El paraíso perdido

Paraíso perdido

Sólo valoramos aquello que perdemos. Los paraísos siempre son perdidos, siempre ocurrieron en el pasado, y quizás esa nostalgia sea el verdadero pecado original de la humanidad. Lo he podido comprobar leyendo los diarios de Adolfo Bioy Casares: una tarde de mayo de 1976, Bioy sale de un cine de Buenos Aires para encontrarse con una mujer. Mientras la está esperando en una esquina, escucha sirenas, ve pasar motocicletas, patrulleros fuertemente armados, un jeep con un cañón. De un edificio cercano salen voces iracundas y delante de ellas un hombre que al poco rato yace muerto sobre la acera, acribillado por los disparos de los soldados. La gente que un momento antes paseaba tranquilamente, corre despavorida. Bioy consigue llegar a su coche para ponerse a salvo. Después cuenta de aquellos momentos: “Mientras lo vi, me conmovió menos que los del cine; pero me dejó más triste”. Estamos en los primeros días de la brutal dictadura que asoló Argentina durante años, y lo que estremece de esa escena es que miles de personas que vivían despreocupadas su rutina diaria se sintieron de repente sacudidas por una fuerza degradante que los privó de un futuro seguro. Me pregunto qué actos banales estarían realizando en aquellos momentos todos esos hombres y mujeres que poco más tarde desaparecerían para siempre en los sótanos siniestros de la policía militar.Estamos tan habituados a vivir entre derechos, esa formidable invención humana, que cuando nos privan de ellos de una forma radical, como en esos días argentinos a los que alude Bioy, sentimos una conmoción íntima, inconcebible, que nos deja huérfanos de nosotros mismos. Ante la ausencia de derechos, sentimos como nunca la fragilidad humana.
 
Creemos tener derechos como tenemos pulmones, como algo consustancial a nuestra persona, pero en estos días de violencia e irracionalidad hemos comprobado que los derechos más primarios del ser humano se vulneran en casi todo el mundo, y que somos unos privilegiados en medio de tanto ultraje. Vemos a las mujeres afganas enjauladas en ropajes fantasmales, consideradas por los hombres de su mismo país y religión casi como animales, y esa condición residual se repite en muchos países donde la mujer es poco más que un objeto aprovechable para determinadas tareas, siempre humillantes. Vemos niños explotados, esclavizados en minas sudamericanas, donde su única salida es la supervivencia. Cuando se destruyen los derechos se vuelve inevitablemente a la selva, a la ley del más fuerte, que es la única ley que nunca deberíamos obedecer.
 
Gracias a esa invención de los derechos yo puedo escribir ahora tranquilamente en mi habitación, sin temer que mi vecino, que es más fuerte que yo, entre en mi casa y se apodere de ella, de mi mujer y de mi hijo, que me haga renunciar a estas palabras o acabe con mi vida por la sola razón de que soy más débil que él. Esto, que parece una simpleza, no podrán decirlo los desaparecidos en las dictaduras sudamericanas o los miles de ciudadanos de la antigua Yugoslavia que padecieron el terror y la impotencia en los campos de exterminio hace sólo unos años.
 
“Todo ser humano considera bueno tener derechos”, dice José Antonio Marina. “Sólo las bestias, aunque tengan forma humana, desearían que nada protegiera a los débiles”. Es una exigencia de la inteligencia, un fin que ha de promoverse desde la comunidad, porque nadie puede atribuirse derechos si no los comparte con los demás. Es un aprendizaje que debería enseñarse desde las escuelas, para que todos supiéramos reconocer a los iluminados que se atribuyen códigos de justicia de forma unilateral. Debería cultivarse una cultura de la inteligencia y de la ética que impidiera la admiración hacia ciertos individuos que basan sus ideas en actitudes intolerantes y cínicas.
 
Para todos esos desaparecidos de las dictaduras, de las guerras, de la violencia, no hubo otra oportunidad, y cuando sufrieran las vejaciones más atroces en su persona, pensarían por última vez que ellos habían perdido el paraíso, y que ese paraíso había estado en la Tierra.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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