras decorativas o hay algo de su particular visión sobre las relaciones sentimentales.

El otro aspecto a destacar es su curiosa tirria por los franceses. Ya en El Americano hacía sufrir a su protagonista la escasa seriedad de la sociedad parisina, su elitismo y su cerrazón ante cualquier elemento contaminante que proceda de fuera. Ésta es más bien la idea que siempre habíamos tenido de la estirada sociedad inglesa, no de la francesa, pero James insiste en sus historias, una y otra vez, en los pocos escrúpulos de los galos. En esta novela además le imprime un tono socarrón y sarcástico que es una delicia.

Y es que los Probert, naturalmente, no consideran que la belleza de Francie sea motivo suficiente para que entre en tan distinguida familia, pero tampoco reparan en su personalidad, que les trae al pairo: lo que les interesa es que el padre de Francie, el simpático Whitney, no suelta prenda acerca del dinero que tiene, aparte de ser una persona de lo más “vulgar” -para ellos- y, en todo caso, un millonario que, como bien se sabe, en Estados Unidos no significa nada porque un día eres rico y el siguiente, por culpa de Wall Street, vives en la calle.

La cuestión es que, como buena familia francesa, tiene muchos trapos sucios que lavar en casa, y a pesar de ello, Francie –no demasiado convencida- acepta su unión con Gaston Probert porque entiende que el afecto del joven es genuino.

La vuelta de George Flack a Francia en busca de nuevas noticias será providencial: si bien su cinismo es cada vez más descarnado, invita a Francie una tarde a paseo en coche de caballos por París y, en su infinita ingenuidad, la chica le cuenta cómo es su futura familia política, por supuesto, auspiciada por las preguntas nada bienintencionadas de su amigo periodista. Al día siguiente, las páginas de El Eco recogerán la oscura historia de la familia Probert, bien salpimentada con hechos y consideraciones de la propia cosecha de Flack que para nada salieron de los labios de su amiga Francie.

Como es fácil de comprender, este es el detonante que Henry James nos tenía reservado a los lectores: compone la escena, coloca a todos los personajes en sus respectivos lugares, crea una serie de expectativas y después lo vuela todo por los aires. Por eso decimos que esta novela es una joya porque en su mínima composición hay una economía de medios encomiable.

De repente, esta preciosa comedia ligera se torna en una pieza dramática al considerarse los Probert traicionados por Francie Desson. Como aclara el narrador, “el sentido de la familia no era entre ellos una tiranía sino una religión”. El desarrollo de este drama entre familias ya ha de descubrirlo los lectores pero les aviso que el tono satírico que emplea James para llegar al desenlace es de una exquisitez proverbial. Podríamos decir que de nuevo pone a cada uno en su sitio, pero en lugares diferentes a los que los había colocado antes. Hay mucho talento en esta breve novela en la que James vuelve a reinventarse a sí mismo extrayendo de sus viejos temas nuevos efectos y nuevas posibilidades.

El Eco. Henry James. Alba Editorial.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

Puntúa el artículo

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

Check Also

´Reseña de cicutadry sobre La atadura, de Vanessa Duriés

La atadura. Vanessa Duriès

Vanessa Duriès era una joven francesa de 20 años cuando entró por primera vez en …

Deja un comentario