El Palacio de los Sueños, de Ismaíl Kadaré: El infierno en la Tierra

El Palacio de los Sueños. Ismaíl Kadaré. Reseña de Cicutadry

El Palacio de los Sueños fue la novela que supuso el reconocimiento internacional de Ismaíl Kadaré en 1981. Escritor nacido en un país tan hermético y desconocido como Albania, su obra refleja la férrea dictadura estalinista que el país balcánico vivió durante cuatro décadas de la mano de Enver Hoxha. Kadaré fue uno de los pocos autores que logró burlar la censura impuesta por el régimen gracias a su especial talento a la hora de hacer pasar sus denuncias por misteriosas fábulas.

Kadaré y Kafka

A la literatura de Ismaíl Kadaré se la asocia, irremisiblemente, con el estilo de Kafka. No hay una sola crítica de sus libros que no contenga alguna referencia al escritor checo. Supongo que esto significa que, o bien no se ha leído bien la obra de Kadaré, o bien no se ha entendido el mundo kafkiano. Permítanme la broma: el único parecido entre Kadaré y Kafka es la K inicial de sus respectivos apellidos.

Decía Borges que dos ideas, dos obsesiones, rigen la obra de Franz Kafka: la subordinación es la primera de las dos; el infinito, la segunda. En las narraciones de Kafka, la acción se posterga sin solución de continuidad, en una procrastinación desesperante que lo emparenta con el mundo de los sueños. El mundo de Kafka es fundamentalmente onírico, obedece a la lógica de los sueños.

Sin embargo, el mundo de Kadaré es, sobre todo, hermético. Son historias cerradas, asfixiantes, y su lógica no es la lógica de los sueños, sino la lógica del poder. Otra cosa es que el poder se mantenga, en muchos países, según una norma irracional o caprichosa que mantenga al ciudadano en una especie de pesadilla. Pero en las novelas de Ismaíl Kadaré no hay personas que se conviertan en insectos ni detenciones en nombre de una ley desconocida o inexistente. En los textos del escritor albanés la ley es concreta y brutal, aunque sea irracional. Y ahí es donde cobra sentido una novela como El Palacio de los Sueños.

El infierno en la Tierra

“Hacía tiempo que me seducía el proyecto de un infierno”. Con estas palabras aludía Ismaíl Kadaré a la idea con la que concibió El Palacio de los Sueños. Y el infierno que imaginó fue un infierno administrativo, quizás el peor de los infiernos para el ciudadano de a pie.

Como decíamos, Kadaré crea pesadillas concretas, aunque no por ello racionales. En El Palacio de los Sueños seguimos a un joven, Mark-Alem, que consigue un puesto de funcionario en el Palacio de los Sueños, inquietante organismo estatal al que cada ciudadano está obligado a enviar por escrito un informe de lo soñado durante la noche. Estos sueños serán seleccionados, interpretados y elevados a niveles superiores por los oscuros funcionarios, que nunca terminan de saber la posible importancia de su trabajo.

Como señala uno de los múltiples jefes que conocerá Mark-Alem:

Se trata de una empresa colosal, ante la que todos los Oráculos de Delfos y las castas de profetas y magos de antaño resultan minúsculos y ridículos (…) Aquí, mejor que mediante ninguna otra clase de estudio, atestado, procedimiento judicial, relación policial o de los gobernadores de los bajalatos, se aprecia la verdadera situación del Imperio. Porque en el continente nocturno del sueño se encuentran tanto la luz como las tinieblas de la humanidad, su miel y su veneno, su grandeza y su miseria.

El reino de la muerte

En el Palacio de los Sueños todos los funcionarios están dirigidos hacia un único objetivo: encontrar el sueño maestro. Es el Sueño de los sueños, ese sueño que, bien interpretado, es llevado a la máxima autoridad, que de un simple vistazo descubre lo que realmente están pensando sus súbditos y, por ende, las posibles amenazas que se ciernen sobre el poder.

