Fermina Márquez. Valery Larbaud

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La adolescencia no es inocente: no es que el niño pierda la candidez al convertirse en adulto, sino que es ya el futuro adulto el que no quiere perder el quimérico mundo del niño. Imaginemos un lugar donde los adolescentes deben pasar las 24 horas juntos todos los días del año, salvo los períodos vacacionales: un internado. E imaginemos un internado un tanto extraño, situado en Francia sin apenas alumnos franceses. En él, estudian hijos de grandes potentados sudamericanos, hijos de armadores de Montevideo, de comerciantes de guano del Callao o de fabricantes de sombreros de Ecuador, y junto a ellos , una minoría de discípulos franceses que son admitidos entre los hispanos porque valen casi tanto como la raza de sangre azul, de sangre española. Podemos imaginar la historia de una cuadrilla de señoritos insolentes e indisciplinados, pero esa historia puede ser real cuando quien la cuenta es uno de ellos, un narrador sin nombre, un alumno que podría llamarse Valery Larbaud.

Valery Larbaud (1881-1957), rico heredero, dandy, traductor, viajero, lector de un gusto exquisito, fue considerado un escritor menor quizá por su vida placentera, desocupada y fácil. Autor de una obra escasa, escribió una pequeña joya extrañamente reconocida en su tiempo: Fermina Márquez (1911). Bajo este escueto y poco expresivo título se oculta una de las mejores novelas sobre la adolescencia que la suerte me ha dado descubrir.

Fermina Márquez es una bella adolescente colombiana, hija de banquero, que junto a su hermana pequeña y una tía criolla, acompaña en Paris a su hermano durante una temporada, internado en el colegio de Saint-Augustin, colegio de ricos, de señoritos en su mayoría sudamericanos.

Por supuesto, como no podía ser de otra manera en una novela de esta sutileza, Fermina no es la protagonista, sino el detonante de la miserable conducta a la que se puede llegar en la adolescencia. Fermina, siempre acompañada por su familia, pasea por los jardines del colegio ante la mirada de los alumnos que escriben su nombre en los cuadernos, al margen de los apuntes sobre lenguas clásicas, acompañada de estúpidas frases románticas.

Si para algo sirve un internado es para escaparse por las noches de él. Así conoceremos las correrías de Santos Iturria y su fiel acompañante, el negro Demoisel. Mientras duermen en clase con los codos sobre la mesa, todos sus compañeros saben de su derroche en restaurantes de postín y de sus aventuras en Montmatre, habituales en el Boulevard de Clichy de calaveras, cíngaros y chicas de vida alegre. Santos es el perfecto candidato para deslumbrar a la deseada Fermina, y lo demuestra la primera vez que se acerca a ella: cuando con descaro va a besarle la mano, se cae la pulsera de la muchacha al suelo. En ese instante, Santos se ofrece para devolvérsela esa misma noche en su casa de París. A pesar de los reproches de Fermina, al día siguiente la pulsera aparece en su muñeca a la vista de todos.

Ante la fuerza bruta de Santos, se trata de oponer la inteligencia de Joanny Léniot, el empollón de la clase, el verdadero protagonista de la novela, en cuyos secretos ahonda el narrador. Léniot no es como los demás chicos: taciturno, aislado, con un carácter sin relieve, el día de reparto de premios siempre es su nombre el primero en ser pronunciado. Excluido de los juegos al aire libre por su especial torpeza, se consagra al latín incluso en los recreos. ¿No hemos tenido acaso todos un compañero así en nuestro pasado escolar? Pero lo que Léniot vive por dentro sólo puede ser contado con un referente, y ese referente será Fermina, un premio más en su exitosa carrera, una manera de demostrar a sus compañeros que él puede destacar en todo, incluso en el arte de la seducción.

El peculiar trayecto de la tierna ambición a la más mínima falta de dignidad será la materia de esta novela, y no es un trayecto fácil de contar. Larbaud, con unos acertados recursos expresivos y una prodigiosa economía verbal, nos va adentrando en la compleja personalidad del adolescente Léniot, conquistador por orgullo del objeto de deseo de todo un colegio. ¿Pero cómo hacerlo ante la deslumbrante presencia del disipado Santos Iturria, él, un joven sin brillo cuyo mayor mérito es ser el hijo deseado por cualquier padre, el alumno soñado por cualquier profesor?

En principio, lo hará a través de una habilidosa argucia: erigirse en defensor del hermano de Fermina, poco apreciado por el resto de los alumnos; después ganándose la confianza de su tía; más tarde, obteniendo el privilegio de ser él quien acompañe a las damas en los paseos por el jardín del colegio; finalmente -piensa Lénoit- ofreciéndole a la inocente Fermina la suerte de compartir su presencia, su poderosa conversación, sus sueños delirantes de delirante adolescente.

Hay un momento en la novela en el que la estupidez y la genialidad comparten el mismo párrafo, en el que no se sabe si Fermina y Lénoit forman una romántica pareja o una unión de cochambrosas personalidades. Poco sabremos de la joven sino una vaga confesión ante las acometidas del arrogante Lénoit, convertido a su vez en un cordero con la piel de lobo, y poco importa a fin de cuentas lo que pueda sentir Fermina ante la figura de su seductor, dotado por Valery Larboud de un imponente, sombrío y atractivo carácter digno de esos personajes literarios que no se pueden olvidar.

Aun en su brevedad, la novela desemboca en un capítulo final que sirve como recordatorio a los lectores de la relatividad de los hechos que forman una vida. Tal vez sin este desenlace la obra no alcanzaría la capacidad de persuasión propia de una obra maestra, esa rara habilidad que poseen ciertos escritores de aclarar a través del arte lo que a los demás nos resulta inexplicable.

Fermina Márquez. Valery Larbaud. BackList.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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