El pozo de la soledad. Radclyffe Hall. La Biblia del lesbianismo

El pozo de la soledad. Radclyffe Hall. Reseña de CicutadryHay dos tipos de novelas eróticas: las que se leen con una sola mano y las que sirven de reflexión sobre la esencia misma del erotismo. A este último tipo corresponde El pozo de la soledad, una novela que la escritora británica Radclyffe Hall publicó en 1928 entre un fabuloso escándalo de crítica y censura, y que ha quedado para la historia de la literatura como la primera novela que abordó abiertamente el lesbianismo.

Como no podía ser de otra manera, la propia Radclyffe Hall era lesbiana, y un poco a la manera de Oscar Wilde, exteriorizó de una forma ostentosa y valiente su condición sexual, tal vez de una forma que desde nuestra óptica actual puede parecer extravagante, pero que en su contexto histórico no podemos más que admirar.

Precisamente el contexto histórico es fundamental para entender la esencia profundamente erótica de esta obra, si entendemos como erotismo la forma de relacionarse las personas entre sí como seres sexuados. Por eso advertimos desde el principio que no hay una sola escena explícita de sexo en toda la obra.

La novela más bien podría encuadrarse (para entendernos) en el género costumbrista si no fuera porque el asunto del que trata, el lesbianismo, no era ninguna costumbre (aceptada) en los años 20. De hecho, la historia profundiza en los problemas tanto sociales como psicológicos que debe soportar la protagonista, Stephen Gordon, por el hecho de sentir atracción por las personas de su mismo sexo. Estamos, por tanto, ante una novela nada complaciente con la condición de lesbiana del personaje, que lucha por aceptarse y ser aceptada en un agónico conflicto interior que nada tiene que ver con la aceptación personal y social que, afortunadamente, ahora mismo vive este colectivo.

Someramente, la historia trata de la vida de Stephen Gordon, una niña que nace en pleno periodo victoriano dentro de una noble familia rural inglesa, y que por diversas circunstancias, no es aceptada como mujer por sus padres. Su nombre, Stephen, es masculino por decisión de su padre, que deseaba un vástago que continuara su labor en el campo, y una madre de raros escrúpulos de clase que jamás la querrá por el simple hecho de ser mujer en un mundo (el rural) eminentemente de hombres.

En este sentido, la escritora Radclyffe Hall estaba muy influida por los psicólogos de la época, que pensaban que la condición sexual de una persona es de origen congénito, es decir, que los homosexuales (o heterosexuales) nacen, no se hacen. Esto unido a la profunda religiosidad de la autora, que por un lado pensaba que Dios la hizo así, pero por otra parte no podía desprenderse de la conciencia de pecado, origina un cóctel de ideas contradictorias que ensombrecen toda la trama.

El pozo de la soledad. Radclyffe Hall. Reseña de Cicutadry

La escritora Radclyffe Hall (a la derecha) junto a su pareja, Lady Una Trowbridge, 1927

Las contradicciones no paran ahí: la joven Stephen muestra desde pequeña una clara aversión por lo masculino y a la vez se siente fascinada (o más bien enamorada) de la figura paterna. Esto será decisivo en su desarrollo sexual; a Stephen (como a la propia Radclyffe Hall) le gustaban las mujeres muy femeninas que, a su vez, se sentían atraídas por las mujeres; es decir, lo que ahora entendemos como bisexuales. Stephen es la parte masculina de la pareja, hasta el punto que ella misma no se autodenomina lesbiana, sino invertida, un término que ahora es peyorativo y hasta casposo pero que entonces venía a definir a quienes deseaban al sexo contrario a “lo normal”, o sea, a su propio sexo. Como ven, toda una compleja problemática heredada de una forma de pensar y de una cultura que aún no había puesto nombre (ni reconocido) la diversidad sexual.

El mayor conflicto al que se enfrenta Stephen deriva de sus inclinaciones sexuales dentro de su lesbianismo: al gustarle las mujeres bisexuales se encuentra ante la disyuntiva de apartar a éstas (según su modo de ver) de sus también naturales deseos por los hombres, que además, les proporcionan el reconocimiento social y una vida, digamos, más tranquila que si ejercieran su lado homosexual. En un alambicado ejercicio de amor incondicional, Stephen está dispuesta a sacrificar su propia felicidad por tal de que sus amantes puedan disfrutar de una vida “normal” de cara a la galería, es decir, se ve en la encrucijada de renunciar a su amor por tal de no “arrastrar hacia el abismo” a la mujer a la que quiere.

Un lector poco sagaz podría pensar que esto es un melodramón de tomo y lomo, pero si ponemos la novela en su contexto observaremos que lo que la autora vertió en ella fue su particular conflicto solitario, su vida sexual sin instrucciones de uso, puesto que entonces estaba sola ante el mundo. La obra se llama precisamente El pozo de la soledad para señalar esa condición aislada de la protagonista, a la par que abismal, en el sentido de miedo ante el desconocimiento de las consecuencias de cada uno de sus pasos.

Como decíamos al principio, esta novela fue censurada en su momento y causó un escándalo fenomenal en el Reino Unido, con juicios públicos, críticas furibundas y quema de libros que, como siempre ocurre en estos casos, dio una notoria publicidad a la obra. Aunque prohibida su publicación, el texto circuló clandestinamente y muchas mujeres pudieron identificarse con la protagonista y reconocer que sus inclinaciones eran “naturales” y no la aberración que estaba considerado el lesbianismo. De alguna forma, El pozo de la soledad “sacó del armario” al erotismo lésbico de forma pública y cuando por fin fue permitida su publicación en 1948, se convirtió en la Biblia del lesbianismo, como actualmente se conoce a esta novela.

Sin embargo, esta publicidad no le fue tan bien respecto a las feministas, que nunca estuvieron de acuerdo con ese sufrimiento un tanto gratuito de la protagonista en su doble condición de mujer y de lesbiana. Ellas advirtieron (y no les faltaba razón) que en la novela apenas hay un momento de felicidad y que parece más bien que la pobre Stephen sobrelleva con resignación y sufrimiento su particular “problema” en lugar de reivindicar su derecho a ser como es. Ciertamente, leída ahora la novela está más que superada, aunque pienso que generalizar en estos casos es erróneo y habrá aún muchas personas de lo que podríamos llamar el “tercer sexo” (por tomar una expresión del gusto de Radclyffe Hall) que puedan identificarse, si no con los mismos problemas de la protagonista, sí con esa condición aislada e incomprendida de quienes son diferentes en sociedad.

En cualquier caso, El pozo de la soledad fue una novela erótica necesaria, escrita con solvencia narrativa por una autora valiente y honrada que no ocultó sus más íntimas inquietudes ante el público. Si dejáramos de mirarnos nuestros complacientes ombligos occidentales entenderíamos que los problemas y la incomprensión que Radclyffe Hall tuvo que soportar hace un siglo por su condición sexual, y que aún pueden leerse en esta novela, siguen plenamente vigentes en buena parte del mundo.

El pozo de la soledad. Radclyffe Hall. Ediciones de la Tempestad.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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