El gran Gatsby. Francis Scott Fitzgerald. El fin de los buenos tiempos.

El gran Gatsby. Francis Scott FitzgeraldFrancis Scott Fitzgerald (1896-1940) pensó que un hombre podía perseguir durante toda su vida un solo deseo. Su único deseo fue ser rico, y lo consiguió desde que publicó su primera novela. Pero la vida es un constante proceso de deterioro y a la vida disipada entre fiestas y lujo se unió la esquizofrenia de su mujer, y después el alcoholismo y la ruina mental y económica que lo devastaron hasta que llegó su prematura muerte.

 Al igual que ocurrió con su propia persona, también imaginó a un hombre, Jay Gatsby, que tenía un solo deseo: conquistar a la mujer de sus sueños. Francis Scott Fitzgerald escribió El gran Gatsby (The Great Gatsby,1925) por pura necesidad y construyó en ella un personaje fascinante que sólo podía ser su retrato ideal, el hombre que nunca llegó a ser. Pero no hay hombres que tengan un solo deseo en la vida, ni siquiera hombres como Gatsby; por eso, El gran Gatsby es una novela muy literaria, muy irreal, lo que curiosamente le añade valor a sus indudables méritos artísticos.

Lo mejor de la novela, su gran hallazgo es, sin duda, el punto de vista que eligió Scott Fitzgerald para contarla: utiliza a un personaje mediocre, que relata en primera persona la historia, sin apenas saber nada de ella. Y como en toda primera persona, hay mucho más de interpretación que de realidad. Lo que observa el lector es la visión que tiene Nick Carraway -un joven que llega del medio Oeste a Nueva York en busca de trabajo-, una visión parcial, desde luego, de las interioridades de los ricos, de sus conversaciones, de sus ideas, de sus proyectos. La década de los 20 fue una época de esplendor económico en Nueva York; nos la imaginamos como un río de oro, o al menos así lo ve Nick, porque las personas con las que se relaciona, su prima Daisy y su marido, son envidiablemente ricos.

Benny McClenahan llegaba siempre con cuatro chicas. Casi nunca eran las mismas en su persona física, pero se parecían tanto la una a la otra que daba la impresión de que ya hubieran estado aquí antes. Se me olvidan sus nombres, Jaqueline, creo; o si no, Consuelo, Gloria, Judy o June, y sus apellidos eran o bien los melodiosos nombres dé flores o de meses, o los más serios de grandes capitalistas norteamericanos cuyas primas, si se las presionaba, confesaban ser.

Scott Fitzgerald hará que no conozcamos a Gatsby hasta bien iniciada la novela. Lo que sí conocemos, o conoce Nick, son las consecuencias de su riqueza, puesto que son vecinos. De la casa de Gatsby brota la música durante todas las noches de aquel verano. En sus jardines, el champán, los hombres y las muchachas van y vienen como mariposas. Los fines de semana el Rolls-Royce se convierte en un autobús, trayendo grupos de Nueva York desde las nueve de la mañana y devolviéndolos hasta mucho después de medianoche. Después sabrá Nick que no son invitados de Gatsby, sino gente que se apunta a la fiesta gracias a la generosidad de su anfitrión que apenas les hace caso.

Casi nadie conoce a Gatsby, y quien sabe de él cuenta cosas contradictorias. Dicen que mató a un hombre, que es un contrabandista de licores, que trabajó como espía para Alemania en la Gran Guerra. Cuentan muchas cosas de Jay Gatsby, probablemente ninguna cierta. Ni siquiera lo que cuenta Gatsby es cierto, o al menos no todo lo que cuenta. Un día se sincera con Nick, le asegura que le dirá toda la verdad, pero ni siquiera le dice su verdadero nombre, James Gatz. El desgraciado James, el ambicioso James, se encontró un día con el millonario Dan Cody y con su fastuoso yate, le sonrió y cuando éste le preguntó su nombre, le contestó que se llamaba Gatsby. Hizo de todo en aquel yate: mayordomo, marinero, capitán, secretario,… La foto del millonario Dan Cody es la única que tiene Gatsby en su dormitorio, como se tiene la foto de la novia o de la esposa.

Ciertamente, nadie sabe quién es Gatsby, ni nadie lo sabrá cuando se termine la historia, porque ese es parte de su atractivo, de la fascinación que ejerce sobre Nick. Sí sabemos algo: todas aquellas fiestas, todo aquel lujo, sólo son un decorado que se destina a la conquista de su vida: la de su prima Daisy. Cuando haya hablado con ella, cuando su poder de seducción ya pueda concretarse en una sola persona, Gatsby dejará de dar fiestas: ya no son necesarias.

Aquella misma tarde tuvo que haber momentos en que Daisy no alcanzara el nivel de sus sueños… no por culpa suya, sino por la colosal vitalidad de la ilusión de Gatsby, que sobrepasaba a Daisy, que lo sobrepasaba todo. Se había dedicado a su quimera con una pasión creadora, agrandándola todo el tiempo, adornándola con cualquier pluma de brillantes colores que se ponía a su alcance.

Daisy fue la mujer de la que se enamoró hace unos años; se enamoró de su dinero, queremos decir, y de su vida falta de riesgos. Pero Daisy no podía hacer caso a aquel muerto de hambre que aún no había llegado a ser Gatsby, y se casó con Tom Buchanan, un tipo rudo y primitivo, racista, infiel. No le cae bien Tom Buchanan a Nick, porque no le cae bien a Gatsby.

De repente, lo que parecía una novela sobre los triunfadores de los años 20, sobre los negocios turbios y las fiestas interminables, pasa a ser una extraña novela de amor, un triángulo amoroso en el que el lector toma partido inmediatamente por el personaje más oscuro. Y de la novela de amor, en pocas páginas, se pasa a la tragedia, y de la tragedia a una novela existencial sobre la soledad humana. Hay muchas historias en El gran Gatsby y están muy bien contadas. Cuando crees que has comprendido una, Scott Fitzgerald te sorprende con otra, como un ilusionista que sabe hacer calibrar muy bien el efecto de sus trucos.

Al final –pero ese final ya está contenido en el principio y lo justifica-, esta novela deja esa sensación que se tiene cuando se contempla un salón donde se ha celebrado una fastuosa fiesta, con sus serpentinas colgando y las mesas atiborradas de copas y botellas de champán vacías. El lector cierra el libro y se queda con la desconsoladora visión de los charcos de bebida sobre el suelo, las sucias huellas de las pisadas, los cristales rotos, las luces apagadas y el silencio devastador, el silencio y el vacío.

El gran Gatsby. Francis Scott Fitzgerald. Debolsillo.

ScottFitzgeraldScott Fitzgerald, durante una época poco conocida de su vida, fue guionista de Hollywood. Sin embargo, la suerte de las adaptaciones cinematográficas de sus obras ha sido adversa, e incluso catastrófica, destacando la infumable Daisy de El gran Gatsby, protagonizada (es un decir) por la muy poco glamurosa Mia Farrow, cuya sola presencia hizo vano cualquier intento de Robert Redford por dar lustre a una cinta por lo demás mediocre. Pero como El gran Gatsby no ha sido la única obra de Scott Fitzgerald adaptada al cine, les invito a leer esta excelente reseña  de David G. Natal sobre el escritor y su (complicada) relación con el séptimo arte.

 

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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