El infierno. Henri Barbusse: La soledad de los otros.

Dijo Sartre: “El infierno son los otros”. El individuo está inmerso en el mundo, no puede salir de él, por mucho que queramos ser nosotros mismos siempre estaremos influidos, coartados, queridos o aleccionados por los demás. El individuo, como tal, no existe, lo que implica que no es libre. Sospecho que esta idea permaneció en la memoria del filósofo francés desde el momento en que leyó El infierno (L’Enfer, 1908), la que podríamos considerar como la primera novela existencialista del siglo XX, escrita por un autor, Henri Barbusse (1873-1935) cuya agitada vida fue un catálogo hecho carne de todos los postulados del existencialismo.

El infierno de Henri Barbusse: un hombre cualquiera entra en una habitación cualquiera de un hotel cualquiera.

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La novela apenas tiene trama, pero parte de una situación tan interesante que podemos sustituir gozosamente la acción por la reflexión íntima: un hombre cualquiera entra en una habitación cualquiera de un hotel cualquiera. Ni siquiera sabemos su nombre; da igual. Precisamente lo que importa es ese anonimato enclaustrado en el más impersonal de los espacios:

Habitaciones como ésta se encuentran en todas partes. Es la habitación de todo el mundo. Piensas que está cerrada, pero no: está abierta a los cuatro vientos. Es una más entre una multitud de habitaciones parecidas, perdida como cualquier astro en el cielo, como un día entre todos los días, como yo en cualquier parte.

No obstante, la estancia posee una peculiaridad: a través de una ranura en el tabique, por encima de una puerta condenada, se ve la habitación de al lado. Este hombre tiene a su disposición un espacio secreto por el que podrá entrar furtivamente en la vida de los demás. Su mirada será nuestra mirada durante toda la obra.

¿Y cómo es él? Tiene treinta años, no se ha casado, ni tiene hijos, hace años murieron sus padres. Piensa que las cuestiones filosóficas son inútiles, que no sirven para controlar ni para verificar nada. Es un hombre entre los demás, igual que cualquier tarde es una tarde más entre las demás.

¿Soy feliz? Sí, pues no tengo dolores, ni pesadumbres, ni deseos complicados. Así que soy feliz. Me acuerdo que, de niño, tenía destellos de sentimientos, arrebatos místicos, una querencia enfermiza a encerrarme en mi vida. Verdaderamente, me daba a mí mismo una importancia excepcional, llegando incluso a pensar que era más que una mera persona. Pero todo eso se ha ido ahogando poco a poco en la positiva nada de los días.

Como casi todas las personas, quisiera tener lo que no tiene.

A través de esa rendija en el tabique, comenzará a conocer el mundo de manera directa, sin subterfugios ni mentiras, porque cuando se hace algo sin que sepamos que nos observan, no se disimula: lo que hacemos, lo hacemos de verdad.

Por esa habitación contigua pasarán unos cuantos personajes, algunas veces solos, enfrentados a su vida dentro de la impecable soledad de una habitación de hotel, otras veces acompañados, y cuando están acompañados, ni siquiera el ojo sobre la ranura sirve para desvelar toda la verdad, aunque duela lo que se está viendo.

Primero serán una niña y un niño, huidos de la autoridad de la abuela, que sobre la cama juegan a perder la inocencia. Después serán dos mujeres, que sobre esa misma cama se entregarán al amor que vive oculto a los demás, el deseo secreto, una llamada para salir del abismo hacia la luz, un esfuerzo por elevar su verdad oculta, la verdad de todos los amantes del mundo, atrapados por los rasgos del rostro del otro, iluminados por una preferencia comparable a la locura, agarrados a la ilusión que cambia durante un tiempo la mentira en verdad.

En esa habitación de ningún sitio corre el tiempo como si fuera visible: otra pareja de amantes, adúlteros, ya ha descubierto el miedo; el impulso animal, la alegría beatífica han desaparecido sepultada por la propia clandestinidad de la relación, lejos de la calle, lejos del sol, lejos de todo. El tiempo está haciendo su trabajo dentro de esa pareja, el amor se va convirtiendo en una vacuidad, en cosa. Mirando por la rendija, nuestro protagonista adivina la realidad que se desgarra ante sus ojos: esa mujer y ese hombre no hablan el mismo idioma; aun empleando las mismas palabras, apenas se entienden, sus anhelos son distintos: a ella la mueve una cosa; a él, otra bien distinta. Les es necesario resucitar su pasado para amarse: se miente mucho cuando se habla de amor; casi nunca es lo que se dice.

Esa sensación se multiplica con un aburrido matrimonio que ocupa durante unos días la habitación: están juntos, pero en realidad ausentes el uno del otro; se han dejado sin dejarse, viven bajo una especie de atmósfera de vacío. Ese silencio, esa ignorancia mutua es de lo más cruel que pueda existir: no amarse es peor que odiarse, como la muerte es peor que el sufrimiento.

Hay que situarse por encima de la humanidad como ese hombre que mira por una rendija, estar entre los seres y a la vez lejos de ellos para ver cómo la sonrisa se convierte en agonía, la alegría en hartazgo, cómo se desatan los lazos, cómo vamos quedándonos solos, cómo en la vida, sin querer, por su propia inercia, se pasa del todo a la nada.

¿Y dónde está en todo esto Dios, dónde? ¿Por qué no interviene en esta crisis espantosa y frecuente? ¿Por qué no impide con un milagro el horrible milagro por el cual lo que es querido se convierte brusca o lentamente en algo detestado? ¿Por qué no preserva al hombre de todos sus sueños?

Ese hombre que ve pasar la vida pegado a una pared se halla enfrentado de forma cruel a la verdad, o a un aspecto de la verdad, la que ve fríamente sus ojos: el espectáculo de la muerte, encarnado por un moribundo que yace en la habitación de al lado junto a su prometida, una chica embarazada que tendrá allí mismo un niño, un ser recién nacido que se enfrenta desde su cuna a la postergada realidad de una cama donde se apaga otra vida.

Son esas páginas de la novela, cuando asistimos a la agonía de un hombre y al nacimiento de otro, las que parecen contener algo así como un posible secreto de la existencia, como una emoción contenida que parece rebelarse en cada palabra, en cada gesto, cuyo destinatario es un hombre solo que mira por una rendija, aprendiendo quién sabe qué lecciones:

Tengo presentes los recuerdos cautivados desde que estoy aquí; son tan numerosos que he llegado a considerarme a mí mismo un extraño, y apenas tengo ya nombre al oírlos. Me evoco a mí mismo atento al espectáculo de los demás, llenándome de ellos desgraciadamente como Dios, y con atención suprema intento ver y oír lo que soy. ¡Me sería tan maravilloso saber quién soy!

Mirar de frente la existencia de los demás es asistir a la continua ceremonia de la pérdida, de los encuentros que acabarán en despedidas, de los deseos frustrados, de los vanos sueños irrealizados, de la decadencia, del incurable desgaste del amor, de la vida irrevocablemente destinada a la muerte.

Henri Barbusse, o ese hombre que se hace pasar por Barbusse en la habitación de un hotel cualquiera, mientras mira por la abertura que le ha facilitado el destino, piensa en soledad que el infierno son los otros, porque en la declinante existencia ajena se refleja la nuestra, que la vivimos inconscientemente como una abstracción en la que nos creemos merecedores de alguna recompensa, dueños del escenario donde habitamos, no espectadores sino actores, no pasado ni futuro sino continuo y narcotizado presente.

El infierno. Henri Barbusse. Rey Lear.

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El fuego

 

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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