En el mundo de Ismaíl Kadaré, además del hermetismo y el poder, siempre está presente una emoción fundamental: la desconfianza. El poder, por definición, es desconfiado, siempre siente la amenaza de ser desbancado. Pero esa misma desconfianza hace que el poder no pueda apoyarse en lo conocido, en lo que los ciudadanos digan o hagan en su vida diaria.

De ahí la fuerza esta gran novela. El Palacio de los Sueños sería el ideal de cualquier gobernante: poder entrar en la mente de los ciudadanos, saber lo que piensan, sus miedos, sus deseos, sus intenciones. Sería el mejor sondeo posible. Lo que lo convierte en un infierno es que El Palacio de los Sueños se acude a esa otra parte de la vida tan emparentada con la muerte que es el subconsciente, el sueño, el otro lado de la realidad, donde los seres humanos viven pesadillas que, afortunadamente, no existen en su vigilia.

El poder y el miedo

En El Palacio de los Sueños hay una angustia creciente, perfectamente graduada por Ismaíl Kadaré a partir del ascenso de su protagonista dentro del organismo. En cada paso que lo acerca a los escalafones superiores hay un grado mayor de miedo, porque las consecuencias de sus actos son cada vez más irreversibles.

Esta novela incide en un aspecto del poder sobre la que pocas veces se ha escrito. Es bien conocido que los ciudadanos inmersos en una dictadura viven con miedo: pero es que el miedo de la ciudadanía procede del miedo de los gobernantes. En la raíz de todo está el miedo del poder, ese vértigo, esa ansiedad que vive el gobernante a ser atacado, usurpado, engañado, desbancado. Por eso, lo primero que hacen los dictadores cuando llegan al poder es imponer el régimen del terror, sin excepciones.

El miedo es una emoción muy poderosa, que mal gestionada lleva al delirio. Esta es la posición de Kadaré ante el miedo del poder, que refleja perfectamente en El Palacio de los Sueños: las decisiones del Sultán, de la máxima autoridad, se rigen por la interpretación de un sueño, un solo sueño, de uno de sus súbditos, al que, por otro lado, torturan para que extraiga de su memoria cuanto haya de peligroso en ella.

Las fábulas de Kadaré

Como comprenderán, en un régimen de terror como el que tenía impuesto Enver Hohxa en Albania, estas propuestas acerca del poder eran imposibles de reflejar en la literatura sin ser encarcelado o asesinado. De ahí que la literatura de Ismaíl Kadaré esté fuertemente emparentada con el género de la fábula.

Como es bien conocido, en las fábulas el lector tiene que leer entre líneas, tiene que interpretar el texto. La ventaja con la que contaba Kadaré, de cara a sus lectores, es que éstos ya sabían de antemano lo que había que interpretar, qué era lo que quería decirles el autor. Solo la ceguera de los funcionarios censores albaneses –que, de alguna manera, debían parecerse a los imaginarios de El Palacio de los Sueños– podía hacer que no vieran lo evidente: que en las novelas de Ismaíl Kadaré se estaba hablando abiertamente de la Albania actual, con sus extrañas remisiones a imperios imaginarios, generalmente bajo dominación turca, y remotos en el tiempo.

Todo gran escritor es un buen conocedor de su situación en el mundo. De hecho, su tarea suele ser describir esa realidad que vive y darla a sus lectores presentes y futuros. Ismaíl Kadaré es un escritor muy inteligente que supo ver las grietas, las curiosas maneras y las ridículas tomas de decisiones del poder dictatorial de Albania, para poder burlarlas.

Pero en cualquier caso, una vez finalizada la tiranía albanesa, quedan hermosas novelas como El Palacio de los Sueños, que no solo resisten el paso del tiempo, sino que actualizan continuamente las relaciones entre poder y ciudadanía. Aunque muchos de estos ciudadanos quieran seguir viviendo en una especie de inocencia dentro de sus regímenes democráticos, el infierno siempre está ahí, al acecho, amenazante, en las cloacas del poder.

El Palacio de los Sueños. Ismaíl Kadaré. Alianza Editorial.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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