El tiempo sin dueño

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Conozco gente que no lee o que nunca va al cine, gente que no siente nada ante una catedral gótica o para quien la música le es indiferente, pero no conozco a nadie que no vea la televisión. Y sin embargo es un medio que siempre está en entredicho, como si fuera una droga de la que pocos pueden escapar pero que todos saben que es perjudicial. No hay quien resista su incuestionable embrujo: por las mañanas, los primeros comentarios en las oficinas o en las cafeterías se refieren al programa de la noche anterior. Escucho: “Fulano dijo esto o aquello y se pelearon dos allí mismo en directo”, “la mujer de mengano confesó que le pegaba su marido y se armó la de Dios”, para después puntualizar que la televisión está hecha un asco y que no hay quién la vea.
 
Todo esto me parece una hipocresía. Como debería confesar cualquier ciudadano de a pie, a mí me gusta la televisión como otra forma más de recreo o de información. Yo he disfrutado con Estudio-1, con los ciclos de grandes directores de cine que programaba Pilar Miró, con Barrio Sésamo o con las hazañas deportivas de Valentino Rossi o Induráin. Eso sí, me gusta la televisión que yo mismo elijo entre lo que hay. Nadie me obliga a contemplar lo que no quiero ver y mi voluntad se manifiesta a través de un simple clic en un interruptor. Lo que sí nos podemos plantear es cómo funciona esa maquinaria irresistible y qué es lo que hace que sea tan controvertida.
 
Lo primero es ver cómo se ha llegado a ese concepto que se llama telebasura. Parece que todos los directivos de las cadenas televisivas, todos los guionistas y los profesionales, se han puesto de acuerdo para hacer programas anodinos y casi nocivos para la salud mental. A eso contestó Umberto Eco con un artículo que se llamaba “El público perjudica a la televisión”. Según esta idea, los televidentes no serían esa pobre clase indefensa y sapientísima que es maltratada por programas vulgares con decorados chillones y presentadoras siliconadas, sino una muchedumbre de personas con gustos horteras, inculta e intelectualmente vacía que demanda espectáculos hechos a su medida para llenar horas de su vida igualmente vacía. Creo que esto es como lo de la gallina y el huevo. No se sabe qué comenzó antes, la oferta o la demanda.
 
Lo que sí es cierto es que los directivos han inventado eso de las audiencias para echarle la culpa al público. Un programa es interesante si atrae al mayor número de gente, sin que en ningún momento se debata si los contenidos son estimables o los más adecuados. Para las cadenas de televisión, cantidad es sinónimo de calidad. Pero lo que no nos quieren decir es que para ellos un programa es bueno si es rentable. Los que saben de los entresijos de la televisión lo denuncian: la publicidad es la que manda. Lo dijo Lolo Rico: “Los espacios que justifican los costes publicitarios tienen que darle a entender que vida es sinónimo de apropiación febril de objetos diversos y hacer que se identifique usted con quienes disfrutan de la máxima disponibilidad económica”. No sé si se habrán dado cuenta, pero las protagonistas de las teleseries nunca son familias pobres, y además hay que ver lo que consumen.
 
Los profesionales del medio insisten en que la televisión es mera distracción, pero no creo que sea así. Su poder es tan grande que cualquier cosa que dice tiene una repercusión inmediata en la sociedad. No se puede tener el derecho a poder llegar al fondo de las conciencias de los demás y no tener responsabilidad ética alguna. No hablo por supuesto de una censura previa ni de propuestas pacatas, ni siquiera de una televisión educativa. Pero no hay que olvidar la tremenda función social que tiene la televisión y lo que nos debe presentar es alternativas para que las personas que estamos dispuestas a educar correctamente a nuestros hijos lo podamos hacer ofreciéndoles unos ratos de ocio ante la pantalla basados en el uso racional de la programación.
 
La mala televisión y la falta de atención de padres y educadores están fabricando analfabetos funcionales, con nulo sentido crítico, que con el tiempo serán carne de cañón para embaucadores varios. Los televidentes aceptan cualquier cosa que les pongan sin razonar el sentido de lo que ven. Alguien me ha dicho, a propósito de los programas del corazón o los reality-show, que están bien porque se dejan ver, porque son sencillos de seguir y no tienes que calentarte la cabeza. He conocido muchos hogares donde la televisión está encendida todo el día, aunque nadie la vea, “porque acompaña”. La televisión se ha convertido en un agujero negro que absorbe cualquier energía situada en su campo visual, tiempo vacío en contraposición a tiempo libre, tiempo sin exigencias y sin dueño, porque, ¿no se han dado cuenta que casi nadie suele ver la televisión cuando sale de vacaciones?
 

 

 

 

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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