El periodista deportivo, de Richard Ford: una vida errante

El hecho de que Raymond Carver, un maestro incontestable del relato y posiblemente el mejor cuentista estadounidense de todos los tiempos, calificara a Richard Ford como el mejor escritor estadounidense fue para mí algo más que un acicate para animarme a conocer su obra. El periodista deportivo, publicada en 1986, fue su tercera novela y la que le consagró como escritor. Se trata de la primera obra de una trilogía compuesta por otras dos novelas: Día de la Independencia y Acción de Gracias. Sin embargo, para quien desconozca la obra de Richard Ford es en El periodista deportivo donde se pueden encontrar más fácilmente los pilares de su estilo como escritor.

Richard Ford contó en una entrevista que la idea para escribir esta novela se la dio su mujer, que le sugirió que escribiera sobre “alguien que fuera feliz”. Por supuesto Richard Ford no tenía ni idea de cómo abordar una historia de esas características, máxime cuando su concepción de la literatura versaba sobre seres angustiados y fracasados. Entonces pensó que una de las cosas que hacían feliz a una persona era su trabajo y pensó en darle al personaje un trabajo que le gustara. Así que eligió el trabajo de periodista deportivo. Luego pensó que cualquier persona feliz probablemente ha sido infeliz en el pasado. Y así fue como llegó hasta el protagonista de esta historia. Según Richard Ford, El periodista deportivo es la historia de un tipo que intenta hacerse un hombre mejor, un hombre más feliz.

Un monólogo lleno de encanto

El protagonista de El periodista deportivo, Frank Bascombe, es un escritor que decide abandonar su carrera literaria pese a haber obtenido buenas críticas y gozado de cierto éxito gracias a un libro de relatos. Narrada en primera persona, Bascombe nos explica al poco de comenzar esta historia que ha dejado la literatura para dedicarse al periodismo deportivo. Una decisión que sin duda resulta chocante, pero que Bascombe justifica aduciendo que entrevistar a deportistas le ayuda a sentirse mejor al aceptar así la fugacidad de su fama y, sobre todo, como un medio de superar la muerte de su hijo Ralph a los nueve años o su propio divorcio.

Gracias a su trabajo como periodista deportivo, su única válvula de escape, Bascombe puede viajar por Estados Unidos para entrevistar a glorias pasadas y presentes del deporte. En su recorrido busca la inmediatez del placer de una victoria, la intensidad de una relación o reencontrarse con su inagotable capacidad para engañarse diariamente pensando que es un hombre feliz.

Una reflexión acertada

A lo largo de la lectura de El periodista deportivo, con los sucesivos viajes de Bascombe, nos vamos encontrando con nuevos personajes destinados a confirmar lo perdido que está el protagonista ante su propia vida, una vida errante sin un destino cierto y el fugaz consuelo de la inmediatez de alguna que otra relación sexual con las mujeres que va conociendo fortuitamente y que no llevarán a nada salvo a un sentimiento de vacío. El lector no entiende demasiado bien por qué Frank va cayendo de manera gradual en una espiral de la que cada vez es más complicado salir, pero es justamente ese círculo vicioso el que da mayor interés a la novela.

Igualmente, los saltos temporales entre el pasado y el presente permiten conocer las dos caras de un personaje poliédrico que representa a la perfección al hombre de nuestros días. Nos recuerda que a mediados de la década de los 80 del pasado siglo, parecía casi obligatorio el ser feliz y el encontrar alternativas a una vida rutinaria.

Es en esa búsqueda en la que se produce el error continuado, confirmando así la pérdida total de rumbo de nuestra sociedad. Y es que el viaje desde las mejores urbanizaciones de New Jersey a la América profunda es tan irreversible como problemático.

No en vano, el propio Richard Ford ha comentado que su planteamiento inicial, como se explicó al comienzo de esta reseña, era narrar la historia de un hombre feliz, de un triunfador, de un protagonista más del sueño americano. Fue al ir desenvolviendo las distintas aristas del personaje cuando se percató de la imposibilidad de crear una novela bajo estos parámetros.

Es más, el propio Bascombe se va dando cuenta, a medida que recuerda pasajes de su vida, que la felicidad que parece tener no es nada salvo una ilusión que se ha creado para evitar un trágico final. Pese a todos los intentos por darle un poco de estabilidad a su vida, bien tratando de cimentar la frágil relación que mantiene con Vicky su última novia más o menos estable, o bien tratando de recuperar la relación rota con su exesposa a la que llama X, no serán sino tentativas abocadas al fracaso.

El destino de Bascombe, por ende, parece estar escrito a fuego: no dejará nunca de ser un hombre errante que huye de sí mismo y de su pasado. Incapaz de recomponer su vida, seguirá ocultándose en lo que parece más fácil, en la indolencia, en el dejarse llevar plácidamente como las aguas mansas de un río, sin aspavientos, sin melodramas.

Distintos estilos en una misma obra

A medida que avanza El periodista deportivo se va observando un cambio de estilo conectado con el momento personal del protagonista. La rica prosa del inicio se va convirtiendo en otra mucho más brusca, con menos recursos estilísticos e incluso minimalista. El uso de un marco temporal, el día de Pascua, en el que Frank repasa toda su vida, no deja de ser casi una bomba de relojería dispuesta a estallar justo al final.

Ni las fallidas relaciones sentimentales, ni el individualismo, ni las ganas de ganarlo todo en la vida son suficientes para un personaje que hace balance de una vida gris compartida por millones de personas en todo el mundo.

La novela va atrapando al lector poco a poco, ya que dibuja buena parte de la vida de Bascombe y deja puertas abiertas a la interpretación personal de la misma. Su importancia en la literatura estadounidense de finales del siglo XX es indudable ya que se convirtió, prácticamente, en el testamento oficioso de los que pensaron que tener una gran casa, dinero en el banco y una relación sentimental eran los únicos objetivos de la vida.

El periodista deportivo. Richard Ford. Anagrama.

Acerca de Jaime Molina

Jaime Molina
Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